La procesión de Los Alfaques.
Cerca de Les Cases d´Alcanar, un lugar envidiable por su situación privilegiada junto al Mediterráneo, a medio camino entre Barcelona y Valencia, se encuentra el camping “Los Alfaques”, trístemente recordado todavía hoy por la repercusión de uno de los mayores accidentes acaecidos en Europa durante el pasado s.XX. Sucedió el año 1977, en plena temporada turística, cuando el propileno que transportaba un camión en su tanque entró en contacto con el aire, provocando al reaccionar una bola de fuego que arrasó el camping de “Los Alfaques”, saturado entonces por tiendas de lona y caravanas. Familias enteras perdieron la vida de un modo espantoso en cuestión de segundos, el tiempo que tardó aquella nube incandescente en asolar cuanto se interfería en su camino. Fallecieron 216 personas calcinadas en un suspiro letal tan breve que incluso se podía apreciar lo que estaban haciendo las víctimas cuando se produjo el fogonazo. La escena, cuentan los testigos, resultaba ostensiblemente dantesca. Una cocina del campamento estaba aún intacta, con comida en la olla y los comensales dispuestos en torno a la mesa; otros aparecieron calcificados en la postura que implicaba las actividades que estaban desarrolando en aquel momento. Había cerca de medio millar de personas en la zona del campamento, ubicado escasa distancia de la carretera. Gran parte de las víctimas de la catástrofe eran turistas de procedencia extranjera y a fin de proceder a su identificación, la policía tuvo que recurrir a los registros de los chasis de los vehículos envueltos en el incendio, ya que todos los cadáveres, por su estado, resultaban inidentificables y además fueron trasladados precipitadamente y apilados en una zona alejada del epicentro del desastre en espera de ser derivados a un depósito. Si se hubieran registrado los cuerpos de algún modo antes de ser reasentados, su posterior identificación habría resultado más expeditiva y los familiares podrían haber sido informados casi de inmediato. Lamentablemente muchos tuvieron que esperar hasta dos semanas, el tiempo que sus seres queridos tardaron en regresar al hogar, para confirmar que habían sobrevivido al accidente. En estas situaciones, cuando los cuerpos están tan carbonizados que resulta imposible la identificación, es imperativo el empleo de un sistema de etiquetado para relacionarlos como mínimo con los lugares en donde han sido hallados. Un número sobre cada cadá¬ver con una relación del lugar habría sido suficiente, pero la magnitud de la hecatombe de “Los Alfaques” estaba muy por encima de los precarios sistemas de prevención de la época.
Las leyendas urbanas suelen estar basadas en algún suceso real que, deliberadamente o por la transgresión del boca a boca, evoluciona y adquiere una cierta independencia. A partir de ahí se deriva una narración, un chisme en muchos casos, que con una cierta lógica admite la incorporación de elementos extraordinarios a su desarrollo, siempre con el pretexto de ponderar algún segmento de esa historia que quizá no llegó a ocurrir nunca o que en ocasiones ha sido olvidada.
En el caso del accidente de “Los Alfaques”, tuvo que transcurrir un cuarto de siglo para que el imaginario popular concibiera un mito quizá necesario, si acaso su auténtica finalidad consistió en recobrar la memoria de un hecho funesto e hiriente, y para ello se valió del recurso más acostumbrado en estos lances: la fabulación.
Cuentan algunos viajeros, que conduciendo de madrugada por la carretera que bordea el camping, al accionar las luces largas para mejorar la casi nula visibilidad de estas vías, han advertido la presencia de una extraña comitiva compuesta en ocasiones por niños y en otras también por algún adulto. Aparecen perfectamente alineados, a un metro de distancia entre unos y otros y siempre en el margen del arcén, como si caminaran de espaldas a la misma carretera. La columna permanece inalterable al paso del vehículo, en medio de esa oscuridad absoluta y visten siempre ropa de verano, aunque no se corresponda con el clima o con la estación. Su aspecto además de inusitado, resulta estremecedor y dan la impresión de haberse extraviado ya no sólo en el espacio, sino en el tiempo. Otros aseguran haber advertido la presencia de los niños a ambos lados de la carretera justo al lado de la señal del camping que hay en ese punto kilométrico de la nacional 340, y se profusa en los detalles con el fín de exaltar la vis trágica de esta escena agregando accesorios en el vestuario como juguetes, cubos y palas de plástico, bañadores o gorras, como los si aparecidos estuvieran, a pesar del horario nocturno y con total independencia de la meteorología, en medio de una jornada estival. Según unas versiones los integrantes de esta rara procesión no se turban en absoluto al paso de los vehículos, mientras otras garantizan que al ser sorprendidos por las luces corren a esconderse campo a través. Normalmente quien presencia la visión no sabe nada acerca de aquella calamidad sucedida años atrás en ese mismo lugar por donde transita, o no lo recuerda, hasta que alguien le comunica la coincidencia después de escuchar la extraña experiencia.
Este tipo de visiones se dan en lugares de características similares a lo largo del continente Europeo, aunque en ningún otro lugar ha sido asimilado de tal forma por la cultura rural como en Galicia, donde “La Santa Compaña” es uno de los referentes típicos y tópicos del folklore. El origen de este mito se pierde en la memoria difusa de las culturas preromamas y esta leyenda urbana de “Los Alfaques” no es, en conclusión, más que una variante con matices adaptados al uso. Un lugar solitario, la insuficiente luz, un solo testigo y altas horas de la madrugada son componentes indispensables en las diferentes interpretaciones de una misma historia que en cada lugar acaba adquiriendo una personalidad propia. Si bien existen casos abundantes para apoyar cualquiera de las creencias populares sobre ánimas, es probable que este mito reaparezca en ciertas capas del tejido social para reprochar o recordar algún problema o falta pendiente, o un desastre olvidado intencionada o indeliberadamente que convendría tener presente para evitar que se repita o por sus propias connotaciones infaustas.
j.m.m.Albiol

maica dijo
muy señor mio me dirijo ,ha usted para decirle que el año que usted indica no es correcto fue en el 1978 no en el 1977 atentamente.
mayca
25 Enero 2008 | 10:25 PM