María Xipaguazin Moctezuma, princesa azteca; baronesa catalana
De la historia siempre existen como poco dos versiones, aunque por lo común acaba prevaleciendo sólo una, la que se considera oficial. Sobre la licitud de la conquista de América se viene discutiendo desde antes de que Bartolomé de las Casas planteara los derechos fundamentales de los indígenas. Se sabe que cometieron los conquistadores todo tipo de desmanes y crímenes en sus andanzas, como sucedió en la romanización y en las diferentes etapas que han ido solapando a las anteriores sobre la superficie del orbe. La población indígena sufrió un desastre demográfico sin igual atribuido a la acción directa de los españoles, considerada como un genocidio, a pesar de que buena parte de la mortandad de los indios se debiera a la viruela, a la gripe del cerdo y a otras enfermedades que portaban los extranjeros y para las cuales, por estar aislados durante largo tiempo del resto del mundo, no habían desarrollado defensa alguna. Pizarro, Cortés, Quesada y tantos otros pasarían a considerarse criminales que disfrutaban arrojando a los indígenas a los perros, haciéndoles crucificar en conmemoración de la muerte de Jesucristo y masacrándoles sin ninguna consideración, pero cabe tener en cuenta, y esto es importante, que la población nativa de Las Américas estaba igualmente compuesta por congéneres y que en consecuencia se basaba su bienestar en el prejuicio de los demás, lo que significa que tampoco era el continente por entonces un lugar idílico en donde la vida fluyera alegremente.
Una de aquellas culturas mesoamericanas que destacaba notablemente sobre las demás era la del los Aztecas, que instalaron en el corazón del actual México un imperio tan violento y sanguinario que hasta preferían postergar la conquista de las poblaciones vecinas con tal de organizar cada tanto cacerías humanas para ofrecer a sus presas en sacrificio a los dioses.
Al llegar Cortés desde el oeste y por su aspecto, le tomaron los Aztecas por una legendaria divinidad local llamada Quetzalcoatl, y fue por esto que en principio le respetaron. Pero las intenciones del conquistador quedaron claras cuando después de varios avatares este se alió con una liga de pueblos antes sometidos por los Aztecas para entrar a fuego en el seno del imperio masacrando a la población, especialmente a los nobles y capturando a su emperador Moctezuma.
En Toloriu, antigua baronía pirenaica que hoy forma parte del municipio de Pont de Bar, se alza la iglesia en donde al parecer fue enterrada la princesa azteca María Xipaguazin Moctezuma, hija de aquel emperador muerto por los españoles según unos o a manos de los propios indígenas dependiendo de los intereses de cada interpretación de la misma historia. El caso es que tras la muerte del emperador, sus hijos, Pedro, Isabel y María Xipaguazin fueron traídos a España desde México con parte de sus tesoros. El primero abdicaría los derechos reales en favor de su hermana, casada con el barón Joan Grau de Toloriu, que había participado en la conquista al lado de Hernán Cortés, y con quien tendría un hijo con el altisonante nombre y titulación de Juan Pedro de Grau y Moctezuma, barón de Toloriu y emperador legítimo de México.
Cuatro siglos después la tumba de la princesa fue saqueada quedando unicamente intacta la placa que a la entrada de la iglesia hizo poner el pretendido príncipe Guillermo III de Grau-Moctezuma, un personaje que sin tener ningún entronque con el árbol genealógico de los Moctezuma se hizo pasar por su legítimo descendiente haciendo uso y abuso de la corona Azteca, y viviendo a costa de otros individuos no menos brumosos a quienes concedía títulos nobiliarios en función de sus posibilidades; desde los 1200 euros por el condado a los cerca de 6000 euros que podía alcanzar hacerse con un ducado.
A decir verdad surgiría de la nada una legión de presuntos herederos reclamando su parte correspondiente de la herencia Azteca que consistía el la llamada "pensión Moctezuma", una prestación que el gobierno mexicano estuvo pagando a los descendientes de aquella estirpe desde los días del virreinato hasta el año 1934, cuando a instancias del entonces presidente Abelardo Rodríguez se cerró de golpe el grifo de tan generosa derrama.
Cierto es que existirían hoy descendientes directos del emperador y que los títulos de sus antecesores, no los que a diestro y siniestro repartió el falsario príncipe Guillermo III, fueron concedidos en su día por Felipe II y luego ratificados sucesivamente por Felipe IV, por Carlos II y por Isabel II, pero otra cosa es que alguien tenga derecho hoy día a vivir de esas rentas, aunque sean muchos, muchísimos, los que siguen amorrados a esa teta.
La cuestión, en definitiva, es que esta no fue una de aquellas historias románticas donde el apuesto caballero seducía a la princesita india desposándola y ofreciéndole una vida sólo imaginable en sueños, sino que más bien se trató de un amancebamiento, un rapto por las buenas perpetrado por uno de aquellos nobles sin escrúpulos de la época cuyos descendientes, legítimos o impostores, se muestran al mundo en cualquier caso como herederos de su reprobable carácter, pues no pretenden otra cosa, a fin de cuentas, que apropiarse de algo que por derecho no les pertenece.
j.m.m.Albiol


jose antonio dijo
saben todo lo dicho que moctezuma, pensaba que cortez era un dios o semi dios, son casualidades hechas para deformar una verdad, montezuma
era dueño de un basto imperio, pero las enseñasas aztecas, de resivir al enviado ou envajadorr de otro reyno se le hiso facil resivir a los españoles
sin contar con la ignoracia de saber de otros mundos, distintos a quellos que existian, pensar que los españoles eran mugrosos, rateros , y analfabetas, sincontar con la religion, acavaramos los españoles ganaron x eso y mas solo eran 400, contra la nefasta y destrutiva religion catolica
no se pudo mas
27 Octubre 2009 | 01:14 AM