Mengele, genocida a salvo.

El tránsito que hizo considerar a la magia como ciencia de la medicina propiamente dicha, como se entiende hoy por hoy, fue un proceso largo, si acaso en algún momento ambas llegaron a desvincularse del todo. En la Grecia Clásica la práctica de la medicina era un arte, una disciplina para cuyo ejercicio era imprescindible declamar el juramento de Hipócrates, padre de la medicina, como todavía hoy hacen los médicos noveles.
Juro que consagraré mi vida al servicio de la humanidad (...) Que la salud de mis pacientes será el objetivo prioritario de mi trabajo (...) Que no permitiré que prejuicios de religión, nacionalidad o raza se interpongan entre mi deber y mi conciencia (...) Que no realizaré experimentos que entrañen sufrimiento, riesgo o que sean innecesarios o atenten contra la dignidad humana...
Esto fue exactamente lo que juró Joseph Mengele cuando acabó sus estudios de medicina en la convulsa ciudad de Munich de la década de los treinta, donde abrazó con gran pasión el discurso del nefando Hitler acerca de la superioridad de la raza germana. Mengele ingresó en las SS, un despótico cuerpo de contestable élite del que sólo podían formar parte quienes demostraran la incorrupción de su ascendencia durante las cuatro últimas generaciones. Habiéndose cumplido el ciclo de su servicio militar obligatorio la guerra, como era previsible, se propaló y de nuevo fue militarizado para contender en el riguroso frente oriental, donde caería herido al poco de su reincorporación. Declarado inútil para participar activamente en el campo de batalla, obtuvo destino en la retaguardia, como médico en los campos de concentración, donde a través de un frío proceso de selección quedaba a su merced el derecho sublime de decidir el destino inmediato de los prisioneros. Allí, amparándose en la impunidad que le conferían los muros grises de Auschwitz, lugar estigio conocido por los mismos alemanes como el ano del mundo, empezó a emerger la naturaleza inhumana del doctor Mengele, la que le haría merecedor de su significativo sobrenombre: el Ángel de la Muerte.
Los malsanos experimentos que allí empezó a desarrollar tenían como propósito fundamental lograr la absoluta perfección de aquella conjetural raza aria afianzando de paso su multiplicación, a pesar de que la descomedida obsesión de la esfera Nazi por el modelo humano rubio, de ojos azules, el genotipo perfecto, resultara paradójica, pues ni el mismo Mengele ni muchos componentes relevantes de la cadena de mando respondían a la disparatada descripción de la pretendida perfección. En cualquier caso, el demonio nazi tenía carta blanca para hacer cuanto considerara necesario con tal finalidad, y no tardó ni dudó en ejercitar todo tipo de ensayos usando a los prisioneros como cobayas hasta el último momento, cuando se dio la orden de abandonar el campo de concentración a todos los nazis porque el desastre de su proyecto criminal era ya inminente.
Aunque acabaría encarnándose en su persona una de las imágenes manifiestas del terror nazi, Mengele no fue el único instrumento del que se sirvió el régimen imperialista para masacrar a una parte considerable de la población mundial. Los doctores Gebhardt y Sigmund Rascher, entre otros muchos, aprovecharon la coyuntura para dar rienda suelta a sus brutales experimentos en una dilatada orgía criminal que tuvo lugar en varios escenarios cuyos nombres, grabados a sangre y fuego en la historia reciente de la humanidad, aún hoy producen cierta desazón: Auschwitz, Bergen-Belsen, Treblinka, Birkenau, Belzec... Allí los demonios, con sus botas de caña alta lustradas hasta la incandescencia y los impecables uniformes ajustados sus fundas de persona hermanaron ciencia y racismo sometiendo a sus víctimas a exámenes clínicos y mediciones antropométricas, inyectando diversas sustancias químicas en sus ojos para cambiar su pigmentación, inoculando el tifus, la tuberculosis, el paludismo o la hepatitis deliberadamente en los sujetos que llamaban experimentables. Les infringían heridas que luego eran infectadas con estreptococos o con el tétanos, interrumpían la circulación sanguínea obturando ciertos vasos, practicaban trasplantes de huesos entre individuos sanos... Miles de mujeres perdieron la vida por el efecto de la quimioterapia, de los rayos X y de la cirugía que se les aplicó con la intención de desarrollar un método de esterilización a gran escala y en alguna ocasión llegaron a inocular el semen de chimpancés en el útero de las prisioneras, para lo cual no puede haber una explicación razonable más allá de su descontrolado apetito criminal.
Mengele practicó operaciones en las que dos niños gemelos eran unidos entre sí para crear artificialmente siameses. De hecho los gemelos traían de cabeza al perverso doctor, pues así como por una parte buscaba el modo de erradicar ciertas razas, etnias y culturas mediante la esterilización masiva, también contaba en su programa con hallar la clave de las causas genéticas del nacimiento de gemelos para poder doblar la tasa de nacimiento de la raza aria y durante aquel período dispuso de cientos para hacer con ellos cuantas barbaridades se le pasaran por la cabeza. Disfrutaba inyectando toda clase de sustancias a sus víctimas: insecticidas, venenos o cloroformo que en ocasiones inoculaba directamente en sus corazones para luego realizar exámenes patológicos comparativos de sus órganos internos y con otros practicó vivisecciones sin anestesia para estudiar los límites de la resistencia humana. Siegfried Halbreich, que sobrevivió al holocausto y a la perversión desenfrenada del Ángel de la Muerte aseguró que, a pesar del condicionante racial, Mengele seleccionaba a las mujeres judías más bellas para pasar la noche, aunque al amanecer, quizá contrariado por su enrevesada conciencia, las ejecutaba sin titubear.
Cuando finalmente Alemania capituló en Mayo de 1945, Mengele, como buen valiente, se camufló entre la multitud usando un nombre falso para refugiarse durante una temporada en una granja. Al poco los miembros de las SS que no habían logrado huir empezaron a ser juzgados y él salió disparado en dirección a Italia, desde donde partiría rumbo Argentina, la Pampa Nazi, amparado por una organización secreta que se ocupó de encubrir la fuga de aquellos cobardes. Allí vivió con la falsa identidad de Helmunt Gregor hasta que unos años después tuvo lugar el secuestro de Otto Heichmann a manos de un brillante comando de la policía israelí y sintiendo en la cerviz el aliento denso del Mossad acabó refugiándose en Brasil, donde en principio permaneció oculto durante el resto de su vida bajo dispares pseudónimos, como el del ya empleado Helmunt Gregor, Wölgang Gërhard, Strammer y otros. Después de varios años huyendo y ocultándose como una alimaña, como lo que en definitiva era, se dijo que había muerto ahogado en una playa próxima a Sao Paulo después de que le acometiera un infarto estando en el agua. En realidad se dijeron tantas cosas acerca de su posible destino que nadie puede asegurar a ciencia cierta qué fue de él, y esta es una espina de la que nunca podrá desprenderse la humanidad, pues aunque el luego idealizado por unos pocos insipientes Ángel de la Muerte no tuvo otro remedio que modificar continuamente su modo de vida para preservar el pescuezo, es cierto que salió indemne después de haber cometido las atrocidades más desproporcionadas que puede llevar a cabo un ser humano cuando realmente cree que esa es una condición de la que adolecen sus víctimas.
Se sabe hoy que en 1958 Mengele se casó en Uruguay con su cuñada y que debió previamente divorciarse de su primera esposa, pero para ello, para que los documentos pertinentes fueran legalizados en Uruguay tuvo primero que viajar a Alemania. ¿Es posible que después de todo aquel ser inmundo pudiera andar por donde se le antojara con la connivencia de ciertos gobiernos? No sólo es posible; es un hecho que Mengele y otros criminales han gozado de esa impunidad gracias a organizaciones y a gobiernos corruptos, cómplices inexcusables de sus mismos crímenes.
El nazismo ocultó su naturaleza despiadada tras una confusa filosofía en la que se mezclaban las evocaciones a la tradición romántica de una Alemania mitológica con la exaltación racista de un pueblo destinado a destruir y a sustituir a las otras razas. La idea de la superioridad de la raza aria condujo al genocidio: seis millones de judíos y de miembros de otras etnias, como los gitanos, consideradas por los nazis inferiores, fueron asesinados en los campos de concentración. Este es uno de los crímenes contra la humanidad más monstruoso que jamás se ha producido en la historia universal y lo peor es que gran parte de sus autores materiales, como Víctor Mengele, lograron escapar de la justicia gracias a la ayuda interesada y al tiempo irracional de otros hombres.
j.m.m.Albiol

ארי dijo
תודה אתם אמיצים לב אמיצים לב בין פחדנים. ארי
5 Febrero 2009 | 10:35 PM