El crimen de Marmellar.
¡Qué hermoso es contemplar las ruinas de las ciudades; pero más hermoso es todavía contemplar las ruinas de los humanos!
Lautreamont.
El año 1971, Charlton Heston protagonizaba “El último hombre… vivo”, la primera de hasta tres versiones cinematográficas de la novela “Soy Leyenda”, escrita por Richard Matheson en 1958, donde narraba las desventuras del único hombre –el último- sobre la superficie del planeta al que no había afectado una espantosa enfermedad que había dejado literalmente ciega a toda la humanidad, de la que derivaría una nueva conciencia fotosensible, cruel y antitecnológica.
En España hay alrededor de dos mil pueblos abandonados que bien podrían haber servido de escenario natural para desplegar el argumento de este clásico film. La mayoría de estos pueblos se quedaron deshabitados debido a su incapacidad a la hora de rivalizar con los grandes núcleos urbanos que se expandían precipitadamente, las ciudades que fomentaban el anonimato en detrimento de aquel sentimiento de pertenencia a la colectividad que por regla general hacía la vida más solidaria.
En su día, estos lugares ahora desamparados fueron asediados por las indefectibles expropiaciones que tan habituales eran durante aquel desordenado período, el de la expansión demográfica que favoreció el desarrollismo de los años sesenta que acabó provocando la irremediable pérdida de una cultura y de un modo de vida que era inherente en cada contexto, pero aunque ya no quede nadie para atestiguar el extinto trasiego cotidiano, esas ruinas que constituyen nuestra descuidada arqueología urbana dan cobijo a fantasmas y leyendas que legitiman la doble dimensión atribuida a los lugares supuestamente encantados. En la mayoría de los casos, no es preciso que existan referencias reales acerca de las emociones o de la historia de un determinado espacio, pues el imaginario popular se antepone al materialismo prendiendo el liviano paso del tiempo y la brevedad de la vida humana para satisfacer esa tradición que transforma estos yermos en potenciales escenarios para el desarrollo de tramas misteriosas.
Belchite, Fatges o La Mussara son claros exponentes de la concepción fantástica que la mencionada tradición oral refiere, lo mismo que sucede con Marmellar, el pueblo más oriental del término del Montmell, deshabitado el la misma década de los sesenta después de innumerables siglos de historia. Una clara muestra de la presencia continuada del hombre en este lugar son los asentamientos íberos, gravemente afectados por la posterior actividad agrícola y los diversos yacimientos precristianos, así como la Iglesia de Sant Miquel Arcángel, con su cementerio contiguo, y el núcleo gótico del mismo pueblo, además del sigular castillo de Marmellar, considerado un paradigma de la arquitectura románica por algunos expertos.
A la tragedia que supone la pérdida del legado cultural e histórico de este notable pueblo, cabría añadir los catastróficos efectos que han provocado algunos descerebrados y las macabras historias relacionadas con asesinatos rituales que forman parte ya de una falsa memoria constreñida.
Como suele ser habitual en estos casos, cuando no existe otro origen que no sea la memoria local, las diferentes versiones del mismo relato divergen dependiendo del narrador, aunque en suma parece persistir el recuerdo virtual de un par de brutales asesinatos prácticamente idénticos perpretados con algunas décadas de diferencia entre sí. En ambos casos la víctima resultó ser una joven incauta que habría cometido la imprudencia de acompañar a un grupo de forasteros de aspecto, cómo no, siniestro, hasta el pueblo abandonado con la intención de participar en una fiesta muy particular. Otras fuentes aseveran que la chica fue llevada hasta allí en contra de su voluntad, pero en cualquier caso, convienen en que al final sus allegados, alertados por la desconcertante desaparición, acabaron hallando su cadáver después de una búsqueda desesperada que había durado varias jornadas largas y desalentadoras. Su cuerpo calcinado yacía en el fondo de uno de los nichos practicados en la iglesia del pueblo, donde los homicidas dejaron un rastro evidente de su advocación satánica y de los inenarrables tormentos que habían inferido a la desdichada hasta su óbito, si bien parece que las pruebas no fueron determinantes a la hora de proceder a su identificación.
Tal y como postulaba el ficticio analista del comportamiento “Jason Gideon” en uno de los episodios de la popular serie televisiva “Mentes Criminales”, casi toda la fenomenología satanista se reduce a cuatro menores de edad que se limitan a destrozar propiedades y a profanar iglesias y cementerios, pero en realidad no se conoce un solo caso probado de crimen ritual…
Satanismo, chicas desaparecidas y todo tipo de fantasmas decimonónicos son elementos indispensables para quienes se resisten a ver sólo las piedras que patentizan el total desarraigo humano en todas las vertientes tradicionales de la existencia de estos pueblos, y es sin duda el medio donde germina con mayor ímpetu la auténtica leyenda urbana.
j.m.m.Albiol

Marcel dijo
Alguien sabe la fecha aproximada del crimen de marmellar??
22 Enero 2007 | 08:59 PM