¿Meteoritos y ovnis en Tivissa?

Leí hace no mucho un artículo acerca de tres chinos que habían adquirido una enorme piedra fosforescente creyendo que se trataba de un meteorito que, por su composición, les haría ricos, pero cuando llevaron un fragmento de aquella piedra a Pekín para que fuera analizado por expertos en la materia, descubrieron que su adquisición era en realidad un trozo de uranio empobrecido que de poco no les ocasionó un disgustó mayor.
El término meteoro proviene del griego meteorón, fenómeno en el cielo, y se emplea para describir el haz luminoso producido por la caída de elementos que rondan el sistema solar sobre la atmósfera del planeta dando lugar, al friccionar con esta, a una incandescencia peculiar. Un meteoroide es la materia que, gravitando en torno del Sol o a cualquier otro objeto del espacio, resulta demasiado pequeño para ser considerado como un cometa y un meteorito es uno de estos meteoroides que alcanzan la superficie de la Tierra sin desintegrarse del todo. Son los meteoritos elementos de difícil clasificación, aunque se han podido establecer en tres grandes grupos dependiendo de sus características: rocosos, ferrosos de tipo rocoso y ferrosos.
En septiembre de 1970, un lugareño de Tivissa, en Tarragona, enclave paroxístico de todo tipo de fenomenología que ya he mencionado en otros artículos, presenció cómo estallaba una luz discoidal que dejó el páramo cubierto de los fragmentos que la habían compuesto. Azorado por semejante eventualidad pero al tiempo dispuesto a saber qué cosa era aquella que se había desintegrado en su presencia, reunió unas muestras de las extrañas piedras para que fueran convenientemente analizadas. Era habitual que las investigaciones acerca de estos fenómenos no fueran todo lo precisas que cabía esperar, pero a fuer de sincero este no fue el caso, si bien los resultados no sirvieron para determinar con exactitud qué era lo que había estallado en pleno vuelo sobre la vertical de la población.
Las muestras llegaron a a manos del conocido investigador Cayo Quiñones de León, quien analizó las piedras tratando de descifrar su composición convencido, en principio, de que se hallaba ante los restos de un meteorito. Hubo sin embargo algunas características que le llamaron de tal modo la atención que no se vio facultado para confirmar con exactitud su origen y determinó entonces enviar varias muestras a la NASA y al astronauta Edgar Mitchel, quien por entonces estaba embarcado en fascinantes estudios sobre fenómenos extraños. Mitchell había formado parte de la misión Apolo 14 como piloto del módulo lunar que más tiempo ha permanecido hasta la fecha sobre la superficie de la Luna, pero al poco, en 1972, se retiró de la agencia espacial y llegó a asegurar que la NASA había entrado en contacto con la inteligencia extraterrestre, alienígenas capacitados con una tecnología que, aseguraba, distaba años luz de la nuestra. Como fuera, ni por su parte ni por la que implicaba a la NASA llegó ninguna respuesta y parecía que el caso quedaría, como tantos otros en ascuas cuando otro investigador, el catalán Jose Antonio Lamich se interesó en el, hasta el momento, indescifrable asunto. Lamich, nacido en Barcelona en 1939, había creado un equipo de investigación de vanguardia compuesto por media docena de académicos, médicos, biólogos y químicos y disponía de excelentes equipos técnicos y acceso a laboratorios. Ya un año antes había sido el responsable de identificar un meteorito que había caído en el Turó de la Peira, en la provincia de Barcelona y en esta otra ocasión, contando con la colaboración de su equipo, llamado Hipergea, se analizaron metódicamente las muestras durante meses desde la perspectiva minerológica y química.
Al fragmentar una de las piedras, cuyo aspecto era el de una geoda, quedó al descubierto una capa de cuarzo cristalizado y al aplicar ciertos ácidos sobre ella se detectaron una serie de reacciones tan inesperadas como los siguientes exámenes que se efectuaron sobre aquella materia inclasificable.
Concluyó el investigador catalán aseverando que no existía el menor indicio de que se tratara de un meteorito ferroso ni pétreo pues la ausencia de los diferentes elementos que los componían era absoluta. Lamich enumeró qué tipo de materiales y elementos integraban aquellas piedras llegando a la conclusión de que no existía en la naturaleza nada parecido y de que, en consecuencia, se hallaban ante el residuo de lo que había sido una aleación artificial.
Confiando en la honestidad de quienes participaron en aquella investigación y hasta el la del primer testigo del acontecimiento, sólo cabría preguntarse cuál era entonces la naturaleza del disco luminoso que en pleno vuelo estalló sobre Tivissa en 1970, porque todavía hoy no parece haber una respuesta del todo convincente...O sí... Se sabe al menos que no fue de un meteorito... O eso dijeron...
j.m.m.Albiol
