Ilya Ivanovich Ivanov y el Humancé

En anteriores ocasiones ya había venido a significar el trabajo de ciertos científicos que, sin demasiados escrúpulos, se dedicaron a practicar todo tipo de ensayos con el fatuo pretexto de beneficiar al conjunto de la humanidad, aunque de facto tales prácticas sólo servían para que los eruditos se sintieran infinitamente superiores a sus deshumanizados sujetos experimentables. Robert Cornish, Brukhonenko, Aldini o el doctor Robert White, aquel que amputó la cabeza de un mono para trasplantarla en el cuerpo de otro con relativo éxito y aún menos resquemor, son algunos ejemplos, pero ni mucho menos los únicos.
Ilya Ivanovich Ivanov fue otro polémico investigador, un biólogo soviético que se especializó en los campos de la inseminación artificial y la hibridación interespecífica. Combinando ambas disciplinas, Ivanov creó artificialmente híbridos de diferentes especies fusionando a capricho sus diferentes naturalezas. Pero la más controvertible de todas las experiencias que llevaría a cabo sería, sin duda, el intento de crear un nuevo híbrido mezclando humanos y simios.
Después de no pocos fracasos y de un sinfín de tanteos ineficaces, el biólogo iniciaba a principios de 1927 la inseminación de varias hembras de chimpancé en la colonia francesa de Guinea Conakry. Después de que todo aquel proceso no resultara tal y como había previsto, Ivanov se propuso invertir el proceso y trató de organizar, en esta ocasión, la inseminación de varias hembras humanas, como más tarde también intentarían los doctores que a su aire hacían y deshacían en el infierno de los campos de concentración de la Alemania Nazi. El caso es que nunca se supo a ciencia cierta si aquel experimento había tenido lugar al fin o no, y en el curso de la reorganización política general que afectó a todo el orbe soviético, la trágica Gran Purga Estalinista, Ivanov fue objeto de las iras de sus colegas, de cuantos no toleraban sus amorales prácticas, y tras un simulacro de juicio fue condenado a cinco años de exilio en el remoto territorio de Kazajstán, donde acabaría falleciendo poco después.
La comunidad científica asegura que la hibridación entre humanos y chimpancés es del todo inviable, pero esto no significa que no abunden en horre los testimonios, rumores y reseñas de toda índole que, como combustible, mantienen candente la llama que sustenta la leyenda.
Este es el caso, por ejemplo, que se derivaría a raíz de las declaraciones que en su día hizo públicas un colega de Ivanov, el doctor Gordon Gallup, psicólogo de la Universidad de Albany, cuando aseguró que la hibridación, la mezcla entre el ser humano y el chimpancé, ya se había tenido lugar con éxito en los Estados Unidos, aunque el producto resultante del experimento había sido destruido por los mismos científicos que lo habían llevado a cabo, quien sabe si horrorizados ante la visión de la monstruosidad que había perpetrado.
Haciendo retroceder mucho más la maquinaria cronológica de este loco mundo y deteniendo su motor en el ahora muy lejano siglo XI, encontramos un viejo tratado escrito por San Pedro Damián titulado "De Bono Religiosi Status Et Variorum Animatium Tropología", en el cual el autor relata un simpático (porque una historia elaborada a base de semejantes componentes no puede ser dramática aunque lo pretenda) asunto acaecido en la casa de un conde llamado Guielmus, donde un mono, que era la mascota del noble y de su mujer, más de ella que de él por lo descrito, tuvo un hijo con la dama y un tremendo ataque de celos que culminó con su ajusticiamiento después de que terminara con la bochornosa existencia de su dueño. Afirmaba el autor de esta obra que el enrevesado documento referido no era transcripción de ningún bulo, sino que se lo había transmitido el mismísimo papa Alejandro II, contemporáneo del Antipapa Honorio II, quien se había hecho cargo, después de tan funesto incidente, del fruto de aquella relación antinatural que la condesa había mantenido con el mono, una aberrante criatura que recibió el nombre de Maimo.
Entre las páginas cetrinas de otro legajo, un manuscrito que apareció en la abigarrada trastienda de un anticuario tarraconense cuando, al fallecer, y a causa de la sempiterna inacción de las autoridades de esta ciudad, tuvieron que ser sus antiguos colegas los encargados de inventariar y de repartirse los incontables objetos que había ido recopilando a lo largo de su vida, un anónimo misionero catalán había anotado, en las postrimerías del siglo XVIII, que por causa de los nefandos hábitos que tenían los habitantes de un inexplorado y profundo rincón de la selva congoleña proliferaban, aunque viviendo al margen de la sociedad, seres antropomórficos que, decía literalmente, no eran monos ni personas y vivían repudiados tanto por los unos como por los otros, teniendo que vivir ocultos y en soledad porque ambas especies, también la inferior, eran conscientes de su monstruosidad.
Más reciente es la estrambótica historia de Oliver, un chimpancé procedente también del Congo que fue capturado hace relativamente poco tiempo, en la década de los setenta del pasado siglo XX. El insólito semblante de este animal fue, sin duda, aquello que en principio le hizo destacar por encima de otros chimpancés que también habían sido aprehendidos en su mismo entorno. Oliver tenía mucho menos pelo cubriendo su anatomía que sus congéneres; su cráneo también era bastante más pequeño y presentaba además rasgos que resultaban desconcertantes por su rara similitud a los de los humanos. Pero lo que más llamó la atención fue su modo de caminar, apoyándose únicamente en las dos extremidades traseras, erguido como un hombre, facultad circunstancial entre sus semejantes. A lo largo de su malhadada existencia, durante la cual fue objeto de todo tipo de exámenes que pretendían dilucidar si era una hibridación resultante de algún experimento, o incluso de una sicalíptica práctica zoofílica, o si tan sólo era su apariencia el producto de una antojadiza mutación de la naturaleza y habiendo servido también como reclamo, a determinación de sus diferentes propietarios, de circos, ferias y otros eventos no poco denigrantes, como solía suceder con todo individuo humano o no que presentara diferencias sustanciales en su anatomía o con respecto a sus iguales, Oliver demostró, según aseveraron todos cuantos lo tuvieron a su cargo, que no sólo por sus trazas se parecía a los seres humanos, sino que también por su conducta, por su forma de actuar en los diferentes avatares de la vida. Oliver era un animal inteligente, mucho más que los demás chimpancés. De hecho estos lo rechazaban, abominaban de él porque no lo veían como uno de los suyos y esto le condenó a vivir en la marginalidad. Pero lo más curioso de este caso es que tampoco a Oliver le atraían los otros chimpancés, ni siquiera las hembras, sino todo lo contrario, causa que arguyó uno de sus muchos propietarios, un abogado, cuando se deshizo de él porque el mono acosaba sexualmente a su mujer a todas horas.
Es más que probable que la fabulación y la habitual tendencia a la exageración que es tan propia de nuestra especie hayan pretendido que ciertos procesos antojadizos de la naturaleza adquieran una significación desproporcionada, pero no menos cierta ni desacostumbrada es nuestra obsesión con alterar, también a capricho, esa misma naturaleza. Probada entonces la existencia de ejemplares tan extraordinarios como Oliver... ¿quién sabe a ciencia cierta cuál puede ser su verdadero origen?

j.m.m.Albiol
