Los niños Feraces
La leyenda fundacional de la antigua Roma contaba cómo los gemelos Rómulo y Remo, frutos de la relación incestuosa entre el dios Marte y Rea Silvia, hija del depuesto rey Numitor y que fue obligada por el conspirador legatario Amurio a entregarse al culto de Vesta para que así no pudiera engendrar herederos, fueron abandonados en una cesta que por orden de aquel nuevo soberano se arrojó a la corriente del Tíber para que el río tuviera cuenta de ellos. Pero he aquí que el canasto varó en la ribera y ambos sobrevivieron gracias a una compasiva loba llamada Luperca que los amamantó como si fueran producto de una camada suya.
Hasta aquí fácil es aceptar este relato como un capítulo más de la prolija mitología grecolatina, como fabulosas eran las biografías de Tarzán o de Mowgli, protagonista del Libro de la Selva, concebidas por Edgar Rice Burroughs y Rudyard Kipling respectivamente y que narraban las vivencias de niños feraces que por lances de su destino habían quedado aislados de la sociedad y que milagrosamente lograban subsistir al integrarse en otros núcleos sociales compuestos por osos, monos, o como en el caso de Rómulo y Remo, por lobos.
Pero el caso es que más de allá de la literatura es este un fenómeno real que se ha producido en no pocas ocasiones, en más de ochenta que se sepa, a lo largo de la historia y que puede incluso constatarse gracias a las aserciones de ciertas personas que tuvieron en su día la desdicha, o la suerte según se mire, de experimentar semejante vivencia; aunque en la mayoría de los casos les resultaría imposible incorporarse en una estructura comunitaria que ya no era la suya.
Las hermanas Amala y Kamala, por citar algún ejemplo, fueron halladas en un cubil que una loba había dispuesto en lo que fuera un nido de termitas perdido en un recóndito bosque de la India. Cuando las rescataron, y esto significa que las sacaron de su nuevo hábitat, las niñas actuaban como cachorros arrellanándose a la hora de dormir, aullando, devorando la carne cruda y mostrándose sumamente agresivas contra cualquiera que invadiera su espacio circundante.
Otros casos renombrados fueron el de la niña ucraniana Oxana Malaya, criada por los perros y recuperada por los hombres para encerrarla en un centro para discapacitados de Odessa ante la imposibilidad de neutralizar su asumida naturaleza canina; el del ugandés John Ssabunnya, socorrido y criado por un clan de cercopitecos de cara negra en plena selva africana haciendo verídica la historia anteriormente novelada por Burroughs o el de Víctor de Aveyron, departamento francés situado en la región de Midi-Pyrénées en donde fue capturado este niño cuando rondaba las granjas en busca de sustento que a causa del inclemente invierno escaseaba en los bosques, dominio por el que vagaba desnudo y trotando a cuatro patas. Víctor falleció años después sin haber aprendido apenas nada de sus educadores y sumido en una triste quietud, como un pájaro enjaulado.
Menos conocido, a pesar de la proximidad geográfica y temporal, es el caso del niño Marcos, natural de la pequeña localidad cordobesa de Añora, que en los menesterosos años de la posguerra y cuando apenas contaba con siete años de vida cumplidos, fue vendido por su padre y su madrastra a un pastor de la sierra.
Esta situación, que ya era mala de por sí aunque no menos de lo que buena parte de la población tuvo el infortunio de experimentar por aquellas fechas, se empeoró dramáticamente cuando en medio de aquel paraje inmenso y aislado del mundo conocido le sobrevino al pastor de súbito la muerte, quedando Marcos desasistido e incomunicado nada menos que doce largos años durante los cuales el pequeño se las ingenió para atraer la atención de los lobos, de las águilas y de otros animales que contribuyeron por lo visto a su supervivencia haciéndole compañía, convirtiéndose en sus únicos amigos y hasta compartiendo con él la comida.
Así transcurría su vida hasta que una pareja de la Guardia Civil lo halló de casualidad deambulando por el monte, y pensando al principio que por su aspecto troglodítico aquel no podía ser ni siquiera un humano, lo descuajaron a la fuerza de aquel entorno que el muchacho ya había hecho suyo y lo ingresaron en un colegio de monjas para que aprendiera modales y las normas básicas de la coexistencia comunitaria que por el prolongado aislamiento había olvidado o que quizá ni siquiera había tenido tiempo de aprender.
Con todo y a pesar de los muchos esfuerzos para que así fuera, Marcos nunca pudo adaptarse a aquella nueva realidad y acabó viviendo como un vagabundo, durmiendo en cuevas y solares abandonados y alimentándose con lo que encontraba o merced a la caridad de la gente que, transida lo miraba como lo que en el fondo era: un animal extraviado, perdido por segunda vez en medio de un mundo que no era el suyo.
De modo que como puede verse, los casos reales concluyen por norma con tanto dramatismo como los legendarios, igual que en el caso de Rómulo y Remo, que acabó en fratricidio a pesar de su vertiginosa integración social y aún siendo promotores de la constitución del más grande de los imperios.
j.m.m.Albiol

renesmee dijo
hola. me ha encantado tu relato. me encanta vivir rodeada de animales, que los adopto como s fueran mis hijos. y los cuido y los mimo como tales. me alegro de tenerte de vuelta. besos
3 Abril 2009 | 01:37 PM