Un fantasma inoportuno.
Creer o no en el ilimitado inventario de fenómenos extraordinarios que aquí se expone sin otro propósito que vaya más allá de la mera proyección de esa misma expresión oral, es una cuestión particular que dependerá, equitativamente, de la predisposición del interlocutor, de su nivel intelectual y de su propio desarrollo espiritual. Subjetivamente, aunque quizá no fuera preciso desvelar la naturaleza de mi opinión, me limito a observar y a transmitir las inquietudes que generan determinados acontecimientos experimentados por terceras personas desde una perspectiva escéptica y moderada en la medida de lo posible. Sin embargo, hoy me veo en la difícil tesitura de trasladar en relato vivido en primera persona por unos conocidos que hasta la fecha, nunca antes de advertir mi trabajo en este cuaderno, no habían determinado dar a conocer a nadie, y es en esta coyuntura cuando uno se pregunta si debe considerar la significativa confesión de alguien de su confianza o seguir aferrado a los parámetros enconados de su discernimiento. Obviamente reservaré mi opinión al respecto y me limitaré, como en otras ocasiones, a describir la vivencia de esta pareja cuya auténtica identidad no revelaré con el fin de preservar su anonimato.
Me contaron Ruth y Gabriel, que todo esto les sucedió hace ahora alrededor de veinte años, cuando aún faltaba mucho tiempo para que formalizaran su relación. Por entonces, ella trabajaba en una fábrica ya desaparecida dedicada a la elaboración y empaquetado de productos alimenticios. Esta fábrica se encontraba en un punto intermedio de la carretera antigua que comunicaba las ciudades de Reus y Tarragona, alejada de ambos cascos urbanos y prácticamente aislada, ya que no se había empezado a desarrollar todavía ningún polígono industrial en sus inmediaciones. Por esa razón, el joven Gabriel se encargaba de recoger a su compañera cuando ella terminaba su jornada laboral y no hallaba ninguna combinación para regresar a casa. Como ambos eran aún solteros y residían todavía en sus respectivos domicilios paternos, acostumbraban a aprovecharse de la oscuridad y de la desoladora serenidad de aquel paraje para expresar recíprocamente sus sentimientos más íntimos, siempre al amparo de la coraza metálica que envolvía el estrecho habitáculo del vehículo de Gabriel.
Cierto día, una complaciente compañera de Ruth que también había conocido las dificultades derivadas de la práctica de ciertas expresiones afectuosas en el interior de un utilitario, se ofreció a prestarle las llaves de una casa que pertenecía a su familia y que se encontraba en las inmediaciones de la misma fábrica. Era una vivienda pequeña que ya sólo empleaban ocasionalmente, cuando la familia se reunía, y eso sólo sucedía durante algún que otro fin de semana. La anfitriona le comentó que aún así se trataba de un hogar confortable y amueblado donde podrían unirse cómodamente sin que nada ni nadie les importunara. Naturalmente, Ruth accedió sin dudarlo un instante y aguardó con impaciencia a que acabara su turno con la llave cromada de su liberación atesorada en el fondo de uno de los bolsillos de su bata de trabajo.
Gabriel recibió con una efectista expresión de incredulidad la nueva y se apresuró a encarrilar el coche a través del camino tortuoso que conducía a aquella casa que tantas veces había observado en contraposición con las luces anaranjadas del ocaso.
Con el pulso tembloroso a causa de la excitación, tratraron de encajar la llave en la cerradura en varias ocasiones hasta que al fin lograron accionar el sonoro mecanismo de apertura. Los goznes gimieron sólo al final de su recorrido y la hojarasca se arremolinó cerca del umbral tan pronto como se estableció la nueva corriente de aire. La casa superaba con mucho las expectativas iniciales de la pareja. La corriente eléctrica funcionaba con normalidad y la decoración no era tan lamentable como habían imaginado a priori. Se infiltraron en el inmueble sin demora cruzando un exiguo distribuidor que conducía a un salón separado de la entrada por una vidriera emplomada y se arrojaron sobre el primer mueble que hallaron a su paso, un enorme sofá de piel sintética apoyado contra la pared. Evidentemente huelga entrar en detalles para manifestar cuanto sucedió a continuación, o más bien cuanto esperaban que sucediera, porque apenas había empezado a fluir la pasión del encuentro cuando el perfil siniestro de una silueta ensombreció la cristalera que dividía ambos ambientes.
Ruth, la primera en advertir la presencia, se retrepó contra el respaldo del sofá sintiendo cómo se estremecía hasta la última terminación nerviosa de su anatomía. Alarmado por esta reacción, Gabriel se volvió en la dirección a la que conducía su mirada trémula, y como ella, también tuvo tiempo suficiente para advertir el rostro ceruleo que se asomó para observarles desde el otro lado del pasillo. El hombre permaneció allí durante unos instantes, acechándoles en un silencio absorbente y turbador mientras trataban infructuosamente de reaccionar. Tal y cómo había aparecido, el misterioso individuo se volvió y caminó en dirección a la salida, pero entonces ya había frustrado la esperada ocasión de disfrutar sin límites de sus asuntos interiores y también ellos resolvieron abandonar aquel lugar sin dilación.
Al día siguiente, Ruth acudió al encuentro de la propietaria de la casa antes de iniciar la nueva jornada laboral y le devolvió la llave sin dejar de reprocharle la poca discreción que habían encontrado a pesar de lo prometido. Su amiga se mostró confusa y le pidió que le explicara qué era lo que había sucedido exactamente y cuál era la descripción de aquel intruso.
Unos días después le mostró unas fotografías familiares entre las que aparecía retratado aquel mismo individuo. Ruth lo reconoció al momento y no tardó en advertir cómo el semblante de la otra se desfiguraba en una mueca pavorosa. Cuando fue capaz de emerger de aquel brete letárgico y pudo hilar más de una palabra, le contó, mientras se frotaba la piel de descarnada del rostro tratando de llevar algo de color a sus pómulos, que se trataba de un familiar no demasiado querido. Era un hombre de mala vida acostumbrado a arruinar la de quienes le rodeaban, y sólo por caridad humana recibía alguna ayuda económica cuando, en su desesperación, acudía a la casa; pero jamás le dejaron pasar de la cristalera emplomada que separaba la entrada de la vivienda propiamente dicha, y esta fue una regla jamás quebrantada que se mantuvo hasta el mismo día de su muerte, que se había producido un par de años antes de que Ruth y Gabriel visitaran la casita próxima a la fábrica.
Dos décadas después de esta singular experiencia, Ruth y Gabriel la narraban como si acabara de sucederles. Todavía se reflejaba en sus miradas el rostro enjuto y desafiante de aquella aparición que, en este caso, representa todo aquello que uno puede creer o no, al márgen de la confianza que le inspire una persona.
Ruth, Gabriel, un saludo… ;)
j.m.m. Albiol

Jack Skellington dijo
Bonita historia y mejor narrada. Tendrán una gran anécdota que contarle a sus nietos.
Debería sentirse perdido por esa dimensión aún desconocida por el resto de los mortales, y buscaba a quienes le habían ayudado los últimos años de su vida. Quizás fuera la soledad, quizás el miedo o simplemente necesitaba ayuda para seguir su camino...
quién lo sabrá...?
22 Agosto 2006 | 03:29 PM