Fantasma de la conciencia
Creyendo que por mi afición a indagar en ciertos aspectos inherentes a la naturaleza humana daría yo con la solución, vino a pedirme consejo, hace ya algún tiempo, una persona acerca de lo que al parecer estaba sucediéndole a una conocida común.
Pocos años antes esta conocida se había casado con un muchacho aparentemente normal del que se sentía profundamente enamorada, y nadie que conociera cuán rígido era el trazado del nudo que ligaba sus respectivas existencias hubiera siquiera osado imaginar que el amor que ambos se profesaban tenía contados los días. Sucedió esto como solo ocurren las cosas que nadie puede esperar: de la noche a la mañana. Un soplo gélido de viento se había colado entre ellos obligándoles a tomar, a partir de ese momento, caminos divergentes. De los avatares que conforman los diferentes episodios de cada relación interpersonal no hay aquí espacio ni interés en hablar, máxime por cuanto se refiere al motivo concreto de esta ruptura que obviaré por tratarse de uno de los hechos más execrables que puede cometer el hombre cuando se deja domeñar por su gemelo perverso.
Resultó entonces que la separación no afectó del mismo modo a las dos partes, y mientras ella se mostraba extremadamente liviana ante sus amistades, aunque no fuera esto óbice para reprochar la recién descubierta naturaleza de su denostado cónyuge cada vez que se le presentaba la ocasión, el otro fue dejándose arrastrar por una espiral nebulosa e insondable y empezó a arrastrarse implorando el perdón de aquella que, de entre todas las personas que llenaban la faz de la Tierra, consideraba única e irreemplazable a la hora de conferirle sentido a su existencia.
El motivo que había producido la separación era demasiado grave para que ni siquiera la chica tuviera en consideración darle la menor oportunidad, y al otro se le fue degenerando el ánimo a medida que aquella posibilidad, la de que le fuera concedida una segunda oportunidad, se le esfumaba de entre los dedos como un puñado de arena.
Desesperado, una noche se presentó en la casa que hasta no mucho tiempo atrás había compartido con la que ya era su ex mujer. Eran alrededor de las tres de la madrugada cuando el timbre de la puerta despertó a la muchacha, que alarmada y un tanto aturdida porque el sobresalto no la había arrancado enteramente del sueño corrió a ver quién se presentaba en su puerta y por qué razón. Su expresión, que reflejaba a partes iguales una fracción de desconcierto y otra de somnolencia residual, se recompuso en un mohín de disgusto ante la figura temblorosa de su marido, a quien pudo reconocer a duras penas debido al deterioro que se había producido en su persona durante las últimas semanas. Estaba mucho más delgado, casi famélico y sus ropas sucias le caían como si pertenecieran a otro. Bajo sus ojos, inyectados por la sangre que había ido reventando las venas, colgaban sendas bolsas oscuras y sus pestañas habían desaparecido dejando a la vista unos párpados quemados por el constante flujo lacrimal. Su voz temblaba. De hecho todo su cuerpo se estremecía de continuo sin que nada pudiera hacer por evitarlo. Aún así contuvo como pudo el incontrolable batido de su mandíbula inferior y vació de golpe el último recurso que le quedaba para recomponer su vida, para recuperar aquello que le daba sentido. De nuevo le imploró que le concediera una nueva oportunidad. Nada de lo que había sucedido volvería a repetirse y a su lado sólo tendría razones para sentirse feliz. Ella se asustó, pero aún tuvo tiempo de decirle que jamás tendría la posibilidad de volver a su lado después de haber destruido su matrimonio sin ningún escrúpulo antes de cerrarle la puerta en las narices. Luego siguieron discutiendo a través de aquella barrera física hasta que los vecinos llamaron a la policía para que interviniera y acabara con aquel escándalo, pero para cuando llegaron los efectivos policiales el desesperado pretendiente ya había desaparecido, no sin antes asegurar que si no volvía a su lado se quitaría la vida, que se arrojaría a las vías del tren en el nombre de su amor inmortal y nunca la olvidaría.
La chica prestó declaración durante poco menos de una hora y después regresó a su habitación, aunque ya le fue imposible conciliar el sueño durante lo poco que quedaba de noche. A la mañana siguiente, mientras se encontraba en su trabajo, recibió de nuevo la visita inesperada de la policía, que en esta ocasión traía la funesta noticia de la muerte de su marido. Por lo visto el chico sintió que todo había terminado después de aquel último y desesperado intento. No había nada que pudiera hacerse para que ella volviera a su lado. No había modo humano de hacer rotar el mundo en la dirección inversa, pero podía detenerse de golpe y esta fue, en definitiva, su última opción.
Cuando salió de la casa anduvo deambulando sin rumbo aparente, lo mismo que los pensamientos que se le embotellaban en la cabeza hasta que llegó a un paso de nivel por donde circulaban los trenes, a primera hora, a velocidad de vértigo. Allí se detuvo, se sentó sobre el raíl de la vía y se encendió un cigarrillo secándose las lágrimas con los puños de la camisa mientras aguardaba a que llegara su tren, el que sin lugar a dudas le conduciría al mismísimo infierno.
Lo que enterraron en un nicho del cementerio municipal fue un amasijo de carne que sólo pudo identificarse merced a sofisticadas pruebas de ADN, pues el impacto del convoy fue tan traumático que apenas quedó nada de él que pudiera asociarse a un ser humano.
A partir de aquel evento la chica, que se había mostrado prudente y moderada durante el proceso de la separación, empezó a actuar de un modo rayano a lo irracional. Sabido era que el amor entre ellos se había disipado, que ya antes de su fatal óbito ella no quería saber ni de la sombra del otro y que sus razones debía tener para ello, pero de ahí a celebrar en público su recién estrenado estado de viudez iba un abismo que un ser humano sólo podía librar precisamente despojándose de su propia humanidad.
Algunos, los más inconscientes, le reían las gracias haciéndose cómplices de su desproporcionada crueldad mientras otros, los que sentían vergüenza ajena como si fuera propia, se limitaban a bajar la vista en su presencia y a escurrir el bulto en cuanto se les presentaba la ocasión. Hizo de su vida una versión desmedida y casquivana de lo que por pura lógica debería haber sido y como si la dramática muerte del otro hubiera supuesto para ella una liberación, emprendió a todo aquel estilo libertino de andar por el orbe que nunca le había sido propio. Lo más desagradable de todo aquel asunto era su modo de vanagloriarse de la desgracia ajena, escenificando con chanza las circunstancias en que debió producirse el acto último del suicida y detallando en qué clase de caprichos y excentricidades malgastaba cada céntimo de la paga que tenía asignada por su condición de viuda y por la indemnización que le habían concedido por el atropello de su marido.
Así era como andaba desarrollándose su nueva vida hasta que una noche, en torno a las tres de la madrugada, sonó el timbre de la puerta despertándola de súbito. Sin valor para levantarse del lecho por si se trataba de una mala pasada propiciada por su imaginación, agudizó en la medida de lo posible sus sentidos todavía agarrotados por la presión del sueño reciente y permaneció alerta un buen rato hasta que le venció el sueño. A la mañana siguiente ni siquiera recordaba el incidente, pero al caer la noche, en torno a la misma hora, la llamada se repitió y desde entonces esto sucedió cada noche sin excepción.
De nuevo sus hábitos cambiaron y se volvió reservada y huidiza hasta que al fin se atrevió a revelarle a nuestra amiga común cuán atenazada se sentía por el miedo al fantasma de su marido, que tal y como le había prometido no la olvidaba incluso habiendo atravesado el umbral de la muerte. Le contó que cada noche se presentaba en su casa a la misma hora que aquel último día que vino a rogarle una nueva oportunidad y aunque no lo había visto porque no se había materializado al modo de los fantasmas tradicionales, sabía que era él porque sentía su presencia, incluso su olor fluyendo en el largo corredor que separaba la puerta de su domicilio de la del ascensor. Estaba atemorizada y creía que había venido desde el más allá para amargarle la existencia, como había hecho en vida. Con la mejor intención del mundo nuestra conocida le sugirió que hiciera aquello que se suponía infalible en estos casos tan inhabituales: un par de velas y unas oraciones en su memoria... ¡Hasta una misa si era posible!
Cuando acudió a mí creyendo, como dije, que era yo tan entendido en estos menesteres, sólo pude dilucidar lo que cualquiera con dos dedos de frente y una perspectiva más o menos racional habría argumentado en mi situación.
Era obvio que el fantasma del suicida existía, que había regresado del más allá y que cada noche venía para atormentarla; pero únicamente existía en algún rincón de su conciencia, donde la culpa y los sentimientos encontrados habían reaccionado como sólo lo hacen ciertos elementos incompatibles que más vale mantener alejados.
No valían en este caso las velas ni las plegarias. No valía otra cosa que no fuera purificar la conciencia, pues si bien su marido había llegado al final de su propio camino después de zigzaguear sin hallar otra salida, ella se había quedado enganchada al instinto de la muerte que tan de cerca había visto pasar. La culpa mal asumida se había acrecentado al hacer escarnio de un drama que no le era ajeno por más que se empeñara en demostrar y en convencerse a sí misma de lo contrario, y por eso quedó en situación de indefensión a merced de los fantasmas de su propia conciencia, de sus sentimientos contenidos. Era entonces su propia alma la que se veía atribulada por el pesar interno de haber transgredido las normas más elementales del comportamiento humano y el fantasma que le importunaba no había crecido sino en su propio interior. Dicho queda que era su propia alma la que necesitaba descansar en paz, pero para ello debía reconocer que era ella la responsable de sus remordimientos porque su propósito, al margen de lo que hubiera hecho o no aquel ser ahora indefenso, fue el de desfigurar su memoria, como hacían los egipcios cuando, queriendo eliminar la historia y la vida futura de algún personaje, borraban el jeroglífico que contenía su nombre de todos los lugares en donde se había inscrito.
j.m.m.Albiol


renesmee dijo
valla, se me ha puest el vello de punta.... el amor es así, para unos se olvida pronto o facilmente, mientras que para otros les es del todo imposible a pesar de años y años de distancia. yo me siento un poco identificada con el pobre chico, pero yo sigo dia a dia pensando en lo que pudo ser y no fué, cada dia me doyanimos diciendome, un dia mas, un dia mas, ya pasará el dolor. pero sigue ahí, estrujandome el alma. saludos
18 Febrero 2009 | 01:41 PM