La minería de Montevecchio
En más de una ocasión he aludido a los edificios abandonados como foco de todo tipo de fenomenología, llámese ahora a esta paranormal o tergiversada. El hecho es que, se quiera o no, una casa, una nave industrial arruinada o cualquier otra construcción que por la circunstancia que sea haya caído en desuso, promueve un primigenio interés inherentemente asociado al misterio, y como el rastrojo que invade el lugar donde antes la gente había vivido, como la naturaleza que se extiende devorando todo aquello que el hombre va dejando atrás para que finalmente no quede vestigio de su presencia, germinan leyendas y cavilaciones de todo tipo con el propósito de argumentar cuál era su uso y qué razón hubo para que dejara de interesar. Y es entonces cuando la rumorología, convenientemente aderezada por sus exegetas, adquiere una nueva dimensión, cuando el chisme revierte como literatura... Aquí mataron a uno en la guerra; allí se murió un niño mientras jugaba al venirse abajo el piso; una banda de delincuentes se refugiaba en aquel sitio y liquidaban a cualquiera que por casualidad los sorprendiera; se celebraban misas negras y sacrificaban ganado humano...
Todo, tenga o no una base real, sirve, y todo a su vez acaba desbocando en el profundo abismo de lo desconocido, que a la postre es lo que interesa, ya sea por la necesidad de establecer un coto entre lo útil y lo prescindible, o para señalar virtualmente un lugar que por su estado y sus características debe resultar azaroso en potencia.

No están exentos de equivalente mitificación ciertos parajes naturales aislados de la civilización y de sus efectos. Zonas selváticas o desérticas, donde la vida, más que de subsistencia, sería una cuestión de extrema supervivencia, áreas pantanosas lóbregas, infestadas de criaturas reales prontas a aniquilar a cualquier intruso, como sería en tal caso el hombre, o bosques intransitables perdidos en medio de la nada, que es donde han acabado yendo a parar no pocos inconscientes que han osado adentrarse entre la floresta. Surgen aquí, de la bruma de lo inexplorado, ingentes legiones de fantasmas que durante decenios se han dedicado a deambular buscando el modo de salir de su prisión eterna y seres extraordinarios que ni siquiera cabrían en el infierno, y surge, claro está, el miedo, ya que no es casual que exista una asociación entre el paraje y el mito.
Más o menos lo mismo sucede en determinados lugares de interés arqueológico, pues aquí es habitual que confluyan ambas circunstancias, y es que los restos de una civilización pretérita no dejan de ser, habitualmente, territorios abandonados en su día que al paso de los años la naturaleza ha ido recuperando. Podría enumerar multitud de ejemplos y hacer una detallada relación de las circunstancias que motivaron su abandono, así como las leyendas derivadas de esta situación, pero sin que sea preciso remontarse a una edad cuyo recuerdo habrá quedado, con toda probabilidad, sepultado por el denso légamo de la memoria irrecuperable, vengo a significar la existencia de un rincón que encontré hace no mucho y casi por casualidad en la isla mediterránea de Cerdeña y que condensa la suma de todos los lugares antes citados. Existen allí numerosos monumentos arqueológicos e históricos de gran importancia, como los diferentes nuragues, de época prehistórica, o la asombrosa Tomba dei Giganti di Osono, uno de los monumentos funerarios megalíticos más importantes. Pero el que me ocupa es el complejo minero de Montevecchio, que a lo largo de varios kilómetros y a través de un espeso bosque montañoso discurre desde la misma localidad de Montevecchio hasta la paradisíaca playa de Piscinas, donde aún se amontonan, devorados por el óxido, volquetes y aperos que en su día tuvieron uso en aquella excavación.

De súbito, mientras se circula por una vía irregular y sin asfaltar que por momentos resulta casi intransitable, surgen aferrados a las laderas de las montañas descomunales esqueletos metálicos, tanques y depósitos, vehículos y materiales por doquier. Se suceden naves de diferentes dimensiones, barracones y edificios para los trabajadores. Asoman las puntas de los campanarios por encima de las casitas, de las escuelas, de los hospitales; tintinean campanas cuando en viento las arrulla y los cartelones de plancha metálica tamborilean contra los armazones que aún las soportan. Aquí la tierra se abre y escupe a gran presión un caño de agua enrojecida por el óxido que en sus entrañas sangra y más allá otra abertura practicada en la negra pared de roca engulle una fila inmóvil de vagonetas que se detuvieron cuando avanzaban rumbo a la oscuridad.
La sensación, la inquietud inicial no sólo no se disipa, sino que va en aumento porque el camino tortuoso no parece tener fin y se eterniza mientras se suceden más y más explotaciones con sus núcleos urbanos anexos, que se antojan escenario real de una hecatombe.
Para hacerse una idea de la magnitud de este asentamiento, de este claro ejemplo de la arqueología industrial, cabe señalar que aquí vivían en su día alrededor de 20000 personas que de la noche a la mañana se esfumaron dejándolo todo tal y como ahora puede verse.
Las interioridades de este descomunal complejo no son enteramente visitables porque existen barreras físicas que dificultan su acceso. Ahora bien... si uno se arma de valor y actúa con responsabilidad, hallará los vestigios intactos de quienes habitaron la zona, y esto a nadie, cuál sea la condición del visitante, dejará igual después de comprobar cuán frágil es la cuerda que sustenta el equilibrio de la humanidad.

j.m.m.Albiol
http://viajesacerdena.blogspot.com/2009/07/cerdena-mar-y-montana.html
