La Coctelera

j.m.m.Albiol

6 Febrero 2008

Descripción del sepulcro egipcio encontrado en Tarragona...

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Transcrito por J.m.m. Albiol en Febrero MMVI.
Descripción del sepulcro egipcio encontrado en Tarragona en Marzo
de 1850.
Si el hallazgo de un monumento antiguo abre un vasto campo a las
filosóficas investigaciones de los arqueólogos para conocer el origen,
carácter e historia de los pueblos que lo levantaron, el descubrimiento del
sepulcro egipcio de que vamos a dar noticia detallada de las circunstancias
que concurrieron a su hallazgo, a las particularidades que observábamos en
su situación y en los jeroglíficos y los hierográmatas que lo adornan, es a
nuestro entender, un monumento precioso y tan interesante a la primitiva
historia de nuestro país como a la universal. Los demás monumentos
antiguos basta solamente descubrirlos; más el que nos ocupas salió cubierto
de una incrustación o barro petrificado en su superficie por el transcurso de
los siglos, que a primera vista más parecía de ladrillo que de mármol y a
esta circunstancia sin duda debe atribuirse su destrucción. Desconocido el
mérito de esta pieza por el accidente descrito, siendo abandonado además
su hallazgo a ignorantes presidiarios, nada de particular tiene que cuando se
conoció su importancia estuviese destrozado, mezclados la mayor parte de
sus fragmentos con la tierra y el lodo, y esparramados los demás trozos
que, saltando parte de las incrustaciones que los cubrían, fueron recogidos
por varios individuos adonde con su incansable afán nos llevó el deseo de
reunir hasta los más insignificantes fragmentos, salvándolos así de la
catástrofe general. Lamentable es por cierto que desde su principio no fuese
reconocido, pudiéndose tal vez sacar entero un instrumento coetáneo, que
sin duda debidamente estudiado venga a dar un mentís a la crítica moderna,
y un apoyo a nuestras venerandas crónicas y tradiciones antiguas, que
forman el cimiento de la memoria de España. Las naciones extranjeras que
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no quieren reconocer la primitiva población de nuestra península como
consecuencia inmediata de la catástrofe de Senaar, y que se burlan de
nuestras tradiciones como sueños y delirios de las que las escribieron,
tratando de visionarios a nuestros más célebres historiadores, verán
confirmadas en este monumento, así la verdad de ellas, como que antes de
la venida de Fenicios, Griegos y Celtas, existía en España un germen de
civilización que a la par de estas dos últimas naciones fue desarrollándose,
y si la civilización íbera no llegó al apogeo de los fundadores de la famosa
Tyro, fue sin duda debido a la invasión Celta que nos regaló el norte,
paralizando este mismo desarrollo en su raíz hasta que nuestro maravilloso
clima influyera sobre la índole bárbara de los nuevos habitantes, que unidos
a los aborígenes íberos formaron la raza celt-íbera. Sin embargo, no se crea
que intentamos con lo dicho manifestar que por adelantada que estuviese la
civilización en aquella época llegara al caso, no diremos de inventar, sino
aún de remedar este monumento, que por imperfecto que nos parezca a
primera vista, nos revela ya la infancia del arte; lo que nos patentiza es que
antes, mucho antes de que los Fenicios vinieran a explotar con su comercio
las riquezas naturales de nuestro país, otra nación guerrera les había
precedido, guiada por afán de conquista, siendo recibida por los indígenas
hostilmente, como se desprende de las representaciones gravadas en sus
fragmentos. ¿Cuál fue pues este pueblo? ¿Qué se propuso en este
monumento? ¿Fue quizás trasladado de Egipto a nuestro país? ¿En qué
época fue construido? Estas preguntas acuden normalmente a la
imaginación al ver en nuestro suelo este monumento: nos atrevemos a
aventurar algunas observaciones relativas a cada una sin otro fundamento
que simples conjeturas.
¿Qué pueblo, pues, lo construyó?
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Todos los indicios conducen a creer que fue una primitiva raza egipcia. Los
jeroglíficos y los hierográmatas, la filosofía especial característica de este
pueblo, marcado en las figuras que lo adornan, y finalmente, su mitología
original sin mezcla alguna de las otras que la sucedieron, son pruebas en
nuestro concepto suficientes para declararlo así, basta haber visto algún
monumento egipcio para no confundirlo con otro sin necsidad de grandes
esfuerzos.
¿Qué se propuso en su fabricación?
A primera vista se deja conocer que su objeto era mortuorio, bien fuera
sarcófago o cenotafio, para perpetuar la memoria de los hechos heroicos
del personaje a quien estaba destinado, por medio de los jeroglíficos y
caracteres sagrados que cubren su superficie; y como ellos tengan tan
íntima relación según hemos dicho con los de la antigua población de
España, trataremos de describirlos muy sucintamente en cuanto nos lo
permita lo ininteligibles que son para nosotros los hierográmatas, que sin
duda encierran la explicación de las figuras.
Este monumento, cuando entero, se componía de unas losas de mármol
blanco estatuario que comprendían la tapa, costados, y fondo de él. Las
figuras, letras y animales con que está decorado son gravados en fondo, y
luego rellenas las cavidades con un betún negro aplomado en extremo duro
y brillante, que produce el más bello efecto, y contrasta con la blancura del
fondo general. Las carnes y otros colores han penetrado hasta una y dos
líneas al mármol. La tapa y el fondo sólo estaban decorados por un lado,
los costados por ambas partes, que forman anverso y reverso. Seguiremos
en la descripción con el mismo orden en que las hemos dividido.
Fragmentos pertenecientes a la tapa.
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Fragmento nº 1.
Este fue el primer trozo que adquirimos el domingo 17 de Marzo de 1850.
La cenefa que lo adorna por los costados u orillas indica que era un ángulo
de la losa: Dos agujeros que se observan en su parte inferior y que
coinciden exactamente con los clavos del fragmento nº 7, confirman lo
mismo. Esta cenefa está compuesta de unos cuadros, dentro de los cuales
hay varios hierográmatas, y la misma se reproduce en otros trozos;
induciendo a creer que esta orla circundaba toda la losa.
En el centro se ve un buey con tres figuras en su vientre; una de ellas nos
parece demostrar a Osiris; y la culebra que lleva en la mano y forma el ojo
del animal, la unión íntima de estos dos individuos, o la metamorfosis, que
según la mitología egipcia acaeció a este príncipe tan querido después de su
trágica muerte, convirtiéndose en buey, conocido posteriormente y adorado
bajo esta forma con el nombre de Apis.
Fragmento nº 2.
En este trozo se ve a una deidad desconocida; en la cabeza, sostenida con
las dos manos, lleva una tabla, y sobre ella tres aves y tres triángulos; en
sus costados y debajo de ella se observan varios jeroglíficos. Está como el
de número 1 orillado con la cenefa de hierográmatas. Algunos creen
reconocer en ella a la diosa Natura.
Fragmento nº 3.
El Egipto fue la cuna de la mitología, de las artes y de las ciencias. Los
Griegos en su constante afán de apropiarse de los descubrimientos de las
demás naciones, adoptaron esta misma mitología desfigurándola con
fábulas inverosímiles y obscenas, distraendo así el objeto noble que se
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propusieron sus verdaderos inventores, cual era unir religión con la
agricultura, su principal recurso. En el Apis vemos adorado el buey,
constante compañero en las fatigas del labrador. El Nilo que fecundizaba
sus campos, era simbolizado por el cocodrilo. En Isis (la Ceres de Griegos
y Romanos) la ferocidad, el ave Ibis que destruía las larvas, insectos y
reptiles dañosos; y en fin otras deidades que ofrecían beneficios a la
humanidad. Este fragmento nos representa con todos los atributos que la
acompañaban, a Isis, coronada con la flor de loto, el caduceo y las espigas.
La abundancia y fertilidad demostrada en los muchos pechos, y su
constante compañera, el Ibis, confirma esta fundada opinión. Al Parecer
está dentro de un templo que guarda mucha analogía con las pagodas
actuales de la India.
Fragmento nº 4.
Los egipcios tenían una idea imperfecta de los premios y castigos
reservados de la otra vida. Suponían que las almas después de la vida
debían ser conducidas a la eternidad por un barquero, el cual exigía por este
trabajo una moneda, y los que no la llevaban estaban condenados a divagar
como sombras entre los vivientes. Para evitarlo tenían gran cuidado de
poner en la boca de los difuntos un óbolo, y esto seguramente dio objeto
para la fábula de Caronte y la laguna Estigia. Este fragmento nos da una
idea del modo ingenioso en que sabían los egipcios expresar a la
posteridad sus pensamientos. La cabeza de elefante que lleva este nuevo
Caronte es el emblema de la eternidad: Así era demostrado por los
antiguos, porque el elefante es el animal terrestre de más longevidad.
Además lleva en la mano la serpiente mordiéndose la cola, que
constantemente simboliza lo propio. El búho, murciélago y estrellas
simbolizan la noche que sigue a la muerte y que con su velo denso cubre a
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los ojos de los mortales los hechos subsiguientes a ella. Está a si mismo
orillada por la cenefa de hierográmatas.
Fragmento nº 5.
Creemos ver en este fragmento la representación del Hércules egipcio en la
acción de separar, según la mitología egípcia, los dos continentes de
Europa y África, abriendo la comunicación del océano con el
Mediterráneo, separados antiguamente por un istmo.
El héroe va cubierto con la piel de león, y tiene el pie derecho apoyado
sobre la cabeza de un hombre negro echado de espaldas, y el siniestro sobre
la de un hombre blanco en la misma posición. Entre las dos cabezas, que
están algo separadas, y las piernas abiertas de Hércules, se observa una
impetuosa corriente de agua. Encima del hombre blanco se ve parte de una
vid para indicar seguramente los frutos europeos; y sobre del negro asoma
una palmera y media serpiente, cuya continuación no permite ver la falta de
piedra, pero que indicará probablemente las producciones africanas.
Hércules lleva en la mano derecha un peñón, y aunque le falta parte de la
izquierda, elegimos que llevaría otro para indicar sin duda las columnas de
Hércules representadas en los peñascos de Ávila y Caspe.
Fragmento nº 6.
Parece que en la época de la construcción de este monumento los egipcios
conservaban aún algunas ideas de la primera generación, y esto, como
luego diremos, hace remontar este sepulcro a los tiempos de la primera
población egipcia.
Vemos en este resto delicadamente demostrado dicho pensamiento. Adam
y Eva están frente uno de otro, el primer feto en figura de espiral tiene
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origen en el hombre que lo une a Eva, y esta a su vez lo alimenta con la
leche de sus pechos. Para significar la dulzura de la palabra, tan expresiva
en estas ocasiones, salen de la boca de Adán, introduciéndose en la de Eva
una línea de abejas, símbolo de la dulzura. Dentro del espiral hay varios
signos, al parecer zodiacales para indicar sin duda los nueve meses del
embarazo; y el fuego con alas que se ve debajo, será tal vez el emblema del
fuego de la sensualidad. Para hacer más demostrativo el cuadro de la
primera generación, se ven dos palmeras de distinto sexo; y es bien sabido
que jamás fructifican sin recibir mutuamente sus emanaciones; que en esta
hay además el contacto físico por el cruzamiento de sus palmas.
Creemos ver asimismo el buen y mal genio en la figura de serpientes, a
imitación de la que nos habla el Génesis. La representación del buen genio
en figura de serpiente con cabeza humana, parece que tuvo origen en
Egipto, y conocido posteriormente por Agato- Demone. Coronando por fin
la parte posterior del cuadro un fragmento de zodíaco y parte de un arco
compuesto de estrellas con el sol en el centro vivificando y los recibe a su
ves de la divinidad demostrada que vamos a describir.
Tres triángulos divididos en su base en forma de pentágono sin principio ni
fin es el único objeto cuadro. En el centro de cada uno de los espacios que
dejan los triángulos en su cruzamiento, hay otros tantos ojos, emblema de
la eterna sabiduría. En los vértices de los cinco ángulos hay cinco brazos
derechos adornados con alas para manifestar sin duda la omnipotencia
divina, y la celeridad ejecutiva de su voluntad. Entre uno y otro, rayos y
centellas, que es el atributo que en todas épocas y religiones ha
acompañado a la divinidad superior. En el espacio inferior hay unos rayos
de luz que sin duda tenían relación con el sol del fragmento anterior.
Finalmente, varias estrellas diseminadas nos indican el empíreo, lugar que
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siempre ha sido considerado como la mansión del Ser Supremo. Sensible es
que no se haya encontrado la continuación de estos fragmentos que nos
hubiese demostrado tal vez algún otro pasaje de la escritura anterior al
Pentateuco. De todos modos creemos que es un original e interesante
fragmento, digno de ser estudiado.
Fragmentos pertenecientes a los costados.
Fragmento nº 7.
Anverso o exterior, La historia primitiva egipcia supone que Tifón,
hermano de Osiris, aprovechando la coyuntura de hallarse ausente Oron
Hércules, hijo del segundo con todo el ejército, lo asesinó y fue convertido
en buey según tenemos dicho. Regresando entonces Hércules vengó a su
padre matando a su tío, que echó al Nilo y fue convertido en cocodrilo. En
la primera fila de figuras vemos una adoración a este Tifón simbolizando al
Nilo; y en la línea inferior en simulacro de una pesca sagrada.
Orla este y los demás fragmentos en el exterior una franja o cenefa muy
sencilla. Esta pieza, que pertenecía a los pies, está fracturada poco más de
la mitad, y el cocodrilo formaba el centro. Se observan en el canto superior
de ella dos clavos de cobre sumamente oxidados que coinciden
exactamente con dos agujeros que tiene debajo la pieza número 1, como
queda dicho.
Reverso o interior. La línea superior de figuras representa un combate entre
guerreros blancos y gentes de color. La primera, que forma la principal
figura, va cubierta con una piel de león. Este mismo personaje está, como
hemos visto, y veremos más adelante, representado en varios fragmentos, y
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nos da vehementes indicios para suponer que este sarcófago fue construido
para recibir sus despojos.
La piel de León, que constantemente ha sido emblema o distintivo de
Hércules que la llevaba como trofeo de su combate y victoria contra el león
líbico; la coincidencia de los hechos representados en estos fragmentos con
la historia de este héroe, y la relación de ellos con la historia primitiva de
España, hasta cierto punto nos autoriza a interpretarlos. Creemos pues que
este pasaje puede representar la batalla o combate de Hércules con los
Geriones, hijos de Gerión, de origen Africano; y la línea inferior de las
figuras, el triunfo sobre cuanto a esta victoria viéndose decapitados los tre
hermanos, y sus cabezas con los príapos en la boca, son llevadas por tres
guerreros vestidos de pieles. Esta cara no tiene cenefa, pero se observa a su
izquierda otro clavo de cobre, y la señal de unión entre esta y la pierna que
formaba el costado izquierdo.
Fragmento nº 8.
Anverso. Para tener propicio al Nilo en determinados días, lo egipcios le
ofrecían sacrificios, no vacilando las madres en entregar a sus propios hijos
en holocausto; lo que se ve representado en este fragmento.
Reverso. En el reverso se ve un ídolo de extrañas formas entre dos piras, y
a Hércules ofreciendo sobre una de ellas en sacrificio una cabeza de ciervo:
¿querrá tal vez aludir a la cierva de los cuernos de oro, otro de los trabajos
del héroe? Aunque no completo se distingue muy bién la piel de león como
en los fragmentos anteriores.
Fragmento nº 9.
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Tiene tanta relación el asunto de este fragmento con la historia primitiva de
España, que no podemos desentendernos de intentar su explicación.
En el anverso se ve la parodia de jardín de las Espérides, Egle, Aretusa y
Hesperatusa, unidas en un solo tronco; para indicarnos sin duda su
conformidad de genios y costumbres llevan en las manos instrumentos de
labranza, y de sus pechos mana leche que fecundiza el jardín. En el centro
de este, rodeado de espigas, se ve el célebre árbol que producía las
manzanas de oro, Y ala izquierda de las tres hermanas el vigilante
monstruo que lo guardaba. La fiera tiene tres cabezas, una de gallo
indicando la vigilancia, otra de perro, que es el símbolo de la fidelidad, y el
de la fuerza en la del león. Lastimosamente falta la continuación del
cuadro, pero se observa una punta de lanza dirigida a la fiera, que sin duda
alguna pertenecería a Hércules. Nos abstenemos de comentar su contenido,
pues es bien manifiesta la idea que encierra la fábula, aludiendo al clima y
feracidad de nuestro país, el más fértil de Europa. La codicia de los
presidiarios que lo encontraron, inutilizó en parte este interesante trozo,
arrancando las manzanas de oro, que posteriormente hemos averiguado
vendieron, pero se conservan las cavidades que las contenían.
En el reverso observamos otro pasaje relativo a nuestro país. Vemos a Pan,
o Spahan vestido de pieles tocando la zampoña, a cuyo son baila una cabra.
Enfrente de él está Baco, al parecer vendimiando, Vestido de pámpanos y
colocando en una cesta que tiene al lado las uvas. Fueron en todos los
tiempos tan célebres los vinos de nuestro país, y tantas las alabanzas que de
ellos hacen los historiadores antiguos, que omitimos hablar de ello en
obsequio de la brevedad. Añadiremos no obstante que muchos creen ver en
Baco de la fábula, a Noé, que vino a visitar y a enseñar el cultivo de la vid
a Pan y Tubal, su nieto.
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Fragmento nº 10.
En el anverso y línea superior se observa un sacerdote conduciendo con
una guirnalda a un buey muy adornado de cintas y flores.
Debajo de esta se ve a un pueblo emigrando, o tal vez cautivo. Llevan
consigo los equipajes y los utensilios, seguidos de un esclavo agobiado
bajo el peso de un gran fardo.
En el reverso vuelve a aparecer otro personaje muy parecido al de los
fragmentos nº 5, 7 y 8, luchando con un león. En el suelo se ve un cachorro
muerto, que al parecer ha dado motivo a la lucha. ¿Será tal vez otro de los
trabajos de Hércules con el león líbico? La conjetura no parece del todo
infundada.
La fila inferior de figuras la ocupa parte de una nave o piragua de gran
longitud, con una vela cuadrada: va tripulada con gente de traje egipcio,
siguiendo el curso de las golondrinas; ingenioso modo de demostrarnos las
venidas de esta gente de Oriente a Occidente. Antes del descubrimiento de
la brújula, el curso del sol, estrellas y aves era lo que constituía toda la
ciencia de la navegación. Ciertamente debía llamar la atención de los
primeros navegantes y de los habitantes de las costas africanas la
emigración periódica de las aves, constante siempre, en el mismo curso, en
busca de un país templado; y ¿no podría deducirse de esta circunstancia, al
parecer trivial, el descubrimiento de una de las causas de la población de la
península? ¿No podían, como tenemos dicho, llamarles la atención estos
viajes anuales atravesando el mar? Naturalmente debían reflexionar que
estas aves, abandonando su país natal en busca de otros climas, hallarían
sin la menor duda su ventaja en ello; y este viaje además no podía ser muy
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dilatado supuesto que lo efectuaban sin tomar descanso, y dirían
sigámoslas, y he aquí, en nuestro concepto el descubrimiento de los países
meridionales, y el objeto que se propusieron demostrar en este fragmento.
Este espíritu de observación no lo concederíamos seguramente a unos
salvajes de la Groenlandia, Zeelandia, etcétera, embrutecidos por la miseria
y el rigor del clima, que forman por así decirlo un escalón degradante entre
el hombre y el bruto, la inteligencia y el instinto; pero no deja de ser una
hipótesis en una nación como los egipcios que habían llegado a ser un
grado eminente de civilización y cultura, como es generalmente sabido. En
nuestros días vemos un ejemplo de ello en el descubrimiento del Nuevo
Mundo: los españoles, dirigidos por Colón, se animaron repentinamente a
la vista de unas ramas verdes de árbol que fluctuaban sobre el agua, y de
las aves terrestres que anunciaron la proximidad de la costa. Sin embargo,
al llegar los egipcios a España, ya otro pueblo se les había anticipado como
luego veremos, a despecho de los extranjeros, que envidiosos de nuestras
glorias, quieren negarnos nuestra primitiva población, esforzándose en
probar que los egipcios ignoraron la navegación, más este resto coetáneo
les da un solemne mentís.
Observase además otra circunstancia: los remeros van desnudos de medio
cuerpo, cabalgando en la orla de su barco o piragua, del mismo modo que
lo practican actualmente algunas naciones de la india; lo que manifiesta,
como va dicho, muchos puntos de contacto entre estas dos naciones, y
manifiesta palpablemente que todos los pueblos primitivos tienen un origen
común, y que las costumbres de estos pueblos en su principio eran muy
análogas porque aún distaban poco de su origen, hasta que influyera en su
carácter, color y costumbres la acción del clima en donde vivieran. Estas
observaciones son de mucha importancia para el estudio de este y otros
monumentos de épocas desconocidas.
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Fragmentos pertenecientes al fondo.
Fragmento nº 11.
Este trozo está entero, grabado en una sola faz, tiene 18 ½ pulgadas de
largo que forma el tipo del ancho del sepulcro, igual ancho que demuestra
el fragmento número 7, suponiendo que el cocodrilo forma centro en el
dibujo, y pertenecería sin duda a la parte inferior como indicaremos en el
fragmento siguiente. El centro y la mayor parte de la pieza lo ocupan dos
líneas de hierográmatas o caracteres sagrados en perfecta conservación, y
en los dos extremos hay figuras. Las de la derecha consisten en un pastor
con su rebaño: al parecer consulta el curso de la luna y astros dibujados en
lo alto. A la izquierda hay una torre cuadrangular y parte de una muralla
defendida por gente que arrojan puntas a unos hombres desnudos que hay
al pie de ella y la atacan a pedradas. La torre y el muro están compuestos de
grandes pedruscos que guardan mucha analogía con las murallas
primitivas, llamadas ciclópeas, que rodean esta ciudad y forman parte de la
actual fortificación. Es tal su semejanza que nos parece ver retratada en el
mármol la torre conocida por “la del arzobispo”, y el muro que le sigue,
con la puerta primitiva, cerrada en el dibujo con dos peñas, distinguiéndose
muy bien las jambas y el dintel, así como en aquella, compuesto de un solo
peñón. Omitimos, por de pronto hacer comentarios sobre ella, aplazándolo
para el fragmento número 13, en que volveremos a encontrarla.
Fragmento nº 12.
Este trozo nos evidencia que si los egipcios no eran perfectos dibujantes,
eran por lo menos hábiles artífices. Ocupa todo el fragmento un buey
delante de una ara encendida. Este animal, compuesto de jaspes
perfectamente unidos entre sí, está unido dentro del mármol blanco. Para
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completar la semejanza con el buey Apis tiene en la frente una mancha
blanca, accidente natural que forma la pieza de mármol que compone la
cabeza. La Ara es así mismo de jaspe en su base, y el neto es de mármol,
con unas vetas paralelas horizontales, muy vistosa, embutido asimismo en
el mármol blanco.
Este fragmento no está cortado en ángulo recto. Hemos visto en el número
anterior el tipo de ancho del sepulcro, tal vez en la parte superior se
ensanchaba para que cupiese con más comodidad los brazos del cadáver.
Los jaspes de que se componen el buey y la ara son del país; prueba
evidentísima de que fue construido en el mismo lugar en que se encontró.
Tenemos recogidas para evidenciarlo algunas piedrezuelas enteramente
idénticas a las empleadas en este monumento.
Sobre el buey se ve una línea de hierográmatas interrumpidos por la
fractura del mármol, en los que se observa una semejanza muy marcada
con algunas letras del alfabeto celtíbero. En otro pequeño fragmento muy
parecido al interior se ven asimismo parte de los caracteres con la misma
circunstancia, y da fundadas sospechas para creer que los primeros
inventores de la escritura en la Península Ibérica fueron los egipcios, y no
los fenicios, como generalmente se cree, que sólo perfeccionaron la
civilización Íbera.
Fragmento nº 13.
Por fin llegamos al último fragmento adquirido, y tal vez el más interesante
de cuantos hemos descrito, porque a un tiempo comprueba lo que tenemos
consignado en la relación precedente, y nos autoriza a conjeturar que su
espacio contenía una momia o cadáver perteneciente, sin que podamos
dudarlo, a algún jefe o caudillo de aquella gente; un Hércules de aquellos
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remotos tiempos. Esta pieza de mármol blanco, como todo el monumento,
es perfectamente cuadrados, del mismo ancho del fragmento número 11,
esto es 18 ½ pulgadas de lado. En el centro tiene embutido a modo de
mosaico, otra pieza cuadrada negra y brillante como el azabache, de 8 ½
pulgadas en cuadro. Al parecer, este fragmento ocupaba el centro del fondo
del sepulcro, y la pieza negra, llena de objetos simbólicos, fue construida
por un hábil artista. Así lo atestigua la perfección de las formas y la
delicadeza de los perfiles, diestramente esculpidos en el mármol que
contrasta singularmente con la rudeza de los dibujos que la rodean; y hace
evidente que este sepulcro fue trabajado a un tiempo por diferentes artistas.
En medio de la pieza negra hay entallada una figura o momia de mármol
blanco, con los brazos cruzados, imitando tal vez al cadáver de que era
objeto el sepulcro. La cara la forma otra pieza embutida de mármol de
color carne tostado. Esta momia está tendida sobre una piel de león
perfilada de blanco sobre el mármol negro, rodeada de rayos. A los pies
hay dos pebeteros que despiden perfumes y producen unos insectos como
abejas describiendo una elipse alrededor de la momia y piel, y al parecer la
defienden de unos genios maléficos que la rodean de rara figura, y arrojan
rayos por la boca. En los dos ángulos inferiores hay embutidas dos lloronas
de mármol así mismo blanco como las demás figuras.
Difícil sería explicar la significación de estos emblemas, que ya podrían las
abejas indicar algún dios tutelar de este individuo o casta, defendiendo con
sus cuerpos a su protegido, de las influencias malignas de aquellos
vampiros; ya también podría ser la mistificación del Hércules, que entre los
egipcios era sinónimo del sol, ahuyentando en su presencia las tinieblas,
para indicar emblemáticamente la civilización que como luz material nos
vino de oriente a occidente. Entonces tendríamos demostrado el oriente en
los pebeteros y perfumes, y en las abejas las generaciones producidas en
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aquella región, que poblaron el continente africano. Las abejas entre los
egipcios simbolizaban a las colonias, y así se traduce en los jeroglíficos. El
sol que lleva la momia en su vientre, el centro común de la especie
humana, los rayos emanados de él, el impulso excéntrico de la primera
población, y finalmente los fantasmas y murciélagos, la oscuridad
emblemáticamente de la tierra antes de ser poblada. Estas conjeturas, que
no pasan de tales, son hasta cierto punto confirmadas por las figuras que
forman, por decirlo así, el marco del cuadro; y aunque al parecer sus
pasajes son inconexos, tienen en nuestro concepto íntima relación entre sí,
especialmente si se considera que los hierográmatas suplirán sin duda lo
que falte.
En su parte superior se ve a un sacerdote sacrificando en una tosca ara sin
ídolo alguno, que evidentemente manifiesta la religión primitiva con la
sencillez de los primeros tiempos. Las antorchas llevadas por las doncellas
o sacerdotisas pueden indicar también los sacrificios nocturnos dirigidos a
la luna, que graves historiadores suponen fue la primera y una constante
religión de nuestros primitivos pobladores. La fractura del mármol nos
impide ver la confirmación de este asunto. Al lado siniestro se ven dos
piraguas tripuladas de gente armada intentando un desembarco pacífico,
pero son hostilmente recibidos por los indígenas desnudos. ¿Sería este el
Gerión de las antiguas crónicas, que pasando del África a nuestro paísvino
a tiranizarlo? Estas piraguas siguen al parecer una línea de atunes, y tal vez
los guió a España el objeto de la pesca, tan abundantes en nuestras costas
meridionales. Debajo de las figuras hay una línea de hierográmatas.
El cuadro inferior está dividido en dos partes por un árbol, el derecha
siguiendo el modo de escribir oriental, que sin duda tendrá relación con los
caracteres que hay debajo, se ve a Hércules robando bueyes a Gerión. A la
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izquierda hay unos egipcios construyendo una muralla ciclópea, que como
dijimos en el fragmento número 11, tiene tanta semejanza con las de
Tarragona, y este monumento interesante nos evidencia cuales fueron los
constructores de estas célebres murallas, objeto por tantos siglos de tantas
vanas investigaciones y encontrados pareceres. Tal vez en breve podamos
indagar por el mismo monumento la época en que fueron construidos,
dando solución al problema.
A la derecha del cuadro hay una colmena en forma de torre rodeada de
abejas, que al parecer se dirigen contra tres aves que ocupan la parte
superior, y se defienden de ellas a picotazos. Algunas caen muertas, y otras
tomando insensiblemente forma humana, se dirigen hacia occidente,
dirigidas por dos líneas de golondrinas, y acaudilladas por un hombre
cubierto por una piel, armado con una clava y un broquel. La falta de
mármol impide ver la continuación, pero un hombre postrado a sus pies, y
otros tres colgados a un árbol con las cabezas al lado indican una conquista.
¿Simbolizará la colmena la catástrofe de Selmaar, las abejas y las aves la
batalla de los titanes con los dioses y la venida a España del Hércules
líbico? Sus autores consideraron tan claro el objeto de este dibujo
emblemático que no creyeron necesario comentarlo con hierográmatas
como en los otros.
En esta pieza, que estaba fracturada por tres partes, se observa en el ángulo
superior de la derecha un depósito de asfalto, que sin duda con el calor
resudaría la momia, y en él se ve la impresa tela o sudario que la envolviera
según la costumbre egipcia. Es muy sabido que estos preparaban los
cadáveres en sus disecciones con el asfalto o betún judaico, el cual tiene la
propiedad de identificarse con la carne, inyectándose por las venas, arterias,
y poros, ocupando el lugar del líquido, y haciendo impermeable el cadáver
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se conservan como vemos. Esta mancha, pues, nos pone en manifiesto la
existencia de un cadáver o momia, como luego tendremos lugar de repetir.
¿Sería tal vez trasladado a nuestro país este sepulcro por alguna de las
muchas naciones que dominaron en él?
Para contestar a esta pregunta preciso es que descendamos a hacer una
minuciosa descripción de las circunstancias que acompañaron su
descubrimiento para certificarnos que fue colocado en el lugar donde se
encontró por los mismos que lo construyeron.
Al mediodía de la ciudad, entre esta y el mar existe una colina que al
parecer estuvo habitada desde la primera población de Tarragona, y
comprendida antiguamente dentro de los primitivos muros cíclopes, según
Pons d´Icart. Para el desmonte de esta colina están empleados
continuamente de quinientos a seiscientos presidiarios; las peñas
arrancadas por el impulso de los barrenos, y conducidas por los primeros,
han servido y sirven para la construcción del muelle actual. Esta pequeña
loma, que se eleva ciento y dos pies sobre el nivel del mar, estuvo,
repetimos, habitada por los egipcios, indígenas y últimamente por los
romanos, que la destinaron para ciudad patricia, dando manifiesta prueba
de ello la multitud de medallas y ídolos de bronce, vasos cenizarios y
lacrimatorios, lámparas y otros útiles domésticos, y más que todo ricos
pavimentos y mosaicos, baños y ruinas de edificios de construcción romana
que se encuentran diariamente. Cubre esta colina una capa de tierra más o
menos espesa, que trasladan a otra parte una misma sección del presidio
destinada a excavaciones, y el objeto de ellas es dejar la roca a las barrenas,
limpia de tierra.
19
El reglamento de las obras del puerto señalan los trabajos diarios de cada
sección, y finidos estos o se retiran al baño, o continúan trabajando,
abonándoles este exceso pecuniariamente, lo que motiva que con la
precipitación destruyen otros restos antiguos preciosísimos, contribuyendo
no poco a ello la orden de entregar a la Dirección de la Obra todo cuanto
encuentren sin darles por ello gratificación alguna. Como es consecuente
intentan utilizarse de las medallas y otros pequeños objetos de metal que
pueden fácilmente guardar y vender con cautela a los aficionados,
destruyendo por despecho lo que no es fácil de ocultar a la vigilancia de los
encargados de la Obra.
La primera noticia que tuvimos del hallazgo fue acompañada del fragmento
número 1, sorprendiéndonos en exceso la vista de un resto Egipcio en
Tarragona. Aunque estábamos fluctuando entre la disidencia de los críticos
modernos, que niegan absolutamente la venida de los egipcios a España,
con las relaciones de los historiadores antiguos, fundadas en la tradición y
en las crónicas que lo afirman, juzgamos que este monumento, como
instrumento coetáneo tal vez revolvería el problema; por otra parte,
habiéndose encontrado próximamente en el lugar donde los romanos tenían
su ciudad patricia, y sabiendo que estos conservaban en sus gabinetes
antigüedades que hacían transportar de lejanas tierras, en especial del
Egipto, como demuestran el obelisco de Roma, que algunos compradores
hicieron transportar a gran coste de aquellas regiones, llegamos a opinar
que este resto debiera sin duda ser traído por alguna de las legiones que
vinieron de Oriente. Para juzgar con conocimiento de causa, y recoger
todos los datos oportunos, nos trasladamos al lugar donde se practicaban
las excavaciones.
20
Cuando la guerra de la independencia trajo a España las armadas y ejércitos
aliados ingleses, cedió esta ciudad un pedazo de terreno para cementerio de
los que fallecieron en ella, que desde ese momento fue conocido como
“Cementerio de los Ingleses”, y entre el vulgo como Fossa dels Sans. Al
llegar la excavación a este lugar, los cónsules de las naciones protestantes
manifestaron la necesidad de recoger todos los restos que se encontraban
para trasladarlos con todo decoro al cementerio nuevo. Al efecto
construyeron unas grandes cajas, que llenas de despojos humanas eran
conducidas en carretones por los presidiarios.
En este mismo terreno fue descubierto pues este monumento, y por una
singular coincidencia, exactamente debajo de los panteones de los
generales ingleses existía el sarcófago de un caudillo egipcio, descansando
en un mismo espacio los jefes de dos distintas expediciones, tal vez
análogas en su objeto, lejos de sus respectivos países y familias, separados
únicamente por seis pies de tierra, producto de cuatro mil años. ¡Cuántas
revoluciones ha sufrido el Globo, cuántos trastornos mientras la naturaleza
iba depositando tranquilamente estas capas, que cada una es la historia de
diez generaciones!
Cuando llegamos al lugar citado, la excavación iba continuando
lentamente, y aunque habían transcurrido ocho días después del hallazgo,
se conocían todavía los destrozos y el lugar que ocupaba el monumento. La
excavación se reducía a practicar un corte vertical o perpendicular desde la
flor de la tierra hasta la superficie de la roca, y este mismo corte
manifestaba evidentemente, que el monumento egipcio existía en aquel
lugar desde remotísimo tiempo, colocado sin la menor duda por el mismo
pueblo que lo construyó.
21
Inmediatamente encima de la roca se veía una zona o lecho de grava
amarillenta, que sin duda fue la superficie en la época de la venida de los
egipcios: sobre este lecho estaba colocado el sepulcro con la dirección algo
oblicuado de Oriente a Occidente. Por los lados y encima se habían
formado unos cinco pies de terreno de aluvión, distinguiéndose
perfectamente en el corte las líneas paralelas, horizontales, que indicaban
las distintas capas de tierra que con el transcurso de los siglos se habían
consecutivamente sobrepuesto y fueron superficies en otro tiempo. Luego
venía un pavimento de grandes losas de jaspe del país, de construcción
romana, y finalmente tres pies de tierra vegetal, producto de las ruinas del
edificio romano, entre cuyos escombros y materia carbonizadas que
manifestaban la causa de su ruina, se encontraron varias medallas romanas,
lámparas y otros objetos de uso doméstico.
El pavimento, la tierra de aluvión, tres medallas celtíberas encontradas
entre estas capas debajo del pavimento y las incrustaciones petrificadas que
cubrían las paredes del sepulcro, son en nuestro concepto pruebas
irrefragables de haber pasado desapercibido a los romanos, los cuales
fabricaron en este terreno sin cuidarse a indagar lo que había debajo; y esto
es tanto más natural, cuanto ni remotamente podían presumir la existencia
de semejante preciosidad, que sin duda alguna hubiese trasladado a un
lugar más apropósito. Calcular que lo llevaron de tan lejos para enterrarlo
luego a tanta profundidad, sería más que absurdo. Además, con la
excavación que necesariamente debían practicar se hubiesen mezclado las
etapas del aluvión, y, como tenemos dicho, estas capas estaban intactas
cuando las vimos y describían unas largas líneas paralelas. Finalmente, nos
prueba que fue colocado allí por el pueblo que lo construyó los pasajes
representados en él, que tanta coincidencia tienen con los hechos relativos a
la primera población de la península, que sin el menor miramiento han sido
22
calificados por los críticos modernos de fabulosos, pasando de un extremo
a otro; viniendo este monumento a demostrar la falacidad de los cálculos
humanos. Debemos seguramente la conservación de este precioso resto, al
pavimento romano que lo cubría, impidiendo las infiltraciones de las
lluvias y otros accidentes atmosféricos.
La relación de aquella gente ruda vino a confirmar la descripción
precedente; y a lo que parece, al descubrirse el ángulo del monumento de
un color terroso, creyeron que sería un pedrusco, y no queriendo salir a los
primeros esfuerzos, fueron rompiéndolo a pedazos, hasta que al saltar una
de las incrustaciones adheridas a él, puso patente a su vista el mérito de la
pieza y la equivocación padecida, pero irremediable ya. Imposible sería
describir las dificultades que nos costó arrancarles esta declaración, que
rehusaban, temerosos del castigo por haber destruido un objeto de tanto
mérito y valor.
Tampoco fue posible averiguar con certeza la existencia del cadáver, pues
como mezclaron la tierra de arriba abajo, los restos de este se confundieron
en tal caso con los de los ingleses, y juntos fueron recogidos sin poder sacar
en limpio otra cosa. Es indudable que era sepulcro y no cenotafio por el
depósito de asfalto que se observa en uno de los ángulos de la pieza
número 13 en donde quedaron impresas las señales de la tela o sudario con
que estaba amortajado como ya tenemos dicho.
¿En qué época fue construido?
Problema es este de difícil solución. Ciertamente sería de interés
incalculable para la historia si pudiera determinarse con exactitud la época
de la erección de este monumento. Difícil de resolver, repetimos, pues
23
cualquier cosa que se diga para probarlo será mirada con prevención por
los críticos modernos que niegan el principio, esto es, la venida de los
egipcios a España, y en buena lógica, sin principio no puede haber fin. Sin
embargo, aunque podríamos esquivar la cuestión contentándonos con lo
que tenemos dicho, aventuraremos algunas observaciones filosóficas, que
si no fuesen concluyentes para probar algún argumento, que puede por si
solo variar la opinión que se tiene formada sobre la historia primitiva, sirva
a lo menos para ilustrar la materia, y forma tal vez la base para la verdadera
solución.
Bajo dos aspectos puede mirarse este argumento, y ambos reunidos pueden
decir mucho.
Los jeroglíficos según la historia, y la historia con relación a este
monumento.
Vamos pues a examinar este dilema separadamente, y probaremos de sacar
todo el partido posible de ello.
Los egipcios son considerados con justicia como los inventores de la
escritura. Los restos de más de tres mil años de antigüedad nos prueban con
evidencia que ellos, y no los fenicios y griegos, fueron los que descubrieron
tan precioso y útil invento. En su origen la escritura se reduce a pintar
groseramente el objeto que se proponían describir, ya fuese pasaje histórico
o hecho particular, imitando a los personajes que figuraban en él, con los
vestidos, colores o señales que podían hacerlos conocidos, y esta escritura
hija de la pintura se llamó jeroglífica. Poco después fue simplificándose
dando a ciertos signos un valor ideal, que encerraba cada uno un concepto,
y entonces se llamó hierográmata o sacerdotal, ya porque eran ellos los que
24
casi exclusivamente la usaban, o ya por ser muy común en monumentos
mortuorios, y en este caso se ven generalmente mezclado jeroglíficos y
hierográmatas. Fácil es de concebir que esta escritura solo servía para una
generación, para un pueblo, y mientras durara la memoria del suceso
descrito, más luego era de dudosa y difícil interpretación, por más que haya
querido cacarearse el hallazgo de la clave que facilita el descifrarlos. Los
fenicios y los griegos simplificaban aún más este sistema reduciéndolo a
ciertos signos, que combinados entre sí expresaban la palabra así como la
otra demostraba la acción, y esta escritura se llamó alfabética, y es la que
nosotros conocemos. Esta modificación refluyendo a su origen fue
adoptada luego por lo egipcios, dejando como tenemos dicho la otra
simbólica y secreta para los sacerdotes que con ella escribían los misterios
de su religión; y esta escritura primitiva es la que vemos en el monumento.
Poco después del diluvio, cuando los hijos de Cam conducidos por Osiris
pobló el Egipto, comenzó la idolatría. En un principio sólo se propusieron
los hombres venerar y respetar los inventos o actos heroicos de sus
semejantes, los beneficios de algunos animales, las virtudes de ciertas
plantas, y esta veneración y respeto, inocente en su origen, degeneró en
breve en adoración, dando a las criaturas el culto debido solo a Dios, y esta
religión adornada luego por los griegos con fábulas ridículas y obscenas
produjo la idolatría que alcanzó al cristianismo.
Los fragmentos número 1, 2, 3, 4, 7 y 8 presentan todo el carácter de la
teogonía egipcia, virgen aún sin mezcla alguna de la mitología que la
siguió, y esta circunstancia con los jeroglíficos da fundados motivos para
sospechar que este sarcófago se remonta a la primera época de la
población del Egipto, y contemporánea del Hércules líbico, a quien parece
por las multiplicadas representaciones que vemos en el que le fue dedicado.
El fragmento número 6 nos induce a creer que sin duda a la erección de
25
este monumento los egipcios conservaban aún alguna idea de la primera
creación, que bien pronto perdieron confundiéndola con las fábulas con que
adornaron su mitología, y esta circunstancia robustece nuestra opinión.
Podrá objetársenos que esta idea de la primera creación los egipcios
podrían haberla tomado de los israelitas en la larga mansión que hicieron
entre ellos hasta la salida de Egipto conducidos por Moisés, más pocos
esfuerzos tendremos que hacer para probar su prioridad. En primer lugar
los egipcios habían abandonado la escritura jeroglífica en la época de
Moisés, y conocían ya la alfabética: lo prueba el Pentateuco escrito por este
caudillo, que lo mismo que su pueblo había nacido y se había criado en
Egipto, y por consiguiente habían aprendido en el las artes y las ciencias.
Bien sabido es el abatimiento y la abyección en que estaba sumido el
pueblo de Israel entre los egipcios, y la condición servil a que los tenían
destinados, pues aunque vivían entre ellos conservaron siempre su religión
y su casta, como entre nosotros sucede con los judíos descendientes de
aquellos. Esta circunstancia hace inasequible la idea de que los opresores
tomasen de los oprimidos ni la religión ni las costumbres; mucho más
cuando era un interés de los ministros de la religión establecida conservar
las preocupaciones de sus secuaces, y así nos lo manifiestan las sagradas
letras cuando los magos trataron en vano de sostener su honor en presencia
de Faraón contra Moisés en la ocasión de las plagas de Egipto: creemos al
contrario que los hebreos tomaron en su esclavitud resabios de idolatría,
como lo vemos demostrado en el desierto, adorando a los ídolos que
fabricaron ellos mismos en ausencia de Moisés. Además, aunque en estos
dos fragmentos se ve mucha expresión y verdad en la representación de la
generación primera y de la divinidad, muy diferente de la idea que tenían
formada de ellas los egipcios en tiempo de Moisés, difieren sus accesorios
bastante del contexto del Génesis, escrito según la tradición conservada y
26
transmitida por los descendientes de Sem, lo que indica en nuestro
concepto otra época distinta. Fuera de esta los egipcios no tuvieron
contacto con los progenitores del pueblo del Señor más que con Abraham
cuando se refugió a Egipto; pero fue tan breve esta permanencia que casi
no merece citarse. No siendo, pues, como tenemos demostrado
contemporáneo de los descendientes de Jacob, debe precisamente
remontarse a una época inmediata a la dispersión babélica.
Todas las crónicas de España. Como procedentes de una fuente común,
están contextas en el origen de la población de la península y venida de los
egipcios. Es muy cierto que estas relaciones plagadas de fábulas y hechos
inverosímiles, narradas con tanta certeza y minuciosidad como si las
hubiesen presenciado, las hacen sospechosas, sin que por esto nos autoricen
a negarlas absolutamente.
La fábula es hija de la verdad y de la mentira, y participa de ambas
naturalezas. Romey, en su introducción a la historia de España dice: “El
origen de los pueblos no cabe duda de que es recóndito; pero hasta en las
exageraciones y en las fábulas se echa de ver la estampa general de una
nación.” Esta máxima, que no signio está muy en armonía con el principio
que para negar a un pueblo su origen tradicional y su historia, es preciso
probar lo contrario con fuertes e innegables argumentos. Desnudemos pues
estas relaciones de la corteza fabulosa que las cubre, y hallaremos tal vez
un principio de verdad.
Cuando la historia primitiva está sumida en la lobreguez de los tiempos,
cuando la falta de datos históricos nos oculta la luz de la verdad, las
conjeturas y el raciocinio suplen lo que no es dado asegurar.
27
La mayor parte de los pueblos primitivos fueron pastores; sus riquezas se
reducían a numerosos rebaños que a un tiempo los alimentaban y vestían, y
era su principal recurso. Su ajuar era sencillo, porque sus necesidades eran
pocas. La vida nómada de aquellos pueblos pastores no hay duda de que
fue muy apropósito, para la población primitiva del Globo, porque
obligados a buscar nuevos pastos, iban descubriendo terrenos vírgenes y
nunca hallados, sirviendo no poco a ello el maravillosos desarrollo y
fecundidad de la primera generación.
Cuando estas tribus errantes eran muy numerosas, se subdividían; y, la
nueva tribu, alejándose de su matriz buscaba un terreno apropósito para
alimentar sus ganados; y aquellas generaciones sucesivas, empujándose
unas a otras, de modo que, en un estanque, al echar una piedra en su centro
se forman nudulaciones, que impelidas mutuamente por el impulso
excéntrico se dilatan en círculos concéntricos hasta perderse en las orillas,
así, aquellas oleadas humanas describiendo grandes círculos cuyo centro
común era el corazón del Asia, llegaron a los confines del mundo conocido.
Inmediatamente después de la dispersión babélica los hombres constituidos
en sociedad formaron tres grandes imperios, los más antiguos del mundo,
los Asirios, los Chinos y los Egipcios. Los dos primeros poblaron el Asia, y
los últimos se establecieron en el África, inmediatos todos al centro de la
especie humana. Cada uno de estos imperios fue el núcleo para la
población general: sus extremidades, extendiéndose lentamente como
tenemos dicho, formaron otros pueblos que a su vez fueron la raíz de otros,
dilatándose de este modo los dos primeros hasta la extremidad del Asia en
la Escitia o India; y el Egipto por la Nubia y por la costa occidental del
África en el litoral del Mediterráneo hasta las columnas de Hércules, por
donde probablemente verificaron su entrada en la península. Este sistema
de la primera población Íbera, es en nuestro concepto la más racional y
28
sencilla, y la que ofrece menos dificultades: Basta examinar el plano de
nuestro hemisferio para convencerse del curso que debía seguir aquella
antigua población.
Las costumbres con la sociedad se relajaron. Algunos hombres de carácter
fogoso, mal avenidos con la vida pacífica de las ciudades, unidos con otros
avezados a vivir de la rapiña, formaron grandes asociaciones que llamaron
ejércitos, escogiendo para dirigirlos jefes, que reuniendo a la fuerza física
un talento apropósito, tuvieron la energía suficiente para hacerse obedecer,
y los apellidaron Hércules, sinónimo de caudillo. Aquellos enjambre de
merodeadores hacían incursiones lejos de su país, que llamaban
expediciones, como a las violencias y robos, hazañas; y a los que las
hacían, héroes: alguna de estas expediciones citada tuvo de alcanzar a
España, sea corriéndose, como los primeros pobladores, por el litoral del
Mediterráneo, sea embarcados, que es lo más probable, siguiendo el curso
de las aves. A lo que parece habían sido ya precedidos por otros, pues los
naturales escarmentados, a pesar de las señales de paz con que anunciaban
su venida, les recibieron hostilmente, y estos recién venidos,
constituyéndose protectores de los naturales contra las violencias de los
opresores dio sin duda origen a la historia de los Geriones, que vinieron del
África a tiranizar el país.
Las crónicas hacen subir esta expediciones en tres, bien puede ser esto
cierto, aunque la tercera efectuada por Tarracon o Thearca, la suponen en
una época tan reciente que no dudamos en que en esto haya una
equivocación de fechas, y que los sucesos referidos en las tres hubiesen
acaecido en una sola. Los historiadores refieren que Hércules robó a Gerión
los rebaños de bueyes y libró al país de sus tiranías, por lo que, agradecidos
29
los de Gades, hicieron sacrificios y le erigieron un templo, que tuvo gran
celebridad, y de que habla mucho la historia antigua.
Luego fueron internándose al oriente de la península, y los indígenas
temerosos de los excesos y las violencias que cometían a su tránsito
abandonaban sus hogares, llevando consigo lo más preciado que poseían.
La primera población de la península estaba dividida, como tenemos dicho,
en tribus o rancherías, y esta subdivisión, que favorecía la situación
quebrada del país, duraba aún a la venida de los romanos. Los habitantes de
la derecha del Ebro, entre este y los Pirineos, tuvieron con tiempo noticia
de que esta grande expedición se dirigía a su país, y trataron de conjurar la
tempestad que les amagaba de cerca, a cuyo fin, reunidos los hombres de
estas rancherías por el interés común, trasladaron a montañas inaccesibles
sus familias, riquezas y ganado; hostilizaron en lo posible al enemigo en los
desfiladeros, trasladando el país a fin de reducir por la estrechez al que ni
podían vencer con las armas. Los egipcios experimentando con frecuencia
muy apretados asaltos, viéronse precisados a mudar su campo a la parte de
la marina para que su armada les hiciera espaldas, y no pudiese ser rodeado
o cercado; y tomó asiento y alojamiento en el collado de una montañita
pequeña hacia la marina, no lejos del agua; y allí se fortificó en forma de
real con reparos y trincheras, cosa que hasta entonces no lo había usado en
tantas jornadas como había hecho en todo el camino pasado… con estas
desgracias crecieron los daños de los sitiados y fue forzado a renovar las
estancias y aposentos que había hecho en aquella montañita o pequeño
collado que, como ya tengo dicho, ocupó a la parte de la marina. Allí
edificó algunas barracas y chozas donde la gente pudiese estar recogida de
la inclemencia del tiempo
30
A lo que parece, en la residencia que hicieron los egipcios dentro de la
improvisada ciudad, hubo de morir alguno de los jefes o héroes de su
nación. Sabidas son las preocupaciones que tenían los egipcios sobre la
muerte, y el ostentoso modo con que enterraban sus cadáveres, las
pirámides y los ricos sepulcros que diariamente se hallan en Egipto, y el
modo de conservar sus momias nos da una idea perfecta de ello: los pasajes
heroicos ricamente grabados en él según la costumbre primitiva, no nos
dejan dudar de la verdad de este acierto, y al mismo tiempo nos fortifica en
el concepto de que este sarcófago es contemporáneo de los muros ciclópeos
de Tarragona; dentro de cuyo recinto se encontró.
Algún tiempo después de los sucesos descritos, se verificó por el Pirineo
otra invasión de un pueblo de casta gala que se apellidaban Celtas; estos
unidos a los Íberos formaban el pueblo Celtíbero, que tan célebre se hizo
posteriormente.
Con estas conjeturas, pues no pasan de tales, nos parece haber llenado el
objeto que nos habíamos propuesto, hermanando en lo posible nuestras
antiguas crónicas con el monumento. Los jeroglíficos, deidades y
adoraciones sencillas de la antigua teogonía egipcia, muy distinta de la
mitología fenicia y griega, la representación original del pasaje de la
primera generación, el tipo del dibujo exclusivamente egipcio, las escenas
repetidas del Hércules egipcio, y la relación de ellas con los principales
sucesos de nuestra historia primitiva, no nos dejan duda que este
monumento se remonta a la época de los reyes desconocidos de Egipto, y
muy próxima a la desgraciada escena de los campos de Senaar.
Uno de los principales argumentos de los críticos modernos para negar la
venida de los egipcios, es, que ignoraban la navegación. Aunque el
31
monumento descrito no nos manifestara lo contrario, es asequible la idea de
que un pueblo eminentemente civilizado, que cruzaba por su país un
caudaloso río, abundante de pesca, y que poseía un largo espacio de costa
en las orillas del Mar Rojo y en el litoral del Mediterráneo, desconociese la
navegación, cuando todos los pueblos salvajes descubiertos en el globo no
la ignoraban.
Nosotros creemos muy bien que no eran sumados navegantes como los
fenicios, rodios y focenses; que sus naves no tendrían la perfección de las
de aquellos, y tal vez se reducirían a sencillas piraguas; pero también
creemos que la navegación es tan antigua como el hombre.
Dejando aparte el Arca de Noé, de que nos habla la Escritura, Estrabón nos
dice que los egipcios tenían barcas de tierra cocida, lo que tal vez dio
origen a la ficción antigua que Hércules había atravesado el mar en un vaso
de beber. Plutarco, en un tratado de Isis y Osiris, cuenta que los egipcios
fabricaban barcos muy ligeros con las hojas de papiro, y que los cocodrilos
los respetaban a los que iban embarcados en aquellas frágiles
embarcaciones en memoria de Isis, que había navegado por el Nilo en una
embarcación igual. Era también entre los egipcios símbolo de apoteosis el
representar a uno sobre la barca por creer que no era propio de los dioses
andar sobre la tierra; y en el mismo Egipto tuvo origen la fábula de la barca
de Caronte que formaba parte de su religión.
Además, el enlace que existe entre la historia antigua, la mitología y las
crónicas de todos los pueblos del Mediterráneo, da motivos suficientes para
creer que algo de verdad existiría en esas fábulas. La tradición supone que
la Isla de Creta fue poblada por los egipcios: en Norva, Cortona y Volterra
en el Lacio y Etruria se encuentran ruinas de construcción ciclópea; las
32
mismas se observan en Arpino, Segni y Alatri, en Italia: en la Gigantiya de
la isla de Gozo en Malta: los Nuraguas en Cerdenya, y los Falayots, en las
Baleares se ve igual fisonomía; y en especial en los muros de Acrópolis de
Tirinto en la Argolia es donde se ve el carácter titánico de la edad heroica,
y en todos poco más o menos , conservan iguales tradiciones; siempre
figura como héroe principal un Hércules.
Los griegos en su constante afán de apropiárselo todo hicieron suyo este
Hércules, trasladando la mayor parte de sus hazañas en el Peloponeso. En
la antigua Tirinto, hoy Nauplia, cerca de Argos, creen que se crió. Allí trajo
los bueyes robados en España a Gerión. En la selva Nemea, si hemos de
darles crédito, mató al león; y finalmente, a ellos debemos esta confusión
histórica embrollada con tantas fábulas; pero es preciso confesar que a estas
mismas fábulas debemos sin duda la conservación de la historia primitiva,
que de otro modo estaría sumida en la negra oscuridad del pasado.
Concretándonos a España, los antiguos geógrafos la apellidaban Hesperia,
país de poniente por su situación geográfica al Este con respecto a Egipto,
y esta denominación tal vez originó la fábula del jardín de las Hespérides,
hijas de Hespero, uno de nuestros reyes fabulosos, y las manzanas de oro
robadas por Hércules.
Las célebres columnas de Hércules y su templo en Gades, las murallas
hercúleas de Tarragona, los sepulcros labrados en roca viva cerca de
Olerdola en Cataluña, de un carácter puramente egipcio; el templo junto a
Antequera, conocido por el vulgo como “Cueva de Mengal” y finalmente
los Toros de Guisando, el puerto de ponto du porco, y los animales de
piedra cárdena en la calle Real de Toledo, que no serán otra cosa que rudas
imitaciones del buey Apis revelan un origen egipcio más o menos
33
degenerado. Estas obras que nos restan de tan remota época, sin contar las
muchas que se han desfornido, hablan en mucho concepto más que tantos
historiadores cuyos escritos se contradicen a menudo; y el que más escribió
dos mil años después de estos sucesos: además en gran parte son griegos,
cuyo solo nombre hace para hacerlos mirar con prevención, o romanos, que
copiaron a estos.
Reasumiendo pues lo que tenemos dicho, consideramos pues por las
conjeturas y las tradiciones, que no deben ser despreciadas, que la
población nos vino con lentitud del Asia por las costas del África,
originándose el pueblo Hero, y que hay muchas probabilidades para
conceptuar igual origen a todo el litoral del Mediterráneo. Que los egipcios
se anticiparon a los fenicios a visitar nuestro suelo, lo evidencian los
monumentos que dejamos arriba citados, las crónicas de todos los paises
del Oriente y mediodía de Europa, y finalmente el sepulcro descrito, que se
remonta a la primera época después de la dispersión humana, deducido por
los jeroglíficos, deidades y caracteres. Que no fue trasladado a nuestro país,
sino colocado en él por el pueblo que lo construyó; 1º por las capas intactas
del terreno de aluvión, que los siglos habían depositados sobre él: 2º por las
incrustaciones formadas en su superficie, que denotan la larga fecha desde
su colocación: 3º por el pavimento romano que lo cubría; demostrando que
pasó desapercibido a estos conquistadores, edificando sin examinar lo que
existía debajo: 4º por las representaciones históricas y mitológicas que al
parecer tienen íntima relación con las crónicas de nuestro país, en especial
los fragmentos 11 y 13 con Tarragona: 5º por el carácter de las piedras de
que está compuesto del Apis del fragmento nº 12; y 6º, por las medallas
celtíberas interpuestas entre el pavimento y el sepulcro, en una de las capas
de aluvión; todo lo que prueba con evidencia la antigüedad remotísima de
34
su construcción, y la presencia incontestable de una raza egipcia en la
península.
Finalmente conceptuamos a este resto de un interés incalculable, tanto para
la historia de nuestro país como para la historia universal. ¡Ojalá que lo
poco que tenemos dicho pueda servir de base para la verdadera
interpretación y estudio de este raro y precioso monumento!
Tarragona, 10 de Mayo de 1851.
35
Notas a la descripción del sepulcro egipcio en Tarragona.
Hablando Estrabón de la civilización Española dice:
“Los Turdetanos son tenidos por los más doctos de todos los españoles:
usan de gramática, y según ellos dicen, conservan memorias escritas,
composiciones poéticas y leyes en verso de seis mil años.
También los demás españoles tienen gramática, pero no todos la misma,
pues no hablan una misma lengua.”
Mucho ha dado que discurrir este texto de Estrabón sobre la antigüedad de
la escritura en la península. Los años Íberos que cita no serán seguramente
solares, sino compuestos, como era costumbre en aquellos tiempos
remotos, de seis, cuatro o tres meses. El sabio crítico d. Francisco de
Masdeu adopta estos últimos y entonces se remonta, según el cuenta a 20
años antes de la primera venida de los fenicios a España. Nosotros
conceptuamos que de cualquier modo que se cuente, la civilización
Turdetana, y por consiguiente de la mayor parte de la península, fue
anterior a esta venida y los españoles tenían ya conocimiento de la escritura
en aquella época. Estamos sin embargo lejos de considerar este
descubrimiento como aborigen en la península, pero también estamos
convencidos de que mucho antes de los fenicios, los españoles tuvieron
contacto con otro pueblo civilizado, y que de ellos provino el primer
germen de la cultura propagándose lentamente por toda la España como
vamos a probar con los datos y consideraciones siguientes.
En primer lugar, aún cuando se cuentan de tres meses los años Íberos,
ascienden a veinte antes de la primera venida de los fenicios; luego no
podemos en buena crítica considerar a estos como introductores de la
36
civilización según el texto literal de Estrabón. Además es improbable (para
coordinar los seis mil años con la civilización) que a la llegada de estos
extranjeros, aprendieran simultáneamente los Turdetanos la escritura y
escribiesen enseguida sus leyes y su historia, pues para ello debían formar
antes la gramática Turdetana y esto necesitaba calma y lentitud. Por otra
parte, el espíritu del texto de Estrabón parece indicar en el guarismo seis
mil años, una remotísima antigüedad anterior a aquella invasión,
considerando en aquella época establecida ya la escritura y la civilización
en toda la extensión de la península.
Es constante que los fenicios no ocuparon en la península más que las
costas meridionales y algunas pocas ciudades del interior. Los habitantes
del centro de la península probablemente ni conocimiento tuvieron de
aquellos mercaderes, y Estrabón dice: “también los demás españoles tienen
gramática”, refiriéndose siempre a los seis mil años indicados. ¿Quién
enseñó pues a los demás españoles la escritura y la gramática cuando no era
la misma por no hablar una misma lengua? Esta variedad de idiomas
hubiese sido siempre un obstáculo considerable para la rápida introducción
y fomento de la escritura entre los pueblos del interior a no poseerla
anticipadamente a la venida de los fenicios, sino queremos contradecir el
texto de Estrabón. Tampoco podía propagarse la escritura por el roce de
unos pueblos con otros, pues el mismo Estrabón afirma que estaban
divididos, esto es que no existían relaciones de interés común entre ellos y
este espíritu de indepencia y la prevención que de muy antiguo han mirado
los españoles a los extranjeros, hubiera influido mucho en nuestro
concepto, a retardar la civilización si hubiese tenido de recibirla de los
fenicios y de los griegos.
37
Dos alfabetos primitivos españoles, creen reconocer los eruditos, el
Turdetano y el Celtí

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Calmadigital

Calmadigital dijo

Yo también transcribí todo el manuscrito hace unos años.

Es curioso ver la portada que puso la Real Academia de la historia al manuscrito de Hernández Sanahuja. Esa interrogación al lado de la palabra egipcio lo dice todo. Ni sus propios compañeros de la Academia le creían.

18 Julio 2009 | 07:12 PM

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