Daemonium
En las sociedades occidentales es común que inconscientemente se recurra a la imagen estereotipada del mal que las diferentes corrientes artísticas, especialmente la industria cinematográfica, se han encargado de reflejar con mayor o menor fortuna, y lo mismo sucede con todos aquellos referentes asociados a combatir esa lacra indefinida con la que el hombre viene conviviendo desde que adquirió la capacidad de manifestar sus sentimientos asimétricos. En todas las culturas han existido esas deidades malignas destinadas a imbuir la dosis necesaria de temor a los practicantes y de tentar también a los más incautos: Marduk en Mesopotamia, el Hades de la Grecia Clásica o el Loki, al norte de Europa son algunos ejemplos de la profusa simbología del mal.
En occidente, el término empleado para designar esta representación, el Demonio, mantiene una relación directa con la enquistada tradición judeo-cristiana a pesar de que el mundo hebreo no siempre fue monoteísta. El Leviatán y otras criaturas presentes en el Antiguo Testamento son prueba de esa herencia más remota todavía. El vocablo hebreo original: “Satán” podría traducirse al castellano como “Adversario”, “Diabolos” en griego y “macho cabrío” en árabe. Baal, que simboliza al toro, es otro de sus nombres en el Nuevo Testamento así como Beelzebul, príncipe del estiércol, y así un largo etcétera.
La imagen del diablo constituye uno de los elementos más arraigados en el folclore de las comarcas catalanas, como sucede con la vasta genealogía de seres mitológicos que concurren en los pasacalles de las fiestas populares: gigantes, dragones y todo tipo de criaturas extraordinarias se exhiben públicamente para mantener la incandescencia de una llama que en otros tiempos tenía la propiedad de intimidar a ciertos sectores de la población cuando esto era preciso. No obstante, es este personaje del diablo el más acudido en el imaginario catalán de lejos, protagonizando con regularidad cuentos y rondallas y participando activamente el las orgías de fuego que inundan las calles con el fulgor y los sonidos que se suponen propios del infierno. No es de extrañar entonces que en algunos costumarios medievales se citara a Cataluña como la “Tierra de los Diablos”, aunque esa proyección degenerada de las costumbres primitivas se celebra hoy de un modo casi mecánico, sin que exista una plena consciencia del elemento que lo activó en su día, esa etapa que por desconocimiento se viene denominando como la protohistoria, que viene a compilar todo aquello que debió suceder antes de que existiera la voluntad de registrar los hechos del pasado, o tal vez todo lo que sucedió antes de se desvaneciera la memoria verdadera del origen. Así, el embrión de ese icono fundamental en las representaciones artísticas de todas las épocas conocidas, estaría en las mismas divinidades telúricas que en otro tiempo tenían la función de administrar el destino de los hombres.
El Cristianismo, como en su día también hizo el Judaísmo, y como ya he explicado en otros artículos, metabolizó durante su expansión todas las creencias que eran ajenas a sus fines para adaptarlas a su particular versión de la Verdad. Así fue como los rituales del invierno evolucionaron para dar paso al período litúrgico del Adviento en una hábil maniobra que hizo coincidir este solsticio con la Navidad, las celebraciones primaverales con la Cuaresma y el equinoccio de la misma estación con la fiesta de San José. Dentro de un marco antropológico sería natural presumir entonces que la exacerbación del solsticio de verano en Cataluña, donde aún se practica en las noches de San Juan la quema simbólica de las hogueras, tenga una relación directa con el culto al sol y por asociación al fuego, y que las culturas precristianas atribuyeran características mitológicas a este ritual que la Iglesia Católica también asimiló a su modo permitiendo esta exaltación del paganismo, ya que su contexto era innegable debido al carácter de su propia persistencia.
Aceptar la existencia del Demonio como algo más que la suma inmaterial de todos los miedos de un colectivo es un tema controvertido, pues la cuestión nos plantea de inmediato una duda mucho más profunda y discutible, tanto en términos científicos como morales: ¿existe acaso Dios? Obviamente, ese es un asunto que cada individuo debe resolver por si mismo, si bien es cierto que todas las culturas conocidas se han fundamentado en la creencia de una o varias entidades superiores al hombre y todopoderosas en esencia, aunque las interpolaciones, dependiendo de los diferentes factores cronológicos, geográficos y sociales, resultan siempre heterogéneas en demasía. Así, mientras unos credos confían en la benevolencia incondicional de sus deidades, otras sostienen que su carácter sería frío e imparcial, tanto como misericordioso, y para un tercer grupo, pluralizando muy someramente, esas entidades habrían perdido ya la batalla contra los demonios que suponen un peligro ineludible para el hombre.
En cuanto a los casos de posesión demoníaca, un supuesto fenómeno que consiste en la usurpación que un demonio hace de la voluntad de un individuo al apropiarse de su cuerpo, tanto la Iglesia Católica como otras confesiones han reconocido públicamente algunos casos que han precisado la intervención de sus ministros delegados en esta práctica, que consiste en enfrentar el bien contra el mal, lo que en cualquier caso, sea o no cierto ese prodigio de la posesión, supondría una clara confrontación entre dos mentalidades diametralmente opuestas por su disposición lógica. El mismo Juan Pablo II ejerció este oficio en varias ocasiones durante su papado, y aunque no sea esta una práctica monopolizada por la Iglesia Católica, teniendo en consideración que conceptos como en bien y el mal, así como su peligrosa proximidad, son denominadores comunes de todas las religiones, muchos otros validos de la Iglesia, como Jacinto Verdaguer, han intervenido en esa lucha mental contra la furia descarriada de su propio credo. Esa desunión de la conciencia sintética de los hombres parece más próxima a los fenómenos derivados del automatismo mental que a la presunta certidumbre de esa alternativa impregnada de misterio que apenas hoy convence a nadie. De todos modos, y lejos de haber superado la atávica necesidad de personificar al mal como responsable de todas nuestras desdichas, el hombre actual, tanto en Oriente como en Occidente, ha comprendido al fin que el verdadero mal reside en sus congéneres, y en nuestras diferentes sociedades nos hemos visto obligados a asimilar la iconografía actualizada de el nuevo Satán, que es el enemigo y, en definitiva, el Adversario.
Todavía hoy quedan vestigios de aquel ser demoníaco y romanizado en Cataluña, y no sólo en el bestiario popular. Su presencia es habitual en expresiones del habla coloquial y también en ciertos monumentos cuya concepción esta asociada a su figura, como el Puente del Diablo, construido, según cuenta la leyenda, por el maligno en una sola noche después de ganar una apuesta a una doncella o al encargado de esta obra monumental, dependiendo de la exégesis, pero esta es una fábula que sin duda requerirá un análisis más agudo.
j.m.m. Albiol

cayo oeste dijo
así cataluña debe ser todo lo contrario de tierra santa man
19 Junio 2006 | 09:52 PM