La Coctelera

j.m.m.Albiol

9 Septiembre 2009

Pues nada, que reproduzco a continuación lo dicho por mi buena amiga, Le Vixen Fatale, en el blog del Dr. Chainsaw, Zerebros:

 El libro que todos los "zombie amantes" esperábamos ya esta a la venta. Por lo que sé lo podéis adquirir en el FNAC, en la Casa del libro y en nuestra querida tiendita del horror "Monster Museum" (Que si sóis de Barcelona y tenéis que elegir, molaria que os hiciéseis con la copia en esta tienda, nos tenemos que apoyar entre nosotros...). Supongo que también estará a la venta en otros establecimientos, pero de momento esta es toda la información que he podido conseguir.

El caso es que quería agradecer al autor de este libro. J.M.Serrano Cueto, a quien no tengo el gusto de conocer personalmente, la alusión que en su obra ha hecho a quien ahora os escribe y que reproduzco en el post, así como recomendaros a todos los fanáticos del género su lectura.

Dicho queda.

j.m.m.Albiol

 

 

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7 Septiembre 2009

Ilya Ivanovich Ivanov y el Humancé

 

            En anteriores ocasiones ya había venido a significar el trabajo de ciertos científicos que, sin demasiados escrúpulos, se dedicaron a practicar todo tipo de ensayos con el fatuo pretexto de beneficiar al conjunto de la humanidad, aunque de facto tales prácticas sólo servían para que los eruditos se sintieran infinitamente superiores a sus deshumanizados sujetos experimentables. Robert Cornish, Brukhonenko, Aldini o el doctor Robert White, aquel que amputó la cabeza de un mono para trasplantarla en el cuerpo de otro con relativo éxito y aún menos resquemor, son algunos ejemplos, pero ni mucho menos los únicos.

            Ilya Ivanovich Ivanov fue otro polémico investigador, un biólogo soviético que se especializó en los campos de la inseminación artificial y la hibridación interespecífica. Combinando ambas disciplinas, Ivanov creó artificialmente híbridos de diferentes especies  fusionando a capricho sus diferentes naturalezas. Pero la más controvertible de todas las experiencias que llevaría a cabo sería, sin duda, el intento de crear un nuevo híbrido mezclando humanos y simios.

            Después de no pocos fracasos y de un sinfín de tanteos ineficaces, el biólogo iniciaba a principios de 1927 la inseminación de varias hembras de chimpancé en la colonia francesa de Guinea Conakry. Después de que todo aquel proceso no resultara tal y como había previsto, Ivanov se propuso invertir el proceso y trató de organizar, en esta ocasión, la inseminación de varias hembras humanas, como más tarde también intentarían los doctores que a su aire hacían y deshacían en el infierno de los campos de concentración de la Alemania Nazi. El caso es que nunca se supo a ciencia cierta si aquel experimento había tenido lugar al fin o no, y en el curso de la reorganización política general que afectó a todo el orbe soviético, la trágica Gran Purga Estalinista, Ivanov fue objeto de las iras de sus colegas, de cuantos no toleraban sus amorales prácticas, y tras un simulacro de juicio fue condenado a cinco años de exilio en el remoto territorio de Kazajstán, donde acabaría falleciendo poco después.

            La comunidad científica asegura que la hibridación entre humanos y chimpancés es del todo inviable, pero esto no significa que no abunden en horre los testimonios, rumores y reseñas de toda índole que, como combustible, mantienen candente la llama que sustenta la leyenda.

            Este es el caso, por ejemplo, que se derivaría a raíz de las declaraciones que en su día hizo públicas un colega de Ivanov, el doctor Gordon Gallup, psicólogo de la Universidad de Albany, cuando aseguró que la hibridación, la mezcla entre el ser humano y el chimpancé, ya se había tenido lugar con éxito en los Estados Unidos, aunque el producto resultante del experimento había sido destruido por los mismos científicos que lo habían llevado a cabo, quien sabe si horrorizados ante la visión de la monstruosidad que había perpetrado.

            Haciendo retroceder mucho más la maquinaria cronológica de este loco mundo y deteniendo su motor en el ahora muy lejano siglo XI, encontramos un viejo tratado escrito por San Pedro Damián titulado "De Bono Religiosi Status Et Variorum Animatium Tropología", en el cual el autor relata un simpático (porque una historia elaborada a base de semejantes componentes no puede ser dramática aunque lo pretenda) asunto acaecido en la casa de un conde llamado Guielmus, donde un mono, que era la mascota del noble y de su mujer, más de ella que de él por lo descrito, tuvo un hijo con la dama y un tremendo ataque de celos que culminó con su ajusticiamiento después de que terminara con la bochornosa existencia de su dueño. Afirmaba el autor de esta obra que el enrevesado documento referido no era transcripción de ningún bulo, sino que se lo había transmitido el mismísimo papa Alejandro II, contemporáneo del Antipapa Honorio II, quien se había hecho cargo, después de tan funesto incidente, del fruto de aquella relación antinatural que la condesa había mantenido con el mono, una aberrante criatura que recibió el nombre de Maimo.

            Entre las páginas cetrinas de otro legajo, un manuscrito que apareció en la abigarrada trastienda de un anticuario tarraconense cuando, al fallecer, y a causa de la sempiterna inacción de las autoridades de esta ciudad, tuvieron que ser sus antiguos colegas los encargados de inventariar y de repartirse los incontables objetos que había ido recopilando a lo largo de su vida, un anónimo misionero catalán había anotado, en las postrimerías del siglo XVIII, que por causa de los nefandos hábitos que tenían los habitantes de un inexplorado y profundo rincón de la selva congoleña proliferaban, aunque viviendo al margen de la sociedad, seres antropomórficos que, decía literalmente, no eran monos ni personas y vivían repudiados tanto por los unos como por los otros, teniendo que vivir ocultos y en soledad porque ambas especies, también la inferior, eran conscientes de su monstruosidad.

            Más reciente es la estrambótica historia de Oliver, un chimpancé procedente también del Congo que fue capturado hace relativamente poco tiempo, en la década de los setenta del pasado siglo XX. El insólito semblante de este animal fue, sin duda, aquello que en principio le hizo destacar por encima de otros chimpancés que también habían sido aprehendidos en su mismo entorno. Oliver tenía mucho menos pelo cubriendo su anatomía que sus congéneres; su cráneo también era bastante más pequeño y presentaba además rasgos que resultaban desconcertantes por su rara similitud a los de los humanos. Pero lo que más llamó la atención fue su modo de caminar, apoyándose únicamente en las dos extremidades traseras, erguido como un hombre, facultad circunstancial entre sus semejantes. A lo largo de su malhadada existencia, durante la cual fue objeto de todo tipo de exámenes que pretendían dilucidar si era una hibridación resultante de algún experimento, o incluso de una sicalíptica práctica zoofílica, o si tan sólo era su apariencia el producto de una antojadiza mutación de la naturaleza y habiendo servido también como reclamo, a determinación de sus diferentes propietarios, de circos, ferias y otros eventos no poco denigrantes, como solía suceder con todo individuo humano o no que presentara diferencias sustanciales en su anatomía o con respecto a sus iguales, Oliver demostró, según aseveraron todos cuantos lo tuvieron a su cargo, que no sólo por sus trazas se parecía a los seres humanos, sino que también por su conducta, por su forma de actuar en los diferentes avatares de la vida. Oliver era un animal inteligente, mucho más que los demás chimpancés. De hecho estos lo rechazaban, abominaban de él porque no lo veían como uno de los suyos y esto le condenó a vivir en la marginalidad. Pero lo más curioso de este caso es que tampoco a Oliver le atraían los otros chimpancés, ni siquiera las hembras, sino todo lo contrario, causa que arguyó uno de sus muchos propietarios, un abogado, cuando se deshizo de él porque el mono acosaba sexualmente a su mujer a todas horas.

            Es más que probable que la fabulación y la habitual tendencia a la exageración que es tan propia de nuestra especie hayan pretendido que ciertos procesos antojadizos de la naturaleza adquieran una significación desproporcionada, pero no menos cierta ni desacostumbrada es nuestra obsesión con alterar, también a capricho, esa misma naturaleza. Probada entonces la existencia de ejemplares tan extraordinarios como Oliver... ¿quién sabe a ciencia cierta cuál puede ser su verdadero origen?

j.m.m.Albiol

 

Tags: leyenda

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5 Julio 2009

La minería de Montevecchio


 

En más de una ocasión he aludido a los edificios abandonados como foco de todo tipo de fenomenología, llámese ahora a esta paranormal o tergiversada. El hecho es que, se quiera o no, una casa, una nave industrial arruinada o cualquier otra construcción que por la circunstancia que sea haya caído en desuso, promueve un primigenio interés inherentemente asociado al misterio, y como el rastrojo que invade el lugar donde antes la gente había vivido, como la naturaleza que se extiende devorando todo aquello que el hombre va dejando atrás para que finalmente no quede vestigio de su presencia, germinan leyendas y cavilaciones de todo tipo con el propósito de argumentar cuál era su uso y qué razón hubo para que dejara de interesar. Y es entonces cuando la rumorología, convenientemente aderezada por sus exegetas, adquiere una nueva dimensión, cuando el chisme revierte como literatura... Aquí mataron a uno en la guerra; allí se murió un niño mientras jugaba al venirse abajo el piso; una banda de delincuentes se refugiaba en aquel sitio y liquidaban a cualquiera que por casualidad los sorprendiera; se celebraban misas negras y sacrificaban ganado humano...

            Todo, tenga o no una base real, sirve, y todo a su vez acaba desbocando en el profundo abismo de lo desconocido, que a la postre es lo que interesa, ya sea por la necesidad de establecer un coto entre lo útil y lo prescindible, o para señalar virtualmente un lugar que por su estado y sus características debe resultar azaroso en potencia.

            No están exentos de equivalente mitificación ciertos parajes naturales aislados de la civilización y de sus efectos. Zonas selváticas o desérticas, donde la vida, más que de subsistencia, sería una cuestión de extrema supervivencia, áreas pantanosas lóbregas, infestadas de criaturas reales prontas a aniquilar a cualquier intruso, como sería en tal caso el hombre, o bosques intransitables perdidos en medio de la nada, que es donde han acabado yendo a parar no pocos inconscientes que han osado adentrarse entre la floresta. Surgen aquí, de la bruma de lo inexplorado, ingentes legiones de fantasmas que durante decenios se han dedicado a deambular buscando el modo de salir de su prisión eterna y seres extraordinarios que ni siquiera cabrían en el infierno, y surge, claro está, el miedo, ya que no es casual que exista una asociación entre el paraje y el mito.

            Más o menos lo mismo sucede en determinados lugares de interés arqueológico, pues aquí es habitual que confluyan ambas circunstancias, y es que los restos de una civilización pretérita no dejan de ser, habitualmente, territorios abandonados en su día que al paso de los años la naturaleza ha ido recuperando. Podría enumerar multitud de ejemplos y hacer una detallada relación de las circunstancias que motivaron su abandono, así como las leyendas derivadas de esta situación, pero sin que sea preciso remontarse a una edad cuyo recuerdo habrá quedado, con toda probabilidad, sepultado por el denso légamo de la memoria irrecuperable, vengo a significar la existencia de un rincón que encontré hace no mucho y casi por casualidad en la isla mediterránea de Cerdeña y que condensa la suma de todos los lugares antes citados. Existen allí numerosos monumentos arqueológicos e históricos de gran importancia, como los diferentes nuragues, de época prehistórica, o la asombrosa Tomba dei Giganti di Osono, uno de los monumentos funerarios megalíticos más importantes. Pero el que me ocupa es el complejo minero de Montevecchio, que a lo largo de varios kilómetros y a través de un espeso bosque montañoso discurre desde la misma localidad de Montevecchio hasta la paradisíaca playa de Piscinas, donde aún se amontonan, devorados por el óxido, volquetes y aperos que en su día tuvieron uso en aquella excavación.

            De súbito, mientras se circula por una vía irregular y sin asfaltar que por momentos resulta casi intransitable, surgen aferrados a las laderas de las montañas descomunales esqueletos metálicos, tanques y depósitos, vehículos y materiales por doquier. Se suceden naves de diferentes dimensiones, barracones y edificios para los trabajadores. Asoman las puntas de los campanarios por encima de las casitas, de las escuelas, de los hospitales; tintinean campanas cuando en viento las arrulla y los cartelones de plancha metálica tamborilean contra los armazones que aún las soportan. Aquí la tierra se abre y escupe a gran presión un caño de agua enrojecida por el óxido que en sus entrañas sangra y más allá otra abertura practicada en la negra pared de roca engulle una fila inmóvil de vagonetas que se detuvieron cuando avanzaban rumbo a la oscuridad.

            La sensación, la inquietud inicial no sólo no se disipa, sino que va en aumento porque el camino tortuoso no parece tener fin y se eterniza mientras se suceden más y más explotaciones con sus núcleos urbanos anexos, que se antojan escenario real de una hecatombe.

            Para hacerse una idea de la magnitud de este asentamiento, de este claro ejemplo de la arqueología industrial, cabe señalar que aquí vivían en su día alrededor de 20000 personas que de la noche a la mañana se esfumaron dejándolo todo tal y como ahora puede verse.

            Las interioridades de este descomunal complejo no son enteramente visitables porque existen barreras físicas que dificultan su acceso. Ahora bien... si uno se arma de valor y actúa con responsabilidad, hallará los vestigios intactos de quienes habitaron la zona, y esto a nadie, cuál sea la condición del visitante, dejará igual después de comprobar cuán frágil es la cuerda que sustenta el equilibrio de la humanidad.

j.m.m.Albiol

 

 

 http://viajesacerdena.blogspot.com/2009/07/cerdena-mar-y-montana.html

 

 

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26 Marzo 2009

Los niños Feraces

  

La leyenda fundacional de la antigua Roma contaba cómo los gemelos Rómulo y Remo, frutos de la relación incestuosa entre el dios Marte y Rea Silvia, hija del depuesto rey Numitor y que fue obligada por el conspirador legatario Amurio a entregarse al culto de Vesta para que así no pudiera engendrar herederos, fueron abandonados en una cesta que por orden de aquel nuevo soberano se arrojó a la corriente del Tíber para que el río tuviera cuenta de ellos. Pero he aquí que el canasto varó en la ribera y ambos sobrevivieron gracias a una compasiva loba llamada Luperca que los amamantó como si fueran producto de una camada suya.

Hasta aquí fácil es aceptar este relato como un capítulo más de la prolija mitología grecolatina, como fabulosas eran las biografías de Tarzán o de Mowgli, protagonista del Libro de la Selva, concebidas por Edgar Rice Burroughs y Rudyard Kipling respectivamente y que narraban las vivencias de niños feraces que por lances de su destino habían quedado aislados de la sociedad y que milagrosamente lograban subsistir al integrarse en otros núcleos sociales compuestos por osos, monos, o como en el caso de Rómulo y Remo, por lobos.

Pero el caso es que más de allá de la literatura es este un fenómeno real que se ha producido en no pocas ocasiones, en más de ochenta que se sepa, a lo largo de la historia y que puede incluso constatarse gracias a las aserciones de ciertas personas que tuvieron en su día la desdicha, o la suerte según se mire, de experimentar semejante vivencia; aunque en la mayoría de los casos les resultaría imposible incorporarse en una estructura comunitaria que ya no era la suya.

Las hermanas Amala y Kamala, por citar algún ejemplo, fueron halladas en un cubil que una loba había dispuesto en lo que fuera un nido de termitas perdido en un recóndito bosque de la India. Cuando las rescataron, y esto significa que las sacaron de su nuevo hábitat, las niñas actuaban como cachorros arrellanándose a la hora de dormir, aullando, devorando la carne cruda y mostrándose sumamente agresivas contra cualquiera que invadiera su espacio circundante.

Otros casos renombrados fueron el de la niña ucraniana Oxana Malaya, criada por los perros y recuperada por los hombres para encerrarla en un centro para discapacitados de Odessa ante la imposibilidad de neutralizar su asumida naturaleza canina; el del ugandés John Ssabunnya, socorrido y criado por un clan de cercopitecos de cara negra en plena selva africana haciendo verídica la historia anteriormente novelada por Burroughs o el de Víctor de Aveyron, departamento francés situado en la región de Midi-Pyrénées en donde fue capturado este niño cuando rondaba las granjas en busca de sustento que a causa del inclemente invierno escaseaba en los bosques, dominio por el que vagaba desnudo y trotando a cuatro patas. Víctor falleció años después sin haber aprendido apenas nada de sus educadores y sumido en una triste quietud, como un pájaro enjaulado.

Menos conocido, a pesar de la proximidad geográfica y temporal, es el caso del niño Marcos, natural de la pequeña localidad cordobesa de Añora, que en los menesterosos años de la posguerra y cuando apenas contaba con siete años de vida cumplidos, fue vendido por su padre y su madrastra a un pastor de la sierra.

Esta situación, que ya era mala de por sí aunque no menos de lo que buena parte de la población tuvo el infortunio de experimentar por aquellas fechas, se empeoró dramáticamente cuando en medio de aquel paraje inmenso y aislado del mundo conocido le sobrevino al pastor de súbito la muerte, quedando Marcos desasistido e incomunicado nada menos que doce largos años durante los cuales el pequeño se las ingenió para atraer la atención de los lobos, de las águilas y de otros animales que contribuyeron por lo visto a su supervivencia haciéndole compañía, convirtiéndose en sus únicos amigos y hasta compartiendo con él la comida.

Así transcurría su vida hasta que una pareja de la Guardia Civil lo halló de casualidad deambulando por el monte, y pensando al principio que por su aspecto troglodítico aquel no podía ser ni siquiera un humano, lo descuajaron a la fuerza de aquel entorno que el muchacho ya había hecho suyo y lo ingresaron en un colegio de monjas para que aprendiera modales y las normas básicas de la coexistencia comunitaria que por el prolongado aislamiento había olvidado o que quizá ni siquiera había tenido tiempo de aprender.

Con todo y a pesar de los muchos esfuerzos para que así fuera, Marcos nunca pudo adaptarse a aquella nueva realidad y acabó viviendo como un vagabundo, durmiendo en cuevas y solares abandonados y alimentándose con lo que encontraba o merced a la caridad de la gente que, transida lo miraba como lo que en el fondo era: un animal extraviado, perdido por segunda vez en medio de un mundo que no era el suyo.

De modo que como puede verse, los casos reales concluyen por norma con tanto dramatismo como los legendarios, igual que en el caso de Rómulo y Remo, que acabó en fratricidio a pesar de su vertiginosa integración social y aún siendo promotores de la constitución del más grande de los imperios.

j.m.m.Albiol

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17 Febrero 2009

Fantasma de la conciencia

 

Creyendo que por mi afición a indagar en ciertos aspectos inherentes a la naturaleza humana daría yo con la solución, vino a pedirme consejo, hace ya algún tiempo, una persona acerca de lo que al parecer estaba sucediéndole a una conocida común.

Pocos años antes esta conocida se había casado con un muchacho aparentemente normal del que se sentía profundamente enamorada, y nadie que conociera cuán rígido era el trazado del nudo que ligaba sus respectivas existencias hubiera siquiera osado imaginar que el amor que ambos se profesaban tenía contados los días. Sucedió esto como solo ocurren las cosas que nadie puede esperar: de la noche a la mañana. Un soplo gélido de viento se había colado entre ellos obligándoles a tomar, a partir de ese momento, caminos divergentes. De los avatares que conforman los diferentes episodios de cada relación interpersonal no hay aquí espacio ni interés en hablar, máxime por cuanto se refiere al motivo concreto de esta ruptura que obviaré por tratarse de uno de los hechos más execrables que puede cometer el hombre cuando se deja domeñar por su gemelo perverso.

Resultó entonces que la separación no afectó del mismo modo a las dos partes, y mientras ella se mostraba extremadamente liviana ante sus amistades, aunque no fuera esto óbice para reprochar la recién descubierta naturaleza de su denostado cónyuge cada vez que se le presentaba la ocasión, el otro fue dejándose arrastrar por una espiral nebulosa e insondable y empezó a arrastrarse implorando el perdón de aquella que, de entre todas las personas que llenaban la faz de la Tierra, consideraba única e irreemplazable a la hora de conferirle sentido a su existencia.

El motivo que había producido la separación era demasiado grave para que ni siquiera la chica tuviera en consideración darle la menor oportunidad, y al otro se le fue degenerando el ánimo a medida que aquella posibilidad, la de que le fuera concedida una segunda oportunidad, se le esfumaba de entre los dedos como un puñado de arena.

Desesperado, una noche se presentó en la casa que hasta no mucho tiempo atrás había compartido con la que ya era su ex mujer. Eran alrededor de las tres de la madrugada cuando el timbre de la puerta despertó a la muchacha, que alarmada y un tanto aturdida porque el sobresalto no la había arrancado enteramente del sueño corrió a ver quién se presentaba en su puerta y por qué razón. Su expresión, que reflejaba a partes iguales una fracción de desconcierto y otra de somnolencia residual, se recompuso en un mohín de disgusto ante la figura temblorosa de su marido, a quien pudo reconocer a duras penas debido al deterioro que se había producido en su persona durante las últimas semanas. Estaba mucho más delgado, casi famélico y sus ropas sucias le caían como si pertenecieran a otro. Bajo sus ojos, inyectados por la sangre que había ido reventando las venas, colgaban sendas bolsas oscuras y sus pestañas habían desaparecido dejando a la vista unos párpados quemados por el constante flujo lacrimal. Su voz temblaba. De hecho todo su cuerpo se estremecía de continuo sin que nada pudiera hacer por evitarlo. Aún así contuvo como pudo el incontrolable batido de su mandíbula inferior y vació de golpe el último recurso que le quedaba para recomponer su vida, para recuperar aquello que le daba sentido. De nuevo le imploró que le concediera una nueva oportunidad. Nada de lo que había sucedido volvería a repetirse y a su lado sólo tendría razones para sentirse feliz. Ella se asustó, pero aún tuvo tiempo de decirle que jamás tendría la posibilidad de volver a su lado después de haber destruido su matrimonio sin ningún escrúpulo antes de cerrarle la puerta en las narices. Luego siguieron discutiendo a través de aquella barrera física hasta que los vecinos llamaron a la policía para que interviniera y acabara con aquel escándalo, pero para cuando llegaron los efectivos policiales el desesperado pretendiente ya había desaparecido, no sin antes asegurar que si no volvía a su lado se quitaría la vida, que se arrojaría a las vías del tren en el nombre de su amor inmortal y nunca la olvidaría.

La chica prestó declaración durante poco menos de una hora y después regresó a su habitación, aunque ya le fue imposible conciliar el sueño durante lo poco que quedaba de noche. A la mañana siguiente, mientras se encontraba en su trabajo, recibió de nuevo la visita inesperada de la policía, que en esta ocasión traía la funesta noticia de la muerte de su marido. Por lo visto el chico sintió que todo había terminado después de aquel último y desesperado intento. No había nada que pudiera hacerse para que ella volviera a su lado. No había modo humano de hacer rotar el mundo en la dirección inversa, pero podía detenerse de golpe y esta fue, en definitiva, su última opción.

Cuando salió de la casa anduvo deambulando sin rumbo aparente, lo mismo que los pensamientos que se le embotellaban en la cabeza hasta que llegó a un paso de nivel por donde circulaban los trenes, a primera hora, a velocidad de vértigo. Allí se detuvo, se sentó sobre el raíl de la vía y se encendió un cigarrillo secándose las lágrimas con los puños de la camisa mientras aguardaba a que llegara su tren, el que sin lugar a dudas le conduciría al mismísimo infierno.

Lo que enterraron en un nicho del cementerio municipal fue un amasijo de carne que sólo pudo identificarse merced a sofisticadas pruebas de ADN, pues el impacto del convoy fue tan traumático que apenas quedó nada de él que pudiera asociarse a un ser humano.

A partir de aquel evento la chica, que se había mostrado prudente y moderada durante el proceso de la separación, empezó a actuar de un modo rayano a lo irracional. Sabido era que el amor entre ellos se había disipado, que ya antes de su fatal óbito ella no quería saber ni de la sombra del otro y que sus razones debía tener para ello, pero de ahí a celebrar en público su recién estrenado estado de viudez iba un abismo que un ser humano sólo podía librar precisamente despojándose de su propia humanidad.

Algunos, los más inconscientes, le reían las gracias haciéndose cómplices de su desproporcionada crueldad mientras otros, los que sentían vergüenza ajena como si fuera propia, se limitaban a bajar la vista en su presencia y a escurrir el bulto en cuanto se les presentaba la ocasión. Hizo de su vida una versión desmedida y casquivana de lo que por pura lógica debería haber sido y como si la dramática muerte del otro hubiera supuesto para ella una liberación, emprendió a todo aquel estilo libertino de andar por el orbe que nunca le había sido propio. Lo más desagradable de todo aquel asunto era su modo de vanagloriarse de la desgracia ajena, escenificando con chanza las circunstancias en que debió producirse el acto último del suicida y detallando en qué clase de caprichos y excentricidades malgastaba cada céntimo de la paga que tenía asignada por su condición de viuda y por la indemnización que le habían concedido por el atropello de su marido.

Así era como andaba desarrollándose su nueva vida hasta que una noche, en torno a las tres de la madrugada, sonó el timbre de la puerta despertándola de súbito. Sin valor para levantarse del lecho por si se trataba de una mala pasada propiciada por su imaginación, agudizó en la medida de lo posible sus sentidos todavía agarrotados por la presión del sueño reciente y permaneció alerta un buen rato hasta que le venció el sueño. A la mañana siguiente ni siquiera recordaba el incidente, pero al caer la noche, en torno a la misma hora, la llamada se repitió y desde entonces esto sucedió cada noche sin excepción.

De nuevo sus hábitos cambiaron y se volvió reservada y huidiza hasta que al fin se atrevió a revelarle a nuestra amiga común cuán atenazada se sentía por el miedo al fantasma de su marido, que tal y como le había prometido no la olvidaba incluso habiendo atravesado el umbral de la muerte. Le contó que cada noche se presentaba en su casa a la misma hora que aquel último día que vino a rogarle una nueva oportunidad y aunque no lo había visto porque no se había materializado al modo de los fantasmas tradicionales, sabía que era él porque sentía su presencia, incluso su olor fluyendo en el largo corredor que separaba la puerta de su domicilio de la del ascensor. Estaba atemorizada y creía que había venido desde el más allá para amargarle la existencia, como había hecho en vida. Con la mejor intención del mundo nuestra conocida le sugirió que hiciera aquello que se suponía infalible en estos casos tan inhabituales: un par de velas y unas oraciones en su memoria... ¡Hasta una misa si era posible!

Cuando acudió a mí creyendo, como dije, que era yo tan entendido en estos menesteres, sólo pude dilucidar lo que cualquiera con dos dedos de frente y una perspectiva más o menos racional habría argumentado en mi situación.

Era obvio que el fantasma del suicida existía, que había regresado del más allá y que cada noche venía para atormentarla; pero únicamente existía en algún rincón de su conciencia, donde la culpa y los sentimientos encontrados habían reaccionado como sólo lo hacen ciertos elementos incompatibles que más vale mantener alejados.

No valían en este caso las velas ni las plegarias. No valía otra cosa que no fuera purificar la conciencia, pues si bien su marido había llegado al final de su propio camino después de zigzaguear sin hallar otra salida, ella se había quedado enganchada al instinto de la muerte que tan de cerca había visto pasar. La culpa mal asumida se había acrecentado al hacer escarnio de un drama que no le era ajeno por más que se empeñara en demostrar y en convencerse a sí misma de lo contrario, y por eso quedó en situación de indefensión a merced de los fantasmas de su propia conciencia, de sus sentimientos contenidos. Era entonces su propia alma la que se veía atribulada por el pesar interno de haber transgredido las normas más elementales del comportamiento humano y el fantasma que le importunaba no había crecido sino en su propio interior. Dicho queda que era su propia alma la que necesitaba descansar en paz, pero para ello debía reconocer que era ella la responsable de sus remordimientos porque su propósito, al margen de lo que hubiera hecho o no aquel ser ahora indefenso, fue el de desfigurar su memoria, como hacían los egipcios cuando, queriendo eliminar la historia y la vida futura de algún personaje, borraban el jeroglífico que contenía su nombre de todos los lugares en donde se había inscrito.

 

j.m.m.Albiol

 

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2 Febrero 2009

María Xipaguazin Moctezuma, princesa azteca; baronesa catalana

 

De la historia siempre existen como poco dos versiones, aunque por lo común acaba prevaleciendo sólo una, la que se considera oficial. Sobre la licitud de la conquista de América se viene discutiendo desde antes de que Bartolomé de las Casas planteara los derechos fundamentales de los indígenas. Se sabe que cometieron los conquistadores todo tipo de desmanes y crímenes en sus andanzas, como sucedió en la romanización y en las diferentes etapas que han ido solapando a las anteriores sobre la superficie del orbe. La población indígena sufrió un desastre demográfico sin igual atribuido a la acción directa de los españoles, considerada como un genocidio, a pesar de que buena parte de la mortandad de los indios se debiera a la viruela, a la gripe del cerdo y a otras enfermedades que portaban los extranjeros y para las cuales, por estar aislados durante largo tiempo del resto del mundo, no habían desarrollado defensa alguna. Pizarro, Cortés, Quesada y tantos otros pasarían a considerarse criminales que disfrutaban arrojando a los indígenas a los perros, haciéndoles crucificar en conmemoración de la muerte de Jesucristo y masacrándoles sin ninguna consideración, pero cabe tener en cuenta, y esto es importante, que la población nativa de Las Américas estaba igualmente compuesta por congéneres y que en consecuencia se basaba su bienestar en el prejuicio de los demás, lo que significa que tampoco era el continente por entonces un lugar idílico en donde la vida fluyera alegremente.

Una de aquellas culturas mesoamericanas que destacaba notablemente sobre las demás era la del los Aztecas, que instalaron en el corazón del actual México un imperio tan violento y sanguinario que hasta preferían postergar la conquista de las poblaciones vecinas con tal de organizar cada tanto cacerías humanas para ofrecer a sus presas en sacrificio a los dioses.

Al llegar Cortés desde el oeste y por su aspecto, le tomaron los Aztecas por una legendaria divinidad local llamada Quetzalcoatl, y fue por esto que en principio le respetaron. Pero las intenciones del conquistador quedaron claras cuando después de varios avatares este se alió con una liga de pueblos antes sometidos por los Aztecas para entrar a fuego en el seno del imperio masacrando a la población, especialmente a los nobles y capturando a su emperador Moctezuma.

En Toloriu, antigua baronía pirenaica que hoy forma parte del municipio de Pont de Bar, se alza la iglesia en donde al parecer fue enterrada la princesa azteca María Xipaguazin Moctezuma, hija de aquel emperador muerto por los españoles según unos o a manos de los propios indígenas dependiendo de los intereses de cada interpretación de la misma historia. El caso es que tras la muerte del emperador, sus hijos, Pedro, Isabel y María Xipaguazin fueron traídos a España desde México con parte de sus tesoros. El primero abdicaría los derechos reales en favor de su hermana, casada con el barón Joan Grau de Toloriu, que había participado en la conquista al lado de Hernán Cortés, y con quien tendría un hijo con el altisonante nombre y titulación de Juan Pedro de Grau y Moctezuma, barón de Toloriu y emperador legítimo de México.

Cuatro siglos después la tumba de la princesa fue saqueada quedando unicamente intacta la placa que a la entrada de la iglesia hizo poner el pretendido príncipe Guillermo III de Grau-Moctezuma, un personaje que sin tener ningún entronque con el árbol genealógico de los Moctezuma se hizo pasar por su legítimo descendiente haciendo uso y abuso de la corona Azteca, y viviendo a costa de otros individuos no menos brumosos a quienes concedía títulos nobiliarios en función de sus posibilidades; desde los 1200 euros por el condado a los cerca de 6000 euros que podía alcanzar hacerse con un ducado.

A decir verdad surgiría de la nada una legión de presuntos herederos reclamando su parte correspondiente de la herencia Azteca que consistía el la llamada "pensión Moctezuma", una prestación que el gobierno mexicano estuvo pagando a los descendientes de aquella estirpe desde los días del virreinato hasta el año 1934, cuando a instancias del entonces presidente Abelardo Rodríguez se cerró de golpe el grifo de tan generosa derrama.

Cierto es que existirían hoy descendientes directos del emperador y que los títulos de sus antecesores, no los que a diestro y siniestro repartió el falsario príncipe Guillermo III, fueron concedidos en su día por Felipe II y luego ratificados sucesivamente por Felipe IV, por Carlos II y por Isabel II, pero otra cosa es que alguien tenga derecho hoy día a vivir de esas rentas, aunque sean muchos, muchísimos, los que siguen amorrados a esa teta.

La cuestión, en definitiva, es que esta no fue una de aquellas historias románticas donde el apuesto caballero seducía a la princesita india desposándola y ofreciéndole una vida sólo imaginable en sueños, sino que más bien se trató de un amancebamiento, un rapto por las buenas perpetrado por uno de aquellos nobles sin escrúpulos de la época cuyos descendientes, legítimos o impostores, se muestran al mundo en cualquier caso como herederos de su reprobable carácter, pues no pretenden otra cosa, a fin de cuentas, que apropiarse de algo que por derecho no les pertenece.

j.m.m.Albiol

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28 Septiembre 2008

El Santo Niño de la Guardia, patrón del antisemitismo


Cada año en la localidad de La Guardia, en Toledo, se celebran las fiestas patronales en honor al “Santo Niño de La Guardia”, cuya imagen se traslada en procesión desde la Ermita de estilo renacentista, una nave rectangular con la capilla mayor en el cabecero separada por un arco central, hasta la Iglesia Parroquial, acompañada con solemnidad por la Banda Municipal de Música.

A este santo, que el Papa Pío VII canonizaría como San Crístofer, aunque ni siquiera fuera conocido su nombre real, se le atribuyeron milagros y prodigios de todo tipo como bien puede leerse en los numerosos rótulos que se exhiben en el mismo santuario erigido en esta población, que tomó al supuesto mártir como patrón al poco de su muerte, y digo supuesto porque su culto no es más que un libelo antisemita que tiene su origen en la política que llevaron a cabo los Reyes Católicos al promulgar la expulsión masiva de judíos y musulmanes del territorio nacional en 1492. Poco antes de que se impusiera aquel decreto tuvo lugar un auto de fe celebrado en Ávila por el Santo Oficio, el Tribunal Inquisitorial impulsado por los mismos monarcas ya en preámbulo del proceso del extrañamiento, que concluyó con la condena a muerte en la hoguera de dos judíos y tres conversos por su presunta implicación en el asesinato de este niño en la población de La Guardia. Confluirían en el mismo contexto histórico diversos factores para que finalmente la población entendiera que el epicentro de todos los problemas que acechaban a la sociedad de la época estaba en el ánimo de los judíos y muchos aprovecharon la coyuntura, con la única intención de hacerse con sus posesiones, fomentando el odio entre la masa iletrada para encauzar el camino más rápido: su destierro de la península.

En otros escenarios ya se había ido introduciendo aquel murmurio con el firme propósito de demonizar a los judíos, y de hecho existía un luengo prontuario de crímenes que se les imputaron, como las crucifixiones de niños que por lo visto tuvieron lugar en Zaragoza y otras circunscripciones de aquella España violenta y cerril.

En La Guardia se dijo, y lo peor es que todavía hoy muchos reiteran la aserción sin ruborizarse, que después de presenciar cómo varios judíos ardían en la hoguera acusados de herejía por la Inquisición, surgió entre aquella gente el proyecto perverso de vengarse de los cristianos que a tales extremos habían llegado con los suyos. De entre ellos, un grupo se reunió con un tal Benito de las Mesuras dando por hecho que eran ciertos los conocimientos en la nebulosa disciplina de la hechicería que se le suponían, y este les contó que de la incineración del corazón de un niño cristiano y una hostia consagrada podían obtenerse unas cenizas que envenenarían las aguas de los pozos si se vertían en su interior causando un daño irreparable para todos los cristianos. Otro judío llamado Yuçe Franco se hizo cargo del secuestro de un niño que se llevó por la fuerza desde la Puerta del Perdón de la Catedral de Toledo hasta Quintanar de la Orden, donde aguardaban sus compinches para trasladarlo a la Hoz de La Guardia, dehesa próxima a la ribera del Algodor, donde fue encerrado y maltratado. Así permanecieron ocultos en una de las cuevas que se abrían en el accidentado terreno del término hasta la noche del Viernes Santo de 1489. En la sentencia inquisitorial condenatoria de Yuçé Franco se describía que los acusados, habiendo extendido los brazos y piernas del niño en dos maderos dispuestos a modo de cruz, procedieron a azotarle, que le escupieron y le golpearon y que le colocaron una corona de hierbas espinosas en la cabeza antes de extraer toda la sangre que contenía su cuerpo. Por último le sacaron el corazón y lo mezclaron con la sangre y con una hostia consagrada con el fin de llevar a efecto el acto de brujería que debía provocar una epidemia en toda la comarca.

Fue este uno de los ejemplos más tremendos de lo que significó el abuso de la Inquisición española. A Benito de las Mesuras, detenido en Astorga, se le acusó de haber cometido aquel crimen que acabó confesando a sus torturadores delatando de paso a Yuçe Franco y a los demás enjuiciados, que acabaron en la cárcel de Segovia. Después de un largo proceso acabó celebrándose en noviembre de 1491 un auto de fe en Ávila y todos los acusados en el proceso fueron ejecutados. Las declaraciones y confesiones estaban llenas de incoherencias y contradicciones, pero fueron suficientes para que el pueblo se convenciera de que aquella gente no podía traerles nada bueno. Lo peor de este asunto es que, como he dicho, todavía hoy existe quien cree a pies juntillas en que estas eran prácticas afines a los judíos. Para demostrar que esto es cierto, transcribo a continuación las declaraciones que le arrancó en plena calle a un vecino de La Guardia un entrevistador para un documental que puede verse íntegramente en la siguiente dirección: http://video.google.com/videoplay?docid=4753063850384948385&hl=es

-Cuénteme cómo es la historia esa del Santo Niño, porque he oído versiones diferentes y... Lo que usted sabe.

-Lo que yo sé es lo que sabemos todos aquí

-¿Si? A ver... ¿Cuál es la...?

-Pues los judíos lo estaban pasando mal y hicieron el típico rito de los judíos de coger un niño, sacarle el corazón, mezclarlo con una hostia consagrada, echarlo a fuentes y así los cristianos se envenenaban. Y entonces pues hicieron eso. Se fueron a Toledo y en la puerta de la Catedral había un niño que, su madre era ciega, y entonces pues lo engañaron con unas golosinas. Un judío de La Guardia fue a Toledo y entonces lo engañó, lo metió en su carro y se lo trajo para La Guardia y entonces estuvo detenido ahí -refiriéndose a lo que había sido una sinagoga-. Ahí estuvo pues unos días, o unas semanas. No sé cuánto tiempo. Hasta que llegó el momento de cogerle y de darle el mismo martirio que se le dio a Jesucristo. Le hicieron todas las cosas que se le habían hecho a Jesucristo. Repitió la Pasión paso a paso. Y esa es la historia que conocemos.

-Si. Pero en general usted... ¿La gente cree que es uso, que es ritual de los judíos tomar un niño, quitarle...?

-Nosotros no lo sabemos, pero...

-Pero así lo cree el pueblo.

-No lo cree... Si. Lo cree. El pueblo lo cree seguro. Además aquí hay mucha gente... La mayoría de la gente no tiene fe en la religión cristiana.

-¿No?

-Aquí se tiene fe en el Santo Niño (...) Pero eso es una cosa típica judía.- Añade este vecino.

-¿Qué? ¿Envenenar?

-No es La Guardia. Es que ha ocurrido en muchos sitios. Sobre todo en Centro Europa ha ocurrido eso con cierta frecuencia.

-¿No podría ser esto un invento, una acusación que no tiene base?

-Puede ser. ¿Usted conoce a Kafka, Franz Kafka?

-Si, claro.

-Pues Franz Kafka es judío, y en uno de sus escritos dice y comenta que a ver si de una vez por todas el pueblo judío abandona esos rituales estúpidos... Por ejemplo uno de ellos dice: coger un niño cristiano, darle...

-¿Usted quiere ganar mil pesos?- Interviene por fin el entrevistador harto de escuchar las burradas del contertulio.- ¡Tráigame este libro con esta cita!

Que cada cual interprete el dato como considere adecuado, pero llegados a este extremo uno no puede dejar de preguntarse qué cosa es la que han aprendido muchos a lo largo de estos últimos cinco siglos, que no son pocos para reflexionar.

j.m.m.Albiol

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22 Septiembre 2008

¿Meteoritos y ovnis en Tivissa?

Leí hace no mucho un artículo acerca de tres chinos que habían adquirido una enorme piedra fosforescente creyendo que se trataba de un meteorito que, por su composición, les haría ricos, pero cuando llevaron un fragmento de aquella piedra a Pekín para que fuera analizado por expertos en la materia, descubrieron que su adquisición era en realidad un trozo de uranio empobrecido que de poco no les ocasionó un disgustó mayor.

El término meteoro proviene del griego meteorón, fenómeno en el cielo, y se emplea para describir el haz luminoso producido por la caída de elementos que rondan el sistema solar sobre la atmósfera del planeta dando lugar, al friccionar con esta, a una incandescencia peculiar. Un meteoroide es la materia que, gravitando en torno del Sol o a cualquier otro objeto del espacio, resulta demasiado pequeño para ser considerado como un cometa y un meteorito es uno de estos meteoroides que alcanzan la superficie de la Tierra sin desintegrarse del todo. Son los meteoritos elementos de difícil clasificación, aunque se han podido establecer en tres grandes grupos dependiendo de sus características: rocosos, ferrosos de tipo rocoso y ferrosos.

En septiembre de 1970, un lugareño de Tivissa, en Tarragona, enclave paroxístico de todo tipo de fenomenología que ya he mencionado en otros artículos, presenció cómo estallaba una luz discoidal que dejó el páramo cubierto de los fragmentos que la habían compuesto. Azorado por semejante eventualidad pero al tiempo dispuesto a saber qué cosa era aquella que se había desintegrado en su presencia, reunió unas muestras de las extrañas piedras para que fueran convenientemente analizadas. Era habitual que las investigaciones acerca de estos fenómenos no fueran todo lo precisas que cabía esperar, pero a fuer de sincero este no fue el caso, si bien los resultados no sirvieron para determinar con exactitud qué era lo que había estallado en pleno vuelo sobre la vertical de la población.

Las muestras llegaron a a manos del conocido investigador Cayo Quiñones de León, quien analizó las piedras tratando de descifrar su composición convencido, en principio, de que se hallaba ante los restos de un meteorito. Hubo sin embargo algunas características que le llamaron de tal modo la atención que no se vio facultado para confirmar con exactitud su origen y determinó entonces enviar varias muestras a la NASA y al astronauta Edgar Mitchel, quien por entonces estaba embarcado en fascinantes estudios sobre fenómenos extraños. Mitchell había formado parte de la misión Apolo 14 como piloto del módulo lunar que más tiempo ha permanecido hasta la fecha sobre la superficie de la Luna, pero al poco, en 1972, se retiró de la agencia espacial y llegó a asegurar que la NASA había entrado en contacto con la inteligencia extraterrestre, alienígenas capacitados con una tecnología que, aseguraba, distaba años luz de la nuestra. Como fuera, ni por su parte ni por la que implicaba a la NASA llegó ninguna respuesta y parecía que el caso quedaría, como tantos otros en ascuas cuando otro investigador, el catalán Jose Antonio Lamich se interesó en el, hasta el momento, indescifrable asunto. Lamich, nacido en Barcelona en 1939, había creado un equipo de investigación de vanguardia compuesto por media docena de académicos, médicos, biólogos y químicos y disponía de excelentes equipos técnicos y acceso a laboratorios. Ya un año antes había sido el responsable de identificar un meteorito que había caído en el Turó de la Peira, en la provincia de Barcelona y en esta otra ocasión, contando con la colaboración de su equipo, llamado Hipergea, se analizaron metódicamente las muestras durante meses desde la perspectiva minerológica y química.

Al fragmentar una de las piedras, cuyo aspecto era el de una geoda, quedó al descubierto una capa de cuarzo cristalizado y al aplicar ciertos ácidos sobre ella se detectaron una serie de reacciones tan inesperadas como los siguientes exámenes que se efectuaron sobre aquella materia inclasificable.

Concluyó el investigador catalán aseverando que no existía el menor indicio de que se tratara de un meteorito ferroso ni pétreo pues la ausencia de los diferentes elementos que los componían era absoluta. Lamich enumeró qué tipo de materiales y elementos integraban aquellas piedras llegando a la conclusión de que no existía en la naturaleza nada parecido y de que, en consecuencia, se hallaban ante el residuo de lo que había sido una aleación artificial.

Confiando en la honestidad de quienes participaron en aquella investigación y hasta el la del primer testigo del acontecimiento, sólo cabría preguntarse cuál era entonces la naturaleza del disco luminoso que en pleno vuelo estalló sobre Tivissa en 1970, porque todavía hoy no parece haber una respuesta del todo convincente...O sí... Se sabe al menos que no fue de un meteorito... O eso dijeron...

j.m.m.Albiol

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