El Hospital del Tórax.
Por encima de la capacidad que cada individuo tiene a la hora de controlar sus emociones, el miedo funciona invariablemente como una herramienta común, un mecanismo primario que se activa ante la ansiedad que produce la inmediatez de un acontecimiento indeseable. En ocasiones estos temores se proyectan en un espacio concreto, un lugar en donde generalmente se supone que han sucedido todo tipo de contingencias escabrosas que, por alguna razón inexplicable, han desprendido una energía hostil y negativa que de un modo no menos enigmático, ha impregnado las paredes de los edificios en donde se han producido confiriéndoles esa facultad extraña de sugestionar a los sujetos más influenciables y proclives a experimentar esas sensaciones extraordinarias que se deslizan entre los pliegues más abruptos de la razón.
Las casas abandonadas suelen ser el objeto más recurrido a la hora de generar el vasto inventario de pequeñas leyendas negras, así como las poblaciones rurales que por diferentes vicisitudes quedaron en su día deshabitadas y que son también un foco fecundo para esa literatura insólita y oral.
Esas ruinas que de algún modo reflejan el triunfo del medio sobre los proyectos de los hombres, son habituales en todas las poblaciones que se han establecido allí donde otrora hubiera presencia de sociedades pretéritas, como sucede en la antigua población de Egosa, conquistada en su día a las tribus íberas por las huestes de la Roma Imperial, que le dieron el nombre de Egara y que actualmente conocemos como Terrassa. Allí, a unos veinte kilómetros de la Ciudad Condal, se alza la silueta inquietante del antiguo Hospital del Tórax, una pasmosa construcción asentada en medio de un paraje turbador que conserva la atmósfera incómoda que inconscientemente se asocia a estos espacios en donde la muerte y el sufrimiento han formado parte de su cotidianidad. La leyenda negra que con tanta facilidad adquiere una estabilidad en constante progresión, ha contribuido a acrecentar la mala fama de un lugar a donde la gente acudía con el objeto de recuperarse de sus dolencias, pero enfatizar el carácter luctuoso del escenario es, sin lugar a dudas, una argumento fundamental cuando lo que se pretende es atribuirle esas connotaciones funestas que serán indispensables en la génesis de la superstición. Así es como numerosos curiosos, que con la intención generalizada de alimentar su curiosidad morbosa se han adentrado en la tétrica edificación, han asegurado haber presenciado en su interior todo tipo de fenómenos para los que no parece existir otra explicación que no sea su propia enajenación, como si ese contexto les hubiera imbuido el propio estado de ánimo hacia una suerte de episodio fatuo al tratar de reproducir mentalmente cómo habría sido el día a día en aquel lugar unos años antes de quedar desmantelado. Es preciso imaginar la sensación que habrá ocasionado en los incautos la mera contemplación de esos pasillos desolados e interminables por donde la mugre y la evidencia física de la humedad se asienta profusamente cubriendo el pavimento y arrellanándose contra las puertas de unas habitaciones que conservan buena parte de su mobiliario devorado por la herrumbre y por la persistencia de la angustia que sin duda acogieron en su interior. Voces quejumbrosas y lamentos que ultrapasan la frontera del tiempo y de la misma realidad, sonidos metálicos quebrantando el embarazoso silencio desde las salas contiguas y hasta sombras antropomórficas deslizándose a través de los pasillos, como si pretendieran escabullirse entre el denso manto de la oscuridad.
Obviamente se trata de un caso tópico que no tendría por qué destacar por encima de otros similares que se conocen en abundancia, pero el estado de conservación de esta infraestructura desamparada desde hace relativamente poco tiempo y su función como hospital, con todos los elementos que comprende una instalación de estas características, lo han convertido en un plató empleado con suma frecuencia por la industria del cine. De hecho existe un ambicioso proyecto para construir un parque audiovisual en el antiguo Hospital del Tórax que albergará a varias empresas relacionadas con este sector. Probablemente este sea el final de su legendaria fama, aunque siempre cabe la posibilidad de que nunca llegue a desprenderse del todo de ese crédito que se ha consolida entre los muros de la obra como la misma energía negativa.
Jaume Balagueró, el realizador leridano, ha rodado varias secuencias de sus films en el escenario real de esta residencia, y quién sabe si en el fondo todo forma parte de la misma estrategia publicitaria que precede al lanzamiento de una película, pero muchos miembros del equipo que intervino en estas producciones aseguraron haber experimentado toda la fenomenología descrita anteriormente. Los Sin Nombre y Frágiles, cuya acción argumental se desarrolla en el interior de un hospital, se suman a otras obras del mismo género. Ouija, The Birthday, así como The Machinist y Session 9, ambas dirigidas por Brad Anderson, son algunas de las cintas que se grabaron empleando como decorado el Hospital del Tórax de Terrassa. Tal vez no resulte significativo señalar que en el proceso de filmación de todas estas otras películas se sucedieron las sensaciones producidas, con toda seguridad, por la fascinación que por sí mismo genera este ambiente, aunque a las ya señaladas se sumarían los habituales cambios bruscos de temperatura o el anómalo funcionamiento del equipo electrónico, que incluso dejaba de funcionar en determinadas circunstancias.
Es un hecho que en el Hospital del Tórax, como en cualquier otro centro que tenga como finalidad el tratamiento de ciertas enfermedades, la muerte y el tormento de la agonía debieron ser una constante habitual en su día. Se dice que aquí el índice de suicidios era porcentualmente superior al de la media, pero eso, en cualquier caso, no parece ser mucho más cierto que la leyenda generada a raiz de su abandono, que por otra parte debió producirse de un modo precipitado o ineficaz, pues en este proceso se produjeron importantes descuidos, como los restos humanos que quedaron almacenados en unas dependencias y que nadie retiró del lugar. Entre las diversas actividades vandálicas que han sacudido a este edificio histórico se tiene constancia también del hurto de, como mínimo, un feto humano. Es una prueba de cómo la degradación social incide directamente en su memoria histórica más inmediata, aunque ese rasgo esté tan asentado en la mente de los individuos como el mismo miedo que en ocasiones les impulsa a actuar con imprudencia.
j.m.m. Albiol.


alman dijo
Cada vez escribes mejor y consigues envolver al lector en esa atmósfera de misterio a la que pretendes trasladarle en un vuelo de su imaginación. Estuve en Terrassa hace un buen montón de años y me gustó el ambiente que se respiraba allí que es del todo diferente al de Sabadell (ciudad muy cercana). Entonces no entendí esa diferencia de atmósferas pese a la cercanía, ahora se que cada nucleo de población tiene su aura particular y que puede llover en todo un valle pero siempre lloverá más o menos en unos sitios Dios sabe porqué...
19 Mayo 2006 | 05:58 AM