La Coctelera

j.m.m.Albiol

5 Febrero 2006

Jacinto Verdaguer y los espiritistas.

Jacinto Verdaguer, el poeta más representativo de la corriente literaria conocida como “la Renaixença”, nació en 1845 en Folgueroles, un pequeño pueblo de la plana de Vic, en el seno de una familia humilde y profundamente católica. A la temprana edad de diez años fue internado en el seminario de Vic para iniciar su carrera eclesiástica, aunque existen dudas fundamentadas acerca de su vocación religiosa. Era una costumbre establecida por entonces que el sólo el primogénito heredara la totalidad de los bienes de la familia, pero este no era el caso de Verdaguer, circunstancia que sumada a la profunda espiritualidad de su madre y el clima general de su entorno habrían contribuido a que acabara optando por convertirse en capellán, accediendo así a una formación gratuita que más adelante le aseguraría el sustento. Su auténtica e incuestionable vocación, la literaria, se inició cuando contaba con unos quince años de edad, dándose a conocer con éxito poco después, en los Juegos Florales de Barcelona. Acabados sus estudios y ya ordenado sacerdote, con incipientes indicios de la tuberculosis y una anemia cerebral diagnosticada, alcanzó el cargo de capellán de navío de la Compañía Transatlántica, bajo la protección del marqués de Comillas. Viajó a la Habana y escribió una gran epopeya en la que cantaba la desaparición de la Atlantida, un notable poema épico que el mismo Gaudí siguió como modelo en alguno de sus proyectos, ahondando en las místicas referencias al mundo primitivo y al castigo divino. Adquiriendo un estatus ciertamente privilegiado, además del reconocimiento religioso y social, tuvo ocasión de viajar por toda España, llegando a recorrer el norte de África y buena parte de Europa. Después de la Atlántida escribió otra obra dedicada a los orígenes de Cataluña donde mezclaba elementos cristianos y mitológicos que titularía Canigó.
Verdaguer realizó entonces un viaje a Tierra Santa pasando por Egipto que le indujo a una intensa crisis espiritual, y que le llevaría en los años siguientes a realizar exorcismos y prácticas espiritistas, según las acusaciones que recayeron sobre su persona. Es significativo apuntar que aquellos espiritistas poco o nada tienen que ver con la imagen deteriorada que existe hoy de un movimiento frontalmente opuesto, entonces, a la jerarquía política y eclesiástica de la época. Los espiritistas además de reivindicar la aceptación del espiritismo como ciencia, postulaban a favor de una revolución social que tenía como objetivos el cooperativismo entre colectivos, la igualdad de géneros, la abolición de la esclavitud y de la pena capital, la supresión de las fronteras, el desarme de las potencias y así una larga lista de utópicas propuestas que inquietaron a quienes estaban acomodados en los inalterables sistemas de pensamiento y poder socioreligiosos. De este modo y a pesar de que numerosos miembros de la misma Iglesia confiaban en la viabilidad de la comunicación con los espíritus de los difuntos, el movimiento fue estigmatizado desde su origen, y eludiendo adrede la base política de la cuestión, se adujo en la argumentación a la relación con entidades diamónicas que se establecía invariablemente en el ejercicio de esta supuesta comunicación.
El papel de Verdaguer en estas sesiones de exorcismo consistía en anotar las diferentes reacciones de la persona poseída mientras otro capellan trataba de expulsar al diablo y una médium de la época narraba todo la fenomenología paranormal que solo ella podía observar. Durante esta práctica, que se prolongó a lo largo de dos años, Verdaguer llegó incluso a desatender la literatura obsesionado por investigar si la razón de ciertos males físicos estaba en la posesión diabólica. Las sesiones que inicialmente se llevaban a cabo en un piso alquilado en la calle Mirallers, pasaron más tarde a desarrollarse en el mismo palacio de Portaferrisa, circunstancia que encolerizó al marqués de Comillas, a quien su protegido, por otra parte, estaba causándole importantes deudas al extralimitarse en su labor como limosnero. El marqués resuelve recurrir al obispado de Barcelona provocándose entonces la ruptura entre las partes implicadas y Verdaguer. Con el pretexto de una cura de reposo deciden confinarlo en el Monasterio de la Gleva. El escandaloso “caso Verdaguer” se convirtió en el objetivo de intereses sociales y políticos. Sus detractores le acusaban de dejarse engañar por una serie de sujetos malintencionados de quienes se había rodeado incautamente. Verdaguer responde: Decían que me dejaba engañar como un tonto, que empobrecería la casa con tanta caridad, que con las limosnas sostenía a gente perdida y de mal vivir, que con ellas me había hecho la barba de oro, que había llegado a rezar exorcismos, que quería fundar una secta…
Después de escapar de su encierro en el Monasterio de la Gleva pudo encontrar refugio en casa de la familia Duran. El tribunal eclesiástico le sometió a seguimiento policial después de citarle en varias ocasiones e incluso intentaron detenerlo. Posteriormente el obispo Collell le suspendió a divinis despojándole de todo medio de subsistencia.
A finales de 1897 Verdaguer se vió obligado a escribir un artículo retractándose y en enero de 1998 se le restituyeron las licencias sacerdotales. Vivió sus últimos años en Barcelona. Murió prematuramente envejecido, cuando tenía 57 años, en Vallvidrera, el 10 de junio de 1902, y fue enterrado en medio de la manifestación de duelo más extraordinario de la historia de Catalunya. Se dice que, en el último momento Verdaguer volvió a dar muestras de aquella rebeldía que había contenido obligatoriamente durante los últimos años de su existencia.
Otra cuestión consistiría en valorar si las creencias de Verdaguer eran fruto de una paranoia personal o no, pero ya fuera por esta razón o por las aludidas connotaciones políticas vinculadas con aquel movimiento espiritista, el poeta se vió forzado a desdeñar sus propias convicciones. La historia nos demuestra que no se trata de un caso aislado, aunque en ocasiones el tiempo acabe dande la razón al agraviado.

j.m.m. Albiol

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