Los Moai de la Serralada Litoral.
Si seguimos al pie de la letra el patrón oficial de la historia de la humanidad, no tardaremos en observar una cantidad descomunal de incongruencias que carecen de una explicación convincente. Basta con ser un tanto receptivo, por supuesto, pues como escribió Sastre en su día, el pasado puede modificarse y son los mismos historiadores quienes no dejan de demostrarlo. Negar rotundamente las posibles evidencias del pasado es una actitud demasiado habitual de la que difícilmente se desprenderá la ciencia moderna. No es cuestión de enumerar una lista de cuestiones negadas con rotunda vehemencia, y que por asociación inmediata de ideas encabezarían la cronología imposible de las Pirámides de Giza, las Pistas del Nazca, el Astronauta de Palenque, o la ignorada certidumbre de civilizaciones que a pesar de haber dejado exiguas huellas de su paso por el planeta, acaban ignoradas o bien mimetizadas por otras posteriores, de las que probablemente fueran precursoras; así es como se declina el compromiso de malbaratar el actual orden cronológico de la historia. Las momias de Cova des Pas, en Menorca, las murallas protohistóricas de Tarragona, o las diferentes construcciones megalíticas diseminadas a lo largo de estas comarcas no hacen más que ampliar el contexto de ese interrogante que se abre cuando nos preguntamos cuántas civilizaciones habrán germinado para volver a desaparecer engullidas por la insalvable marcha del tiempo, cuando suponemos que sobre la Tierra ni siquiera existía la vida.
La incuestionable huella de ciertas culturas extintas e intensamente diluidas bajo el denso manto de los tiempos que precedieron a su ocaso, ha quedado reducida, en el mejor de los casos, a una parva muestra de vestigios, casi siempre en un lamentable de conservación, diseminados a lo largo de la superficie del mundo, ya sea bajo los sedimentos de nuestros asentamientos actuales, sumergidos en la abismal profundidad de mares y océanos o incluso en el entorno más o menos inmediato de estos núcleos habitados hoy por el hombre, donde lo más habitual suele ser que pasen inadvertidos, que se lleguen a confundir con caprichos propiciados por la erosión natural del medio o que sean atribuidos a culturas posteriores, como sucede con los casos anteriormente citados de las redundadas Pirámides y de las murallas que cercan el casco histórico de Tarragona.
También suele suceder con regularidad que se pierda la perspectiva al recurrir a los referentes más tópicos de la arqueología extraoficial, menoscabando otros que son más próximos o geográficamente inmediatos, como el insólito caso de las extrañas esculturas localizadas en las inmediaciones de Orrius, un pequeño pueblo agrícola sito en un valle de la Serralada Litoral, que separa esta población de las planas del Maresme y de la comarca del Vallés y que cuenta con un importante residuo de las antiguas poblaciones íberas de la zona. Estos inauditos monumentos se encuentran ocultos entre la espesura de un bosque sosegado y habitado, según el folclore popular, por unos seres tan antiguos como la historia, criaturas fantásticas que sólo deambulan al amparo de la oscuridad de la noche y que permanecen escondidas en el interior de las abundantes cuevas durante el resto del día para evitar un eventual encuentro con los ocasionales caminantes que acuden allí con la intención de experimentar el efecto de las corrientes energéticas de origen natural que se atribuyen a esta zona.
Poco o nada se sabe a ciencia cierta de estas obras que apenas han suscitado el interés de los expertos, quienes han optado por descartar de facto su relevancia para atribuir su factura a un artista anónimo del siglo XIX. En cualquier caso, y si así fuera, ¿qué razón empujaría a un hombre a devanarse los sesos en la creación de una obra compleja, altruista y oculta en el boscaje de una zona apenas transitada? No cabe duda de que esta es la verdadera naturaleza del arte: la expresión creativa que se retroalimenta con el único objeto de emerger y de manifestarse en comunión con el medio específico en donde se desarrolla ese génesis sublime. Está claro que esta sería una posibilidad admisible, pero cualquiera que tenga un conocimiento elemental de las dificultades que se derivan del tratamiento artístico del material base empleado en estas representaciones, advertirá que ya sólo el tiempo invertido en una producción de estas características debe obedecer a un impulso mayor del que pueda generar la voluntad de un único individuo. De hecho, otra de las presunciones que circulan al respecto, alude a la presencia de una sociedad secreta que habría seleccionado, para el fomento de su disciplina, un bosque tranquilo y apenas concurrido pero relativamente próximo al mundo urbanizado, un lugar que por otra parte reunía una serie de elementos indispensables para ambientar la escenografía propia de estos círculos relapsados, como las supuestas corrientes telúricas que discurren bajo la tierra del mismo bosque. De ser así, tampoco parece razonable que nadie dé muestras tan evidentes de su presencia cuando lo que pretende, precisamente, es pasar inadvertido, pero quién sabe si pudieron o no resistirse a la tentación de trascender en el tiempo sembrando el bosque, con este fin, de objetos que sólo para ellos tendrían significado.
La duda únicamente da pie a la especulación, y en ese territorio, todos los caminos conducen a una realidad peligrosamente afín a la mentira.
Entre las esculturas diseminadas en este enclave destacan la de un paquidermo cuyos rasgos más elementales emergen de una roca que la naturaleza ya había modelado previamente para que el escultor sólo tuviera que exaltar esos detalles, que son los más significativos de su anatomía. Otro elemento, el que probablemente haya desatado las más descabelladas elucubraciones, se asemeja sorprendentemente a los conocidos, y no por ello menos misteriosos Moai de la Isla de Pascua, y en un tercer monumento, también similar a las colosales efigies de la Polinesia chilena, aparece representada una figura humana de dimensiones más que considerables. La clave de la relación entre estas curiosas esculturas reside en su evidente origen cronológico, que sería más o menos contemporáneo en el caso del elefante, así como mucho más ambiguo en el caso del primer “Moai” e indudablemente lejano en el tiempo en el tercer elemento si se evalúan los efectos corrosivos de la erosión, que han actuado en su superficie hasta el extremo de haber fundido casi su morfología con la de la misma piedra, lo que en conclusión demuestra que, como poco, las esculturas de Orrius no fueron obra de la misma mano ni se corresponden en el esquema temporal de la historia.
No parece sencillo que estas singulares ruinas, sean contemporáneas o no, se acomoden hoy por hoy a ninguna hipótesis, pero cualquiera que se aventure a través del bosque podrá corroborar su existencia, aunque conviene señalar que su localización no resulta sencilla en absoluto.
j.m.m.Albiol

vicen dijo
yo estuve por ahí buscando como un kbrón y d moais nada. al menos no llege a verlos pewro la grente insiste enque stan allí
15 Marzo 2006 | 08:15 PM