Fassman y los pequeños hipnotizadores.

La cosa más necia, que no la única necedad, que se ha oído decir acerca de la hipnosis es que Jesucristo fue algo así como el médium de Dios.
El estado hipnótico es una fase de recogimiento rotundo en el que la razón se concentra únicamente sobre un espacio determinado del contexto omitiendo todo lo demás. Durante la hipnosis no parece que sobrevenga una falta indeliberada del autocontrol, sino que en contra de la extendida creencia popular, el individuo hipnotizado sigue siendo consciente y no procede nunca en contra de su propia voluntad; claro que un sujeto pusilánime y receptivo, podría acabar acatando a pies juntillas las disposiciones prescritas por el magnetizador, y si para más inri este fuera un tipo malintencionado o, lo que es peor, inexperto, del estado funcional del inducido a manifestar tan significativos contrastes en su comportamiento podrían derivarse consecuencias inesperadas.
Nadie pudo enmendar lo ocurrido, pero todo el mundo, cuando se anduvo a la caza de un responsable, señaló a mi vecino Jordi, el marica precoz que creció en el ambiente pérfido de
La arpía de su madre, que por entonces ya había finiquitado sucesivamente a seis consortes, determinó internarlo en un colegio tutelado por los Legionarios de Cristo, una ramificación fundamentalista de cierta secta israelita cismática secundada por unos acólitos que por norma cumplían con sus asiduos los domingos y los días de asueto.
En aquel lugar disponían de futbolines, mesas de ping-pong y otras subestructuras que debían favorecer su peculiar modalidad de poner en práctica el proselitismo romano, pero también contaban con efebos novicios consagrados a orientar espiritualmente a los críos y un Legionario gordo que los sometía a confesión en su despacho y que se aproximaba a sus rostros todavía inmaculados dejando que el fétido hedor de su fe, que circulaba a través de su aliento, les hinchiera las fosas nasales.
Se intuía ya entonces que el chico llevaba impresa aquella traza disímil en el fondo de su identidad, pero no cabe la menor duda de que fue en este siniestro ambiente donde su genuina impronta sexual germinó taxativamente, si bien este no sería en único conocimiento cardinal que Jordi obtendría a raíz de esta sin par experiencia, ya que fue allí mismo en donde además tuvo la insólita ocasión de conocer a Roger, otro crío de su misma edad que como él había sido penado por su familia al postergación en aquel reducto del catolicismo sofisticado y que procedía, para su honra subjetiva, de la pretérita villa de Sort, sita en la médula del Pallars Sobirà y en la ribera derecha del Noguera Pallaresa, afluente del río Segre. Roger se conocía al dedillo la historia de su pueblo y hablaba con frecuencia del entorno privilegiado en donde se hallaba, de sus grandes torreones radiales, de los murallones defensivos de su castillo y de los valiosos vestigios góticos, pero sobre todo solía hablar de un notable convecino al que siendo solo un niño ya señalaban como fiduciario de ciertas facultades fenomenales que, merced a una entrega casi absoluta, supo desarrollar conquistando una gran reputación casi universal. El profesor Fassman, que era el llamativo pseudónimo que empleó a lo largo de su carrera profesional, intervenía incluso en una vieja película interpretándose a sí mismo, a uno de los precursores de la actual parapsicología. Aún era un niño cuando empezó a trabajar en un circo ambulante recreando espectaculares números de ilusionismo en donde armonizaba esmero y aptitudes de tal modo que ya entonces a nadie le cabía la menor duda de que el pequeño llegaría a ser uno de los mejores.
- Por entonces parece que el gran Fassman ya había trabado conocimientos con Buraut.- Contaba Roger animosamente cada vez que se le presentaba la menor ocasión.
Por lo visto este Buraut fue el postrimero brujo de una dilatada estirpe local que con el advenimiento de los nuevos tiempos había quedado totalmente relegada y el rumor de que había ejercido el papel de mentor de aquel joven que no tardaría en hacer alarde por los teatros de medio mundo su capacidad aparentemente sobrenatural andaba de boca en boca. Buraut era un personaje reservado de mirada penetrante al que sus vecinos siempre atribuyeron poderes que consideraban poco más o menos milagrosos, pero para llevar a buen término sus deslumbrantes sortilegios, este genuino mago contaba con un secreto manual de origen incierto conocido con ostentoso título de “Tesoro de Milagros y Oraciones de
Muchos años después Fassman decidió dedicarse exclusivamente a la enseñanza y a la aplicación psicoterapéutica de un sistema que él mismo había desarrollado en su denodado esfuerzo por demostrar la notabilidad que podía tener la hipnosis como método curativo.
Así fue como la hipnosis y todo lo que rodeaba junto al halo siempre nebuloso de lo arcano a ese sugestivo término, arrastró a unos cuantos colegiales a las profundidades de la sinrazón sometidos por el plomizo lastre de la imprudencia.
Después de varias tentativas malogradas consiguieron encontrar la combinación ideal entre las personalidades de quienes debían asumir las funciones de hipnotizador e hipnotizado, que por regla general acababa siendo día sí y día también un pequeñazo salpicado por centenares de pecas a quien hasta los novicios conocían con el sobrenombre de Mejillón por su minúsculo tamaño y por el rojo encendido que invariablemente iluminaba sus mejillas.
Las sesiones se desarrollaban siempre en la clandestinidad, en la parte trasera de un habitáculo en construcción anexo al edificio principal que albergaría el nuevo dispensario unas semanas después. Aquel lugar inacabado recogía en su interior sus actividades secretas entre montículos de yeso acumulado que fluctuaba entre los exiguos rayos de sol del atardecer que se filtraban manifestándose como espectros incorpóreos. En mayor o menor medida todos tenían miedo durante el transcurso de estas sesiones, pero no a lo desconocido, no al juego que ahora practicaban, sino a otras cosas mucho más lóbregas que espantaban de verdad, como la amenaza de ser descubiertos por alguno de aquellos crueles Legionarios de Cristo. Allí mismo, estirado sobre un húmedo tablero de madera aglomerada, el pequeño Mejillón sostenía la mirada en el movimiento pendular de un adminículo que pendía de un cordel casi invisible de seda hasta que los ejes excitables de sus ojos se paralizaban alterando todo el equilibrio de su sistema nervioso.
Al principio se conformaban con admirar el aspecto que presentaba Mejillón durante el trance, que era un estar y no estar, ni despierto, ni dormido, y al rato lo hacían regresar recitando la consabida fórmula mágica.
- Cuando cuente hasta tres despertarás. Uno. Dos. Tres.
Después pasaron a un siguiente grado que consistía en hacerle obedecer órdenes que lúcidamente no habría llevado a cabo. Le planteaban pequeños retos, como comer bulbos y cosas mucho más desagradables convenciéndole de que eran frutas frescas y dulces, o le pedían que se desnudara ante ellos y que volviera a vestirse con la ropa del revés y en una ocasión lograron instigarle para que se clavara varias agujas de coser en los antebrazos sin que aparentemente sufriera el menor daño.
Para aquellos incautos chicos se trataba de un juego prohibido pero inocente. Sin embargo ignoraban que aquel pasatiempo era tan peligroso como jugársela a la ruleta rusa con una pistola de verdad. Y así, tal y como era de esperar, una tarde aciaga el niño no respondió a la fórmula que siempre se empleaba para que recuperara su conciencia absoluta.
Uno. Dos. Tres y nada.
Nada. Mejillón permanecía soñoliento, sumido en un estado casi comatoso y no había modo humano de lograr que se le reactivara ese misterioso y frágil dispositivo que diferencia a los vivos de los muertos. El pánico empezó a contagiarse entre los componentes del apócrifo equipo de mentalistas tanto por el terror que generaba la idea de que su compañero no volviera a reaccionar como por la misma reacción que indudablemente tendrían los Legionarios cuando descubrieran el fatal desenlace de sus actividades subrepticias. Le dieron de bofetadas y zarandearon su cuerpo inerme. De ahí pasaron a propinarle puñetazos y patadas mientras repetían una y otra vez las palabras presuntamente mágicas, que siguieron sin surtir ningún efecto hasta que el mismo Roger, emborrachado por la violencia que había resultado de aquella suerte de histeria colectiva, agarró un martillo que los operarios habían descuidado por la obra y le asestó un golpe en plena frente, un martillazo apocado pero efectivo que le devolvió la conciencia al chiquillo antes de que el primer reguero de la abundante sangre que empezó a brotar de la herida se le deslizara a través del rostro. De súbito todos los dolores de la paliza que acababa de recibir le sobrevinieron de golpe como si hubieran despertado con él, y el pobre prorrumpió en un perturbador llanto que acabó llamando la atención de aquellos religiosos, de sus acólitos y del resto de sus compañeros, que ni siquiera estaban al tanto de lo que habían estado haciendo durante sus discretas escapadas.
El castigo fue severo, aunque Jordi no negaba que para él la expulsión definitiva del centro fue más bien un bendito regalo del cielo, pero todos los chicos regresaron a sus casas y no volvieron a verse jamás. Sólo a través de un minúsculo artículo que aparecía en un periódico local conocido por inventar noticias cuando no falseaba las que eran reales, supo que a Mejillón, después de una prolongada estancia en el hospital, le esperaba un largo proceso de recuperación. ¿Y qué querrían decir con eso de un largo proceso de recuperación? ¿Sólo se referían a sus heridas o es que acaso el niño no había regresado de aquel estado adyacente a la realidad?
Jordi prometió, juró y perjuró, que nunca volvería a practicar aquel juego inconsciente en ninguna circunstancia y bajo ningún pretexto, pero durante aquel mismo verano Fassman apareció en un tedioso programa de variedades que emitían por televisión hipnotizando a diestro y siniestro y el niño acabó sucumbiendo a la tentación de difundir entre la chiquillería del barrio sus inciertos conocimientos de la materia desencadenando, como era de esperar, una desesperante sucesión de calamidades.
j.m.m.Albiol
Bibliografía:

julio cesar dijo
quiero saber hipnotissar?
26 Mayo 2009 | 02:39 AM