La Coctelera

j.m.m.Albiol

2 Febrero 2006

La cacería del Conde Arnau.

Se supone que el fantasma es una representación espiritual de un ser fallecido que se manifiesta de diferentes formas por alguna razón que, sin lugar a dudas, escapa al razonamiento humano. El fantasma es el doble que sigue al vivo durante toda su existencia; es el Rephaim hebreo, el Ka egipcio, el Eidolon griego o el Genius romano, pero en cualquier caso, debe tratarse de un fenómeno de carácter sensorial, aunque en ciertos casos puede llegar a provocar, a quien lo padece, todo tipo de reacciones desfavorables contiguas al trauma psicosomático. Algunos factores socioculturales, como el temor que producía la continua amenaza del infierno cristiano de la Edad Media en combinación con el socializado y silente resentimiento popular contra el abuso de poder de los señores feudales durante esa misma etapa de la historia, se conjugaron en la encarnación de mitos semejantes al del Conde Arnau, una leyenda con cierto deje ejemplarizante basada en hechos y personajes nebulosamente históricos.
El Pirineo catalán comprende un territorio estrechamente conexo con los orígenes de la Cataluña medieval y mitológica. Fue por aquel entonces cuando Arnau Roger, Barón de Mataplana y Conde de Pallars acabó condenado a vagar a lo largo de la eternidad como un alma atormentada, penitencia popularmente celebrada que sufrió tras completar una larga lista de inhumanos excesos cometidos a lo largo de su discutida existencia. A Arnau se le atribuye, entre otras tropelías, la práctica abusiva del derecho de pernada, pues era, según se cuenta, hombre de hábitos libertinos en demasía. El derecho de pernada, o prima note, era una reprobable tradición que adjudicaba al señor el absoluto privilegio de pasar la primera noche con cualquier mujer que se desposara con algún súbdito suyo. Se trataba de una costumbre ignominiosa y humillante, pero lamentablemente no era el único uso indefectible que degradaba la dignidad de las gentes por entonces. Parece que a este ´noble caballero´, desposado con una dama virtuosa de equivalente abolengo, no acababa de satisfacerle la rutinaria usanza de ese desalmado derecho, y terminó haciendo méritos para ganarse la legendaria deuda póstuma a causa de una serie de relaciones sacrílegas que mantuvo reiteradamente con la abadesa y las monjas del convento de Sant Joan de les Abadesses. En el Santuario de Montgrony, de estilo románico, hay unas escaleras talladas en la roca que Arnau hizo construir a unos pobres feudatarios que se quedaron sin cobrar el sueldo antes convenido con él. Estas escaleras conducían a otro Templo más pretérito que estaba próximo al “forat de Sant Hou”, una sima de unos setenta metros de profundidad en donde, según dicen, se encontraba la entrada de un kilométrico pasadizo subterráneo que el conde recorría a lomos de su caballo para acceder al mismo claustro del convento, lugar al que acudía con regularidad para consumar la reiterada apostasía, hasta que en cierta ocasión, el cadáver de una novicia que había rechazado las proposiciones del Conde apareció descuartizado por sus perros.
Otros elementos brumosos se añadieron durante la gestación de la leyenda del conde Arnau, infatigable en su propósito. Además de su vasta e irreverente sexualidad y del trato cruel que infligía a sus siervos, existen también referencias perpetuadas por la tradición oral que aluden a insistidas blasfemias, hijos ilegítimos, monjas embarazadas y no pocos crímenes gratuitos.
A su muerte, el alma en pena de Arnau estuvo apareciéndosele a su mujer en el Castillo de Mataplana, que había sido también su residencia en vida, y no pudo dejar de acudir a esta cita nocturna, con la inicua intención de arrastrarla también a ella al infierno, durante cada noche a lo largo de los siete años que por entonces duraba el solemne luto. Después, el castigo del conde se permutó, dicen, desde el mismísimo infierno, donde resolvieron condenarle a vagar eternamente en una interminable cacería. Desde el Gorg dels Banyuts, al anochecer, el conde sale con su montura envuelto por las incandescentes llamas del mismo averno y escoltado por una jauría de perros, en busca de las almas descaminadas que también merecen concluir su trayecto en ese lugar, y al llegar la medianoche el canto del gallo, que no es otra cosa que una singular roca que se alza sobre el mismo Gorg, indica al conde Arnau que debe regresar a su infierno una vez más.
Esta leyenda parece estar relacionada con Guifre el Pilós y las abadesas que fueron expulsadas del convento por una bulla papal acusadas de escandalosas irregularidades. En las Baleares existe una leyenda similar, la del conde Mal, y probablemente ambas procedan del occitano Arnaul. Asimismo, el tema de la cacería, ese arquetipo de procesión o santa compaña, está presente también en la mitología de otras culturas primitivas como la céltica o la germánica.
Los viajes desde el infierno o hacia el infierno también son un tema recurrido en la literatura a lo largo de la historia, como en el caso del Virgilio de Dante e incluso el Hermes Psicopompos, con la diferencia de que nuestro conde Arnau, por lo visto, no merecía otra cosa mejor.

j.m.m.Albiol

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