El Ugarés; un vampiro en el Castillo de Estela.
Para comprender la repercusión social de las diferentes manifestaciones del miedo es siempre preciso tener en cuenta la relación entre las necesidades que son más o menos habituales en los diferentes grupos humanos y su contexto histórico. Las leyendas constituían un elemento de cohesión cultural que además predisponía al individuo para la asimilación de conceptos que sólo a través del miedo llegaban a cristalizar en el inconsciente colectivo. En un contexto rural, aislado y generalmente hostil la necesidad de prevenir los peligros reales era fundamental, y el miedo, que es un mecanismo que posee todo hombre, era el vehículo más apropiado para delimitar la responsabilidad de la sociedad y así asegurar su propia supervivencia ante la contigüidad de amenazas innegables como podían ser los lobos, bandidos o cualquier otro elemento propio de un mundo que ofrecía pocas garantías para el desarrollo de la vida cotidiana. La Iglesia no tardó en asimilar esta práctica y supo encontrar el modo de contagiar sus propios miedos a la población. Así judíos, herejes, brujas y cualquier persona o gremio que amenazara su entidad pasaron engrosar la lista de esos miedos obsesivos.
En el norte de la comarca de la Selva, limitando con el Gironés y la Garrotxa, se encuentra el pequeño municipio de Amer. Se trata de una zona accidentada con un volumen considerable de bosques donde abundan el pino, el castaño y la encina entre otras especies autóctonas. Para acceder a Estela, es preciso tomar el camino ascendente de la montaña a pie bordeando pedreras y sorteando el accidentado relieve del lugar. Una vez allí, conviene dejarse envolver por el entorno y emprender un largo viaje a través del tiempo hasta llegar a una edad acerba y oscura, tal vez durante la baja edad media o quién sabe si mucho tiempo atrás, cuando precisamente el bandido y el lobo eran una misma cosa. Cuentan que por entonces nació una criatura en la región que fue poseída durante la gestación por un espíritu maligno. Quizá se tratara de un desdichado marcado por una tara congénita, pero pronto fue excluido del grupo y desterrado a la montaña, en donde permaneció oculto, dicen, durante siglos, hasta que la misma sociedad que le había marginado se expandió erigiendo un castillo en medio de su refugio, que se había convertido entonces en su medio natural.
El castillo de Estela, documentado ya en el s. XI, según algunas fuentes, fue ocupado por diferentes familias que poseyeron los oportunos derechos señoriales a lo largo de su complicada existencia. Actualmente sólo quedan algunos vestigios de lo que pudo ser en su día: alguna pared en estado precario, un cuerpo rectangular de unos seis metros y una torre de defensa a poca distancia. Cuentan que desde la habilitación de esta construcción no dejó de registrarse una anómala fenomenología que afectaba específicamente a sus inquilinos, llegando estos a la convicción de que una terrible maldición que había recaído sobre ellos era la causa de sus tribulaciones. En realidad no tardaron mucho tiempo en achacar su mala suerte a aquel ser que tanto tiempo atrás había sido arrojado a la misma montaña, donde ahora se alzaba el castillo de Estela, y del que habían oído hablar en las leyendas de la época, el Ugarés, una abominación de la naturaleza o algún engendro huido del mismísimo infierno. Los habitantes de aquel lugar no tardaron en encontraron entre ellos a uno que sin duda habría sido poseído por aquel tremebundo espíritu y no dudaron en ejecutarlo para librarse de sus malas influencias. Sin embargo acabar con aquel poder inicuo y sobrenatural no era una tarea tan viable como habían considerado en principio y pronto otro conciudadano fue también acusado por haberse dejado poseer por la misma forma e inmolado poco después igual que sucediera con el anterior inculpado y con los que le fueron sucediendo durante aquella suerte de histeria colectiva que desencadenó una patológica serie de imputaciones y ejecuciones sumarísimas. La leyenda negra contribuía a enturbiar todavía más la cotidianidad, y así se decía del Ugarés, o de cualquier individuo que circunstancialmente este ser poseyera para pasar inadvertido entre la gente, que sin duda se recreaba sobremanera asesinando criaturas y bebiendo su sangre, y que era un ser intemporal que habría hecho diferentes tratos con el mismo Diablo durante su exilio en la montaña acrecentando esto su poder y su ánimo de perturbar a quienes le habían repudiado tiempo atrás. La fiebre criminal propiciada por aquel miedo endémico habría continuado sin duda prolongándose en el tiempo si el gran terremoto que sacudió la región no hubiera arruinado también el castillo de Estela. Se produjo durante el año 1427, sucediéndose en un periodo de dos meses una serie de sismos de magnitud desconocida pero gran intensidad que llegaron a destruir casi por completo Olot y otras zonas del Gironés. Los habitantes de aquel lugar responsabilizaron, por descontado, al Ugarés de aquella tragedia, pero quizá sobrepasados por la propia dimensión de este suceso, fueron olvidando al personaje y algunas voces se atrevieron a afirmar que la misma tierra que él había abierto con la clara intención de generar el caos se lo había tragado para arrastrarlo al infierno. Aún así, el Ugarés continuó siendo el responsable de todo aquello que nadie deseaba que le sucediera, y como aquella era también una época complicada para la supervivencia del hombre, amenazado especialmente por la peste y otras graves epidemias que se sumaron llegando a devastar buena parte del mundo conocido con resultados desastrosos, parecía más que justificada la necesidad de que una figura como esta permaneciera aún entre ellos.
El Ugarés desapareció de la faz de la tierra en el año 1483, cuando bajo la influencia de los reyes Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, Tomás de Torquemada fue nombrado como Gran Inquisidor de Castilla, Aragón, Cataluña y otros territorios ibéricos. Es probable que nadie se atreviera a sugerir la existencia de un demonio en su comarca ante aquella autoridad ilustrada por la providencia conociendo cuál era su práctica habitual cuando convenía sofocar alguna incidencia de esa índole. Es probable también que el mismo Ugarés huyera despavorido ante el advenimiento de aquel ser capaz de mayores abominaciones que el mismísimo Diablo, aunque siempre en nombre de Dios, claro.
La información acerca de este personaje es verdaderamente escasa, por eso agradecería la aportación de cualquier dato que me sirviera para completar su perfil.
j.m.m.Albiol

natera jose dijo
buenas tardes .ahi le dejo la asistida
7 Enero 2008 | 12:15 AM