La Coctelera

j.m.m.Albiol

14 Diciembre 2006

Experiencia extrasensorial en Tarragona.

Sed sobrios y velad. Vuestro Adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar.
1 Pedro 5,8.

A mediados del siglo XIX, el movimiento espiritista divulgó el uso de una Ouija equivalente a la que hoy distribuye la empresa Hasbro, heredera de la desaparecida Parker Brothers, como un inocuo método para acceder a nuestro conocimiento interior, a ese aspecto del subconsciente que contiene la llave de todas las dudas espirituales del individuo. El espiritismo fue una importante corriente filosófica que durante aquel siglo que cautivó a miles de discípulos convencidos de que la promoción del diálogo entre ciencia, filosofía y religión era el único vehículo que permitiría hallar una explicación metódica a la realidad.
A lo largo de los siglos, la humanidad siempre ha tratado de establecer ese puente entre lo conocido y lo desconocido. Pitágoras y sus discípulos decían contactar, hace 2.500 años, con el mundo intangible de las ánimas, y también en la Roma precristiana la transcomunicación con otros planos existenciales era un hábito difundido entre las clases privilegiadas del Imperio. Tablas de arcilla, artefactos colgantes que describían movimientos pendulares y caparazones de tortuga fueron algunos de los dispositivos empleados por diferentes culturas para contactar con los espíritus antes de que las mesas parlantes y otros ingenios equivalentes evolucionaran para dar paso al mal llamado juego de la Ouija.
La adolescencia es un período de la vida que se identifica con los cambios dramáticos en el cuerpo y la mente. Es una etapa crítica de la vida caracterizada también por profundas transformaciones en la conducta emocional, y en algunos casos implica una irrefrenable atracción hacia todo aquello que implique un riesgo, un reto que pruebe la invulnerabilidad que se atribuye a la juventud; la velocidad, los deportes extremos, el abuso de las drogas y, por qué no, la práctica inconsciente de la Ouija.
Durante la década de los sesenta, la elevada cadencia de los flujos migratorios produjo un gran crecimiento urbano en la periferia de la ciudad de Tarragona, donde paralelamente al ciclópeo complejo petroquímico, empezaron a germinar los barrios de poniente. El crecimiento de estos emplazamientos fue desordenado y ni siquiera reunían las condiciones mínimas de salubridad. No existía un servicio de recogida de basuras, ni red de alcantarillado; ni siquiera el suministro del agua bastaba para abastecer a una zona en constante expansión demográfica, y aunque gracias a las reivindicaciones de las organizaciones vecinales algunas de las carencias más acusadas empezaron a solventarse con relativo apremio, el elevado censo de la población infantil crecía en medio de un ambiente hostil que en muchos casos generaría un gran sentimiento de marginalidad, consecuencia de los conflictos étnicos derivados de las propias dificultades de habitabilidad, así como de un funesto suceso que fue conocido popularmente como “el crimen del hacha”.
Juan y Felipe habían crecido en medio de aquel fenómeno socilógico injusto. La suya fue quizá la última generación que creció en la calle jugando a las chapas y al juego de la lima. Cuando disponían de capital suficiente, acudían al pequeño cine local, donde se proyectaban por entonces películas como Toro Salvaje, Amitiville, Cujo o Perros Callejeros y escuchaban grabaciones registradas en cassette por conjuntos locales que pretendían infructuosamente emular a las grandes estrellas del rock mientras en auge progresivo de las drogas empezaba a hacer estragos a su alrededor. Solían refugiarse en un inmueble deshabitado, una propiedad de la familia de Juan adonde acudían en compañía de un reducido círculo social para divertirse mientras principiaban sus flirteos con el alcohol, las drogas blandas y, ocasionalmente, las chicas, y como una cosa lleva a la otra, aquel constante deambular sobre la cuerda floja les hizo decantarse hacia otro juego prohibido.
Ocurrió una tarde lluviosa, cuando a alguien se le ocurrió que el contexto en que se hallaban debía ser ideal para la práctica de la Ouija. Casi ninguno de los congregados sabía a ciencia cierta en qué consistía, pero pronto se implicaron en el proyecto al ver cómo aquel se desenvolvía con insólita soltura escribiendo sobre un pedazo de cartón las letras del abecedario y unos pocos monosílabos para, según él, aligerar la comunicación; si, no, bien, mal, adios… Casi todos pensaron que aquel invento no funcionaría, que se aburrirían en unos minutos y todo quedaría allí, y con esa mezcla de excitación e incredulidad, se sentaron en círculo colocando sus dedos sobre un vaso invertido dispuesto en el centro del tablero. Como en principio habían previsto, no hubo ninguna contestación a las preguntas preliminares. Empezaba a decaer el ánimo entre los presentes y más de uno estaba dispuesto a manifestarlo cuando el vaso se desplazó hacia la sección del cartón en donde habían escrito “SI”… Juan acababa de preguntar si había alguien más entre ellos.
Repitieron este ejercicio durante un par de semanas sin interrupción. Tan pronto como salían de la escuela marista, todos corrían a reunirse, a hurtadillas, en aquella casa deshabitada, pero pronto volvió a cundir el desánimo debido a la escasa locuacidad de aquellas entelequias. Más de dos décadas después, cuando por primera y única vez decidieron narrar aquel singular episodio, confesaron que fue precisamente la curiosidad propia de los adolescentes, mezclada con una buena dosis del relativismo moral que fluía en el ambiente nihilista, lo que les empujó a convocar a la encanación suprema del mal. Seguían convencidos de que tan sólo se trataba de un juego cuyo mecanismo, en cualquier caso, no alcanzaban a comprender, pero entonces el vaso se desplazó a toda velocidad a lo largo del tosco tablero concertando, letra a letra, el nombre de Satanás. Felipe fue incapaz de contener la emoción y apartó su mano desbaratando el nexo que permitía el establecimiento de la comunicación. Los demás apenas pudieron percibir cómo el vaso se les escapaba de los dedos para impactar con rotunda violencia contra la pared opuesta. A continuación escucharon un fuerte golpe provocado por las hojas de las ventanas, que se habían desprendido de los pasadores metálicos para batir atronadoramente, y la luz del salón se extinguió a causa de una repentina avería de la instalación. A pesar de que la oscuridad les sobrevino de súbito, apenas tardaron unos segundos en salir del inmueble en medio de una histeria lógica y colectiva. Aquella noche, todos corrieron aterrorizados a refugiarse en sus casas con la firme convicción de no volver a repetir semejante experiencia. Eso habría sido lo más lógico; lo más prudente. Sin embargo, lejos de la progresiva disolución del mito, resolvieron regresar al día siguiente para continuar con aquella conversación que creían haber establecido y para llenar, probablemente, sus vacios espirituales con aquella falsa opción.
Las sesiones fueron representándose periódicamente y cada día iban un paso más allá de lo que incluso ellos mismos habían pronosticado. Ahora, tenuemente iluminados por la luz que pendía en el vértice de una vela, creían conversar con el mismísimo Diablo, creían enfrentarse al mayor de los peligros y lo que es peor, creían tener el control absoluto de la situación. Apreciaban extrañas sensaciones de proximidad en el ambiente mientras hallaban respuestas a casi todas sus preguntas: olores descontextualizados, voces susurrantes, alteraciones súbitas de la temperatura… Continuaron reuniéndose durante unos meses mientras el mundo giraba en un sentido inverso a sus necesidades: Tito moría en la antigua Yugoslavia y los marqueses de Urquijo eran asesinados en su chalet de Somosaguas; Iraq invadía Irán, varios miembros del Ira iniciaban una brutal huelga de hambre y John Lenon moría asesinado, igual que J.R. Edwin.
Una fatídica tarde de invierno, cuando salían de la casa después de haber participado en aquel conjetural acercamiento con el más allá, Felipe advirtió que había olvidado su chaqueta en el salón y subió a buscarla en solitario. Nadie supo en realidad por qué motivo se había demorado durante más tiempo del previsto, pero cuando lo vieron bajar, su rostro tenía el color cerúleo de los cadáveres. Felipe aseguró que durante aquellos minutos había estado conversando, cara a cara, con un espíritu que se le había manifestado en el salón. Cuando sus compañeros reaccionaron con ostensible recelo, su faz se congestionó y adquirió una expresión temible. Los demás retrocedieron alarmados y emprendieron una huida desesperada a través de las callejuelas del barrio en cuanto advirtieron las intenciones del otro. Un cuarto de siglo después, Juan aseguraba que su compañero había adquirido unas facultades sobrenaturales que todavía hoy no alcanza a comprender. Tan pronto aparecía en una esquina de la calle como en el extremo opuesto, y si corrían en la dirección contraria, su silueta amenazante volvía a estar allí, y asevera que llegó a saltar por encima de varios vehículos sin ninguna dificultad haciendo alarde de un portento físico que no se correspondía con su naturaleza durante el transcurso de sus obcecadas acometidas. Al fin, perseguidor y perseguidos toparon de bruces con una religiosa que desarrollaba labores en la misma escuela marista del barrio, y después de una precipitada explicación, lograron zafarse mientras ella se hacía cargo del colérico endemoniado.
Ninguno de aquellos jóvenes supo nada acerca de cuanto aconteció a partir de aquel momento. Ni siquiera volvieron a hablar del asunto hasta hoy y lógicamente, ese pacto tácito contenía la invariable decisión de no regresar jamás a la casa.
La monja se reunió con ellos al día siguiente y reprendió severamente su inconsciente actitud. La religiosa prefirió no dar una elucidación de orden sobrenatural a un fenómeno que podía explicarse en el orden natural y les dijo que sus cuerpos y sus mentes habían interactuado desde el principio, que se habían autosugestionado por una serie de estímulos internos y externos, de sensaciones imaginarias que finalmente habían confundido con las del entorno real, y que esta había sido una anomalía asociada a la forma en que habían transmitido la información a sus cerebros en función de lo que habían percibido de la realidad. En cualquier caso, la monja añadió que habían actuado con imprudencia dejando abierta una puerta que debían volver a cerrar cuanto antes, pero ninguno de ellos quiso regresar a aquella casa que todavía hoy, veinticinco años después, continúa deshabitada, y mucho menos volver a tentar a la suerte con la práctica de aquel juego macabro que, definitivamente, se les había ido de las manos.

servido por j-m-m-albiol 7 comentarios compártelo

7 comentarios · Escribe aquí tu comentario

javier

javier dijo

ostia, no me ubico. podrias decir que barrio es y si la foto se corresponde

12 Enero 2007 | 05:23 AM

alman

alman dijo

Parece que es Bonavista, pero no está muy claro... ¿qué barrio esssssssssssss?

21 Enero 2007 | 01:26 PM

iezus

iezus dijo

jejeje...

21 Enero 2007 | 05:33 PM

Javier

Javier dijo

bonavista? dónde cae eso?

23 Enero 2007 | 12:18 PM

alman

alman dijo

Bueno que???!!!!!! Nos lo vas a decir... o te vas a hacer de rogar. Hay que ver como te gustan los misterios y las intrigas (chinchoso).

26 Febrero 2007 | 08:16 PM

ADRIAN

ADRIAN dijo

AAAH YO RECONOZCO ESA CASA DELANTE DEL DIA ES BONAVISTA ES BONAVISTA

20 Febrero 2008 | 02:45 PM

cristian

cristian dijo

holaa sii esa casa esta en frente del dia en la kalle 9 al lao d la iglesia! esa kasa es d el abuelo d un amigo mio! en la planta baja stavamos siempre arreglando las motos i en la d arriba tmb nos juntavamos pero antes d saver esto xD k mal royo ahora ir hay jajaj

22 Septiembre 2009 | 05:14 PM

Escribe tu comentario


Sobre mí

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera